martes, 22 de abril de 2008
domingo, 22 de abril de 2007
El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a. C.) José María Blázquez Martínez
Antigua: Historia y Arqueología de las civilizaciones [Web]
Página mantenida por el Taller Digital
Page No 2
[Publicado previamente en: Estudios Clásicos 7, 1962, 1-29. Editado aquí en versión digital por cortesía del autor, como parte de su Obra Completa, bajo su supervisión y con la paginación original].
© José María Blázquez Martínez
El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218- 154 a.C.)
José María Blázquez Martínez
De Hispania dice Livio (XXVIII 12,12) que prima Romanis inita
prouinciarum, quae quidem continentis sint , postrema omnium nostra de-
mum aetate ductu auspicioque Augusti Caesaris perdomita est. Esta con-
quista coincide con la formación y desarrollo del capitalismo romano, con la
etapa de expansión en la que las viejas formas de gobierno se tornan inser-
vibles y con el periodo en que principia a desapar ecer la antigua clase media
y nace una oligarquía de dinero. Intentamos examinar brevemente en este
trabajo qué causas movieron al Senado a comenzar la conquista de la Penín-
sula; cómo la vieron el ejército, la aristocracia y los historiadores romanos
que trataron de ella y el impacto que tuvo en el origen y crec imiento del
capitalismo romano y en las instituciones militares y civiles contemporá-
neas. El período histórico que estudiamos abarca desde el año 218 a. J.C., en
que desembarcan los Escipiones, hasta el final de la paz de un cuarto de
siglo que gozó la Península, motivada por la política seguida por Tiberio
Sempronio Graco. Esta etapa creemos que posee cierta unidad.
La Península Ibérica hace su aparición en la política romana con el
tratado romano-cartaginés del año 348, en el que se estipula concretamente
que «más allá del y de los romanos no
podían ni comerciar ni fundar ciudades» (Pol. III 24,4). Esta cláusula del
tratado transmitido por Polibio podía indicar que los romanos poseían en la
costa levantina ibérica intereses [ -1 2-] comerciales o políticos que los
cartagineses respetaban. Sin embargo Roma, en fecha tan temprana, muy
probablemente no tenía intereses de ningún tipo en Hispania, ya que el
campo de sus operaciones se había circunscrito a Italia central exclusiva-
mente 1.
1 Hasta la fundación de una colonia en la pequeña isla de Ponza, no lejos de la cosía meridional del Lacio (año 313 a. J. C.), Roma no contó con ni nguna base marítima. Cuando en el año 338 capituló Anzio, los romanos destruyeron su flota, menos los rostra, que transportaron a Roma y depositaron en el foro; en el año 311 se creó un nuevo cargo, el de
los duouiri nauales, cuya finalidad era vigilar la construcción y reparación de las naves,
Page No 3
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
[-2 3-]
El tratado romano-cartaginés del año 348 defendía en realidad, como
han visto Kovaliov 2 y otros autores, los intereses mercantiles de la antigua
aliada de Roma, Marsella, que ya había tenido encuentros con los cartagineses
muchos años antes 3 en las costas levantinas, donde florecían importantes
colonias masaliotas como y 4.
Un siglo más tarde (–), la Península vuelve a figurar en un tratado
entre Roma y Cartago, el del Ebro 5. Probablemente Roma en esta fecha
pero esta función fue suprimida inmediatamente; gran parte de la improvisada tripulación que venció a los cartagineses en Mylae (año 260) se adiestró, mientras se construía la flota,
en tierra firme, todo lo cual prueba que, en la fecha del se gundo tratado romano cartaginés, Roma era refractaria a utilizar el mar en empresas comerciales o guerreras. Cf. S. L. Kova-
liov Storia di Roma, Roma, 1955, 127, 130 s.,
193; T. Mommsen, Historia de Roma I, Ma- drid, 1957, 583; Stella, Italia antica sul mare , Milán, 1930, passim. L. Pareti, Storia di Roma, Turín
1952, 562 s. cree, por el contrario, que el tratado es una prueba de que Roma es una potencia marinera y comercial no despreciable; desde luego, las excavaciones de
Ostia (Not. Sc. 1923, 178; R. Meiggs, Roman Ostia, Oxford, 1960, 20 ss.) han demostrado que la ciudad en el s. IV a. J. C. alcanzó un desarrollo importante. A. García y Bellido,
Hispania Graeca, I 238 s., al estudiar este tratado, no se plantea, preocupado por otros problemas, la posibilidad de que Roma visitara las costas ibéricas; P. Bosch Gimpera, Es- paña Romana (Hist. Esp.) , Madrid, 1935, 611, admite que los romanos no tenían intereses propios en España, y si sólo los aliados. El primer tratado romano-cartaginés, del año 508 a.
J. C., no cita a Hispania. Cf. A. García y Bellido o. c. 211; R. A. Beaumont, The Date of the First Treaty between Rome and Carthage, en Journ. Rom. St. XXIX 1939, 74 ss.; P. Roma- nelli, Storia delle province romane dell'Africa, Roma,. 1959, 1 ss.; P. Bosch Gimpera, o. c. 35 ss.; L. Pareti, o. c. I 330 ss.; A. Schulten, Anc. Cambr. History VII 859 ss.; Font. Hisp. Ant. II 65. Sobre la interpretación de este tratado, cf. la recientemente propuesta por A. Blanco, que aparecerá en las Actas del II Congreso Español de Estudios Clásicos ; H. H. Scullard, A History of the Roman World 753-146 B.C. , Londres, 1951, 425 s.; A. Aymard, Les deux premiers traitées entre Rome et Carthage, en Rev. Et. Anc. LIX 1957, 277; M. David, Treaties between Rome and Carthage, en Symbolae Van Oven , Leiden, 1946, 231 ss.; F. R. Kramer, Massilian Diplomacy before the Second Punic War, en Am. Journ. Phil. LXIX 1948 1 ss.; W. Hoffmann, Die römische Kriegserklär ung an Karthago im Jahre 218, en Rhein. Mus. XCIV 1951, 69 ss.; F. M. Heichelheim, New Evidence on the Ebro Treaty, en Historia III 1954, 211 ss.; H. H. Scullard, Rome's Declaration of War on Carthage in 218 B.C., en Rhein. Mus. XCV 1952, 209 ss.; G. Nemi, Le relazioni con Marsiglia nella politica estera romana, en Riv. St. Lig. XXIV 1958, 60 ss.
2 O. c. 124; J. Caro Baroja, España primitiva y romana, Barcelona, 1957, 81.
3 A. García y Bellido, o. c. 213 ss.; P. Bosch Gimpera, Una guerra entre cartagineses y griegos en España. La ignorada batalla de Artemision, en Cuad. Hist. Prim. V 1950, 43 ss. J. M. Blázquez, Semitas, etruscos y tartesios en Occidente (en prensa).
4 A. García y Bellido, o. c. I 164 ss., II 51 ss.. 58 ss. H. H. Scullard (libro c.) cree que por el tratado del Ebro se pierden definitivamente estas tres colonias.
5 El tratado del Ebro y el ataque a Sagunto han motivado últimamente importantes estudios (cf. L. Pareti, o. c. II 247 s., que cree que la zona Mastia-Ebro era de acción común púnico-romana; J. Vallejo, Tito-Limo. Libro XXI, Madrid, 1946, XI ss.; Cuestiones hispáni- cas en las fuentes griegas y latinas, en Emerita XI 1943, 142 ss. y XII 1944, 359 ss.; J. Carcopino, Les étapes de l'impérialisme romain, Paris, 1961, 19 ss.; Le traite d'Hasdrubal et la responsabilité de la deuxième guerre punique, en Rev. Et. Anc. LV 1953, 258 ss. que, en una tesis extraordinariamente audaz y sugestiva, propone que el Hiberus citado en el trata-
Page No 4
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
tampoco había establecido directamente relaciones económicas o de tipo po-
lítico con [-3 4-] los pueblos hispanos situados al N. de dicho río 6, pero se
proponía, además de seguir favoreciendo a su aliada Marsella 7, que contaba
en la costa catalana con una cabeza de puente tan importante como Ampurias,
poner un límite a la expansión cartaginesa en Hispania (como indica Apia no,
Ib. 6), que Roma misma había autorizado, al admitir de A mílcar, en el año
231, la excusa de que las conquistas en la Península eran motivadas por la
necesidad de pagar la indemnización de guerra de la primera guerra púnica,
fijada en 3.200 talentos (Pol. I 62,8-9) a entregar en diez años 8. La causa que
motivó la embajada romana a Amílcar indica [ -4 5-] claramente que hasta
esa fecha los romanos no tenían intereses directos en Hispania, ya que la
reclamación se funda en que los cartagineses habían pasado las fronteras de
influencia de Marsella; lo mismo se deduce de otra embajada que por estos
años (Ap. l. c.) enviaron los griegos de Hispania a Roma 9. Los intereses de
do del año 226 a. J. C. sea el Júcar; P. Pédech, en Rev. Et. Gr. (LXXI 1958, 442 ss.; A. Piganiol, Rev. Hist. CCXIX 1958, 108; H. H. Scullard, Roman Politics 220-150 B. C., Ox- ford, 1951. 40; B. Hallward, Cambridge Ancient History VIII 28 ss.).
6 E. Badian, Foreign Clientelae (264-70 B. C.) , Oxford, 1956, 48 cree que «the detail of Roman interest in Spain is very obscure». Según este autor «Rome, in 231, had no cli- ents or interests in Spain».
7 La confirmación de esta tesis es un texto extraordinariamente importante: Sósilo, el maes- tro de Aníbal, refiere en su biografía de este general cartaginés una victoria naval que en el año 217 los romanos, ayudados por los masaliotas, ganaron en la desembocadura del Ebro a la flota
cartaginesa. Sósilo atribuye la victoria a la participación en la lucha de la escuadra masaliota
(Font. Hisp. Ant. III 62 s.; Hermes XLI 1906, 103 ss.; XLII 1907, 516 ss.; Kramer o. c.). Diver- sos aspectos de la guerra naval en Hispania y de los problemas de aprovisionamiento han sido
tratados en J. H. Thiel, Studies on the History of Roman Sea Power in Republicam Times , Ams- terdam 1946, passim. El apoyo decidido de Marsella a Roma en la segunda guerra púnica lo afirma Polibio III 95:
. Cf. T. Mommsen, o. c. 630 s.
8 Se ignora cuándo perdieron los cartagineses sus posesiones hispanas, que Amílcar tuvo que reconquistar. Bosch Gimpera, o. c. 5 piensa que pudo ser entre los años 264 y 237 y que una confirmación arqueológica serían los famosos relieves de guerreros de Osuna con
escudos de La Tène II; Schulten ( Font. Hisp. Ant. II 71) sitúa los hechos hacia el año 340. H. H. Scullard, por el contrario, cree ( A History of the Roman World 753-146 B. C. , 178) que las causas, la fecha y la extensión de la disminución del poder púnico en España son
inciertas, y sugiere que podía estar Marsella implicada en el asunto. Debió de ser antes de la
revuelta de los mercenarios en África (241-238), que vino motivada por la falta de pago a
las tropas. Pericot, La España primitiva, Barcelona, 1950, 282 propone una fecha alrededor del año 300. Sobre las intenciones de los Bárquidas al reconquistar la Península, cf. C.
Viñas, Apuntes sobre Historia social y económica de España, en Arbor XLIII 1959, 49 s.; S. Montero Díaz, De Calicles a Trajano , Madrid, 1948, 58 ss.; J. Maluquer, El proceso histórico de las primitivas poblaciones peninsulares, Salamanca, 1955, 39 s.
9 M. Almagro, Las fuentes escritas referentes a Ampurias , Barcelona, 1951, 29 ss. Este autor se Inclina a admitir que la causa de la segunda guerra púnica r ecae sobre Roma. Cf. también Ampurias XI-XII 1949-1950, 163 ss. La situación que se planteó a Roma con esta embajada fue gemela a la surgida en el año 201, cuando se presentó al Senado una emba-
Page No 5
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
Marsella en el «tratado del Ebro» quedaban muy dañados, pero es muy pro-
bable que para esta fecha ya Amílcar hubiera conquistado las tres colonias
masaliotas mencionadas, como sugiere Almagro, y hubiera llegado al Ebro 10;
ante la amenaza gala 11, que dio lugar a la guerra un año después, Roma no
disponía de otra posibilidad que aceptar un tratado desventajoso para su aliada
Marsella que significaba, con respecto al del año 348, una pérdida de gran
parte del territorio de influencia.
Roma interviene por vez primera directamente en Hispania al apoyar
al partido filorromano en Sagunto, intervención [ -5 6-] que, según ha de-
mostrado el penetrante análisis de Carcopino 12, no puede ser anterior al
221-220. Heichelheim 13, apoyado en la cronología de la influencia de las
monedas de Marsella y de Roma sobre las saguntinas, y Scullard 14, por
razones de diplomacia, se inclinan también a admitir que esta alianza no es
anterior al tratado del Ebro. Roma en este momento, e incluso antes como
sugiere Pareti 15, había caído en la cuenta de que el peligro para ella no era
Cartago, sino la política imperialista que los Bárquidas desarrollaban en
Hispania, y por ello intenta frenar directamente el avance cartaginés y obs-
taculizarlo por todos los medios.
Al ataque frontal de Aníbal a Italia, Roma responde con una maniobra
habilísima que indica que había comprendido perfectamente la importancia
y participación que la Península en este momento tiene: proporciona merce-
jada de Rodas, de Pérgamo y de los etolios (Pol. XVI 24,31; L,iv. XXXI 2,1-2; Ap. Mac. 4) en demanda de socorro contra Filipo V y otra de los egipcios contra Antioco III. La deci-
sión era de extraordinaria importancia, pues la inferencia en los asunto,s orientales signifi-
caba una etapa nueva en. la política externa de Roma. También Scullard, A History, 180 ss. se inclina por esta tesis; y G. de Sanctis, Storia dei Romani , Turín, 1917, III 1,2 ss. (cf. también G. Giannelli, La Repubblica Romana, Milán, 1955, passim).
10 L. Pareti o. c. 243 ss.
11 L. Pareti o. c. II 246 y 248 ss. De Polibio (II 13,5; 22,9-11) se deduce que el tratado se firmó cuando era inminente el ataque galo.
12 Lib. c. 28 s.
13 O. c. 211. Sobre las acuñaciones sa guntinas, cf. A. Beltrán, Curso de Numismática , Cartagena, 1950, 332 s.; M. Pérez Alcorta, Las monedas antiguas de Sa gunto, en Num. Hisp. IV 1956, 165 ss.
14 Cambridge Ancient History VIII 28, n. 1. Sobre la alianza Roma Sa gunto, cf. A. To- var, España en la obra de Tito Livio, en Quaderni dell'Istituto Itali ano di Cultura in Spagna, VII, Madrid, 1943. El objeto más antiguo encontrado en la Península que acusa influencia romana, salvo las monedas saguntinas con la cabeza de Roma, que A. Beltrán
considera de cronología confusa, es un disco de barro con el tema de la loba y los gemelos
hallado en la necrópolis ibérica del Cabecico del Tesoro, Verdolay (G. Nieto, Noticia de las
excavaciones realizadas en la necrópolis hispánica del Cabecico del Tesoro, en Bol. Sem. Arte Arq. VI 1939-1940, 28 ss.), que puede remontarse a prototipos monetales campanos fechados hacia el año 300 a. J. C. (J. M. Blázquez Molde de barro con el tema de la loba y
los gemelos, en Zephyrus XI, 1960, 258 s.).
15 O. c. II 248.
Page No 6
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
narios 16, dinero para pagarlos (Pol. X 8,1 ss.; Ap. Ib. 19 y 23 ; Oros. IV
18,1; Plin. NH. XXXIII 96), bases navales, elementos [ -6 7-] para la in-
dustria de construcción naval (Liv. XXII 20, XXVI 47) y el espíritu de cau-
dillaje militar de la clientela hispánica 17. La maniobra que consistió en lle-
var la guerra a la Península para cortar las bases de aprovisionamiento de
hombres, dinero y material del ejército expedicionario, había tenido un pre-
cedente en la expedición del año 256, cuando los cónsules Manlio Vulsón y
M. Atilio Régulo condujeron a África 40.000 infantes y trasladaron la gue-
rra al propio territorio de Cartago 18. Las dos nuevas expediciones a Italia
que partieron de acá; la de Asdrúbal y la de Mag ón, prueban bien clara-
mente la extraordinaria importancia que la Península tenía para el ejército de
Aníbal; el hund imiento de éste en Italia y la pérdida de la segunda guerra
púnica en realidad se deciden en España. La presencia de tropas romanas en
la Península 19 no obedece al imperialismo romano de c onquista, sino a la
necesidad de quitar las bases de sustentación al ejército expedicionario car-
taginés 20, bases que quedaron definitivamente en poder de [ -7 8-] Roma
con la conquista 21 de Carthago Nova (‰). La caída de la gran ciudad
16 A. García y Bellido, Fenicios y cartagineses en Occidente , Madrid, 1942, 133 ss.; España protohistórica (Historia de España) , Madrid, 1952, 654 ss.; La Península Ibérica en los comienzos de su Historia , Madrid, 1953, 317 ss.; C. Griffith, The Mercenaries of the Hellenistic World , Cambridge, 1935, 195, 207 ss., 219, 225 ss., 312.
17 J. M. Blázquez, El legado indoeuropeo en la Hispania romana, en Primer Sympo- sium de Prehistoria de la Península Ibérica , Pamplona, 1960, 310 s.; F. Rodríguez Adra- dos, La «fides» ibérica, en Emerita XIV 1946, 123 ss.; J. Ramos Loscertales, La «devotio» ibérica, en An. Hist. Der. Esp. I 1924, 3 ss.
18 L. Pareti, o. c. II 1,32 ss.; Kovaliov, o. c. 195 ss. La expedición fue repetida dos años después.
19 En los últimos años han aparecido varios artículos que estudian diversos aspectos de los primeros momentos de la romanización. A. Castillo La Costa Brava en la Antigüedad,
en Ampurias I 1939, 186 ss.; F. Rodríguez Adrados, Las rivalidades de las tribus del Nor- deste español y la conquista romana, en Est. Men. Pid. I 563 ss.; A. Ba lil, Al gunos •aspectos del proceso de la romanización de Cataluña, en Ampurias XVII-XVIII 1955- 3956, 39 ss.; Triviño, Indíbil, un reyezuelo ibérico en la encrucijada de dos imperialismos, en Cuad. Hist, Esp. XXIII-XXIV, 1955, 268 ss.
20 Tal es la tesis de Albertini, Les divisions admmistratives de l'Espagne romaine, Pa- ris, 1923, cap. II, que creemos la más aceptable. Bosch Gimpera, por el contrario, cree (o. c. 41 s.) que los romanos vinieron «a España con hondo y viejo deseo de anexión» y que «los
tratados romano-púnicos, que arrancan de fecha tan lejana, significan, en cierto modo, un
forcejeo entre las dos potencias rivales que se disputan el suelo peninsular». Es muy proba-
ble que, una vez que los romanos hicieron las primeras campañas, pensasen en permanecer
en la Península,, pues desde el año 238 a. J. C. se habían apoderado de Cerdeña y Córcega
que diez años más tarde habían sido convertidas en provincias (Pareti, o. c. II 208 ss.).
21 Se conoce la historia de Carthago Nova en sus más variados aspectos, como la de ninguna ciudad hispana, gracias a un conjunto de muchos y excelentes estudios monográfi- cos de A. Beltrán, Acuñaciones púnicas de Cartagena, en Congr. Arq. Sudest. 1948, 224 ss.; Hallazgo de una estatua romana en Cartagena, en Congr. Arq. Sudest . 1948, 265 ss.; Los monumentos romanos de Cartagena según sus series de monedas y lápidas romanas, en
Congr. Arq. Sudest. 1946, 306 ; Cuestiones sobre las acuñaciones ibéricas en relación con
Page No 7
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
significaba la pérdida para los cartagineses de la mejor base naval en Hispa-
nia (Pol. X 7) y de las vecinas minas de plata y explotaciones de esparto, tan
necesarios ambos para sustentar al ejército y la escuadra. De hecho Aníbal
en Italia, después de la caída de Carthago Nova y de la derrota de su her-
mano en Metauro, prácticamente, se mantiene a la defensiva. Para L. Homo
22, la conquista de España es un simple episodio de las guerras púnicas moti-
vado por razones políticas y militares, no ec onómicas.
[-8 9-]
Inmediatamente después de la batalla de Hipa (año 207 ó 206), Roma
piensa ya en permanecer en la Península, como se deduce claramente del
hecho de que el Senado confiara a Escipión el encargo de arreglar los asun-
tos de Hispania (Zonaras IX 10; Pol. XI 33) y de que se enviaran, a partir de
este momento, magistrados anuales a los pueblos de la Península para go-
bernarlos y mantenerlos en paz (Ap. Ib. 37); Cornelio Léntulo y Manlio
Acidino (Liv, XXVII 38; Fasti 79,138) aparecen ya como tales desde el año
siguiente (…). El historiador griego Apiano puntualiza que la costumbre de
enviar estos gobernantes comenzó entonces. La Península se convierte,
pues, en una colonia de explotación, como lo prueba que el año 206 princi-
pia la conquista de Andalucía, cuyo objetivo principal eran las ricas minas
de plata de Cástulo (Liv. XXVIII 19), y que, al volver a Roma triunfante P.
Escipión, aportó al erario 14.342 libras (más de 4.000 Kg.) de plata sin acu-
ñar, junto con gran cantidad de metal acuñado (Liv. XXVIII 38). Apiano
(Ib. 37), a su vez, afirma que llevó gran número de cautivos, dinero, armas y
despojos 23.
El Senado romano nunca pensó en abandonar el territorio conquistado
en la Península, como se deduce de la presencia continua de varias legiones.
La reducción de éstas se interpreta en el sentido de que su intención, por el
momento, era mantener lo adquirido.
El mismo año de la entrega de Cádiz, al finalizar el año 206, las legio-
nes fueron disminuidas de cuatro a dos (Liv. XXIX 2,9; Ap. Ib. 38); en el
Cartagena, en Congr. Arq. Sudest . 1949, 223 ss.; Monedas de personajes pompeyanos en relación con Cartagena, en Congr. Arq. Nac . 1950, 236 ss.; Epigrafía de Cartagena, en Congr. Arq. Nac. 1945, 280 ss.; Las teorías de M. Grant sobre las monedas de Cartagena y otras españolas, en Congr. Arq. Nac. 1945, 291 ss.; Acerca de los nombres de Cartagena en la Edad Antigua, en Arch. Preh. Lev . II 1945, 299 ss.; Acuñaciones púnicas de plata de Cartagena, en Congr. Arq. Sudest ... 1947, 224 ss.; Las inscripciones funerarias de Carta- gena, en Arch. Esp. Arq . XXIII 1950, 385 ss.; El plano arqueológico de Cartagena, ibid. XXV 1952, 47 ss.; Nueva interpretación de los textos sobre la conquista de Cartagena de
Escipión, en Saitabi V 1947, 139 ss.; El ara romana del Museo de Barcelona y su relación con el culto de la Salud y Esculapio en Carthago Nova, en Ampurias IX-X, 1947-1948, 213 ss.; El culto de la Salud y sus representaciones en Elche y Cartagena, en Congr. Arq. Su- dest. 1949, 205 ss.
22 L'Italie primitive et les débuts de l'impérialisme romain , Paris, 1925, 374.
23 Escipión echó las bases fundamentales de la administración y defensa de España; cf. Pareti, o. c. II 470 ss. : E. Badian, o. c. 116 ss.
Page No 8
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
año siguiente (…), quedaron reducidas nuevamente a una, con refuerzos de
quince cohortes de socios (Liv. XXX 4,5). En el 198, cada pretor sólo con-
taba con 8.000 infantes y 400 aliados, exclusivamente socios.
La decisión del Senado de mantenerse en Hispania fue clara, decidida
y constante. Ni siquiera en los momentos [ -9 10-] de más angustia en Ita-
lia, durante la segunda guerra púnica, pensó dicho organismo en replegarse
de la Península; así, después del desastre de Cannas, envía inmediatamente
refuerzos hacia aquí (Val. Max. III 7,10). Esta voluntad continuó idéntica
cuando, pasado el peligro cartaginés, La lucha contra los indígenas alcan-
zaba una duración y una ferocidad desconocidas hasta la fecha. Continua-
mente llegaban tropas de Italia. En el año 196, después del aniquilamiento
del ejército de C. Sempronio Tuditano y de la muerte del pretor (Liv.
XXXIII 25,8-9), se concedió a A. Fabio Buteo y a Q. Minucio Termo una
legión de cerca de 9.600 hombres a cada uno; además, se añadieron cuatro
mil infantes y trescientos jinetes aliados también a cada uno, es decir, que
cada pretor disponía de unos 15.000 hombres. En el año 195, ante el volu-
men que había alcanzado la guerra en Hispania (Liv. XXXIII 43,2), el Se-
nado decretó que era necesaria la presencia de un cónsul y de un ejército
consular. La Península tocó en suerte a Catón, quien trajo consigo dos le-
giones, con 15.000 aliados (un total de 26.400 hombres) y veinte naves;
operaban también en Hispania dos legiones antiguas aumentadas en 2.200
hombres; y por lo tanto, el número de sus efectivos se elevaba a 13.000 sol-
dados, que se asignaron a P. Manlio y a A. Claudio Nerón. En este año
Roma contaba, pues, con 52.000 combatientes en la Península, sin contar el
personal empleado en la escuadra; una cifra tan elevada de militares indica
claramente el enorme interés que el Senado había puesto en los asuntos his-
pánicos. El licenciamiento de las legiones que Catón trajo consigo (Liv.
XXXIV 46,2; Plut. Cat. M. XI 4) señala nuevamente que la intención sena-
torial era mantener el territorio pacificado y que la progresiva conquista de
Hispania obedeció a la conducta belicosa de las tribus indígenas, que obligó a
los romanos a ensanchar continuamente la zona de influencia. Para el bienio
de mando siguiente, a C. Flaminio y a L. E milio Paulo se les enviaron 3.300
hombres a cada uno (Liv, XXXVI.2,8-9; XXXVII 2); y en años [-10 11-]
sucesivos vienen L. Bebio con 7.250 hombres y P. Hipseo con 3.200 en 189
(Liv. XXXVII 50,11); L. Manlio Acidino y C. Atinio en 188-187 con 3.200
cada uno (Liv. XXXVIII 35,10; 36,3); en 186, ante la actitud combativa de
lusitanos y celtiberos, L. Quincio Crispino y C. Calpurnio Pisón con 24.000
en conjunto (Liv. XXXIX 8,2; 20,3; 21,4-5); en este año cada uno de los
pretores disponía de una legión con efectivos doblados, un total para las dos
provincias de 40.000 hombres, ejército tan numeroso como el mandado por
Catón y Escipión el Africano. La voluntad del Senado de mantener a toda
costa pacificadas las provincias hispanas queda bien patente en el hecho de
que, a pesar de la derrota de lusitanos y celtíberos, decidió mantener en la
Península las fuerzas vencedoras, repartidas en cuatro legiones completadas
Page No 9
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
con 9.800 nuevos elementos, de modo que los efectivos totales alcanzaron la
cifra de 40.000 hombres (Liv. XXXIX 38,3-11). En estos años el Senado,
aleccionado por la experiencia, había cambiado ya de táctica con respecto a
Hispania y no redujo el ejército de ocupación, como había decretado des-
pués de la marcha de Escipión el Africano y de Catón; al contrario, en los
años siguientes permite a los pretores traer nuevos contingentes de tropas de
Italia, lo que parece señalar planes de anexionar nuevos territorios; así, a los
pretores de los años 182-181, Q. Fulvio Flaco y P. Manlio, se les asignan
11.500 hombres de complemento al principio del año 182 (Liv. XL 16,7) y
11.600 al comienzo del año siguiente; según noticia transmitida por Livio,
las cuatro legiones comprendían un total de 45.000 hombres, lo que prueba
que el imperialismo de conquista dominaba los planes del Senado; lo mismo
se desprende de la decisión adoptada, ante los informes enviados a Roma
por el pretor de la Citerior, Q. Fulvio Flaco, de licenciar las tropas, una vez
que la Celtiberia estaba pacificada, y de enviar a F. Sempronio Graco con
12.950 hombres para completar las dos legiones, licenciando a los soldados
más veteranos [ -11 12-] y reduciendo los efectivos del ejército (Liv. XL
35,3-10) en la Citerior a 22.000 hombres 24.
El ejército de ocupación pronto comprendió la dureza de la guerra; ya en
el año 206, al conocer el ejército de 8.000 hombres la noticia de la enfermedad
de Escipión y con pretexto de que se les difería el pago de los estipendios, se
sublevó y expulsó a los tribunos (Zon. IX 10). Después de llevar unos treinta y
cinco años en continuas luchas 25, comenzó a dar señales de fatiga en el año
24 A pesar de todos estos datos que señalan la constante y firme decisión del Senado de mantenerse en la Península y ampliar el territorio pacificado, al gunas veces se negó a per- mitir levas en Italia, como cuando al nuevo pretor de la Citerior (193-192 a. J. C.), C. Fla-
minio, no se le concedió una nueva legión que sustituyese a la deshecha y desmoronada
moralmente, heredada de Digitio, y sólo se le permitió hacer nuevos reclutamientos fuera
de Italia (Liv. XXXV 2,1-8). La negativa del año 172 a. J. C. (Liv. XLII 10,13) tiene su explicación en la inminencia de la guerra contra Perseo; a pesar de ello, después de mucho
importunar al Senado, los pretores M. Junio y Esp. Lucrecio lograron nuevos refuerzos para
el ejército.
25 Las bajas del ejército romano en la época que estudiamos debieron de ser muy eleva- das: año 211, desastre de los Escipiones y de parte de su contingente (Eutropio III 14. sin embargo, escribe que el ejército permaneció íntegro); 206, 1.200 romanos muertos y más de
3.000 heridos (Liv. XXV III 34; Ap. Ib. 37) en un encuentro contra los ilergetes; el mismo año perecen 800 romanos en la batalla de Carmona (Ap. Ib. 27): 197, el ejército de C. Sem- pronio Tuditano fue arrollado y disperso (Liv. XXXIII 25,8); 194, Publio Digitio pierde casi todo el ejército (Oros. IV 20,1G); 190, L. Em ilio, cerca de la ciudad de Lycon, en lucha con los bastetanos, pierde 6.000 hombres (Liv. XXXVII 46), la misma cifra que los muer- tos romanos en Ausculum (Plut. Pirro XXI 10); 189, Lucio Bebio, mientras se dirigía a Hispania, es asaltado por los ligures y matado con todo el ejército (Oros. IV 20,24; Liv.
XXXIII 57); 186-185, los dos ejércitos romanos, que se habían unido, fueron desbaratados y encerrados en los campamentos y perdieron hasta 5.000 hombres, incluidas las bajas de
los aliados (Liv. XXXIX 29); 182, muchos romanos cayeron muertos y heridos (Liv. XL 16). Ante estas cifras las bajas romanas de las grandes batallas de Grecia y el Oriente son
Page No 10
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
184. Livio ( XXXIX 38) cuenta los deseos de los soldados de [ -12 13-]
abandonar la Península; y cuatro años más tarde se repite la resistencia de la
tropa, cansada por tantas guerras, a permanecer en Hispania (Liv. XL 35), a pe-
sar de que los ingresos que se obtenían del saqueo de los campamentos eran
elevados (Liv. XXI 60; XXXI 16,3; XXXIV 43; XL 16,49-50; Pol. III 76; X 12).
Catón, al llegar a la Península, lo primero que hizo fue un reparto:
(Plut. Cat. X 4). Ya para estas fechas se conocía perfectamente lo que sig-
nificaba el mando en Hispania, y el venir aquí a gobernar lo esquivaban por
todos los medios las clases dirigentes de Roma, como sucedió en el ano 176,
cuando M. Cornelio y P. Licinio Craso (Liv. XLI 15,5) se excusaron de ve-
nir alegando que los sacrificios solemnes se lo impedían.
Ya a la muerte de los Escipiones, si se cree a Livio (XXXVI 18,4), no
se presentó ningún candidato a sustituir a los dos generales muertos, hasta
que finalmente solicitó el mando del ejército P. Cornelio. Es fundamental
para nuestro intento conocer el juicio que los historiadores romanos emitie-
ron sobre las guerras hispánicas de este período. Basten unos pocos testimo-
nios, Livio (XXVIII 12) considera a España mejor preparada para renovar la
guerra que Italia y que el resto del mundo por el carácter de sus hombres y
de su suelo; Floro (I 22,38) da a la Península el calificativo de belicosa y la
juzga famosa por sus armas y maestra de Aníbal. Los habitantes de. Roma
se habían hecho a la idea de que las guerras hispánicas eran endémicas; así
lo asegura Livio (XXXIII 44,4) en un párrafo referente al año 196; Orosio
(IV 20,19) califica las guerras que sostuvieron los pretores Flaminio y Ful-
vio en el año 193 como muy duras y crueles para ambos pueblos. Según el
testimonio de Catón, transmitido por Livio ( XXXIV 18), las guerras hispá-
nicas, después de la retirada de los cartagineses, [ -13 14-] fueron más fero-
ces que antes, pues los indígenas luchaban por su libertad.
Esta voluntad firme del Senado de mantenerse en la Península y am-
pliar el territorio conquistado obedecía no sólo al imperialismo de conquista
que dominaba a Roma en este período 26, sino principalmente al hecho de
que Hispania estaba contribuyendo de una manera callada, pero eficaz, a la.
formación y desarrollo del capitalismo romano, no sólo con grandes contri-
buciones en metálico, sino también en material humano. Roma contaba con
el ejemplo de lo que significó Hispania en este aspecto para los Bárquidas
pero, desde las primeras campañas, ella personalmente experimentó en be-
insignificantes: 700 romanos muertos en Cinoscéfalas (Pol. XV III 27,6) y 349 en Magne- sia.
26 Esta etapa hispana que estudiamos coincide con la segunda y tercera guerra macedó- nica, la «liberación» de Grecia y la guerra contra Antíoco ( cf. L. Pareti, o. c. II 563-762; M. Cary, A History of the Greek World 323-146 B. C. , Londres, 1959, 189 ss.; S. Montero Díaz, o. c. 63 ss., Historia Antigua y Media. Conceptos fundamentales, Madrid, 1943, 52).
Page No 11
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
neficio propio las fabulosas posibilidades que el capitalismo romano poseía
en estas tierras.
Con la toma de Carthago Nova, Escipión se apoderó de 276 páteras de
oro, casi todas de una libra de peso; 18.300 libras de plata acuñada; vasos
del mismo metal en gran número 27; 40.000 modios de trigo y 270 de ce-
bada; naves con [ -14 15-] su cargamento, trigo y armas, además de cobre,
hierro, telas, esparto y otros materiales (Liv. XXVI 47,7). Es de suponer que
el capitalismo romano mantuvo en explotación las ricas minas de plata de
las cercanías de Carthago Nova 28, que, en la época en que Polibio las visitó
rentaban al pueblo romano 25.000 dracmas diarias y en las cuales trabajaban
40.000 obreros (Estr. III 2,10); y también la mina de Baebelo. que producía
a Aníbal trescientas libras de plata diarias (Plin. NH. XXXIII 96). Esta
aportación monetaria y de víveres debió de ser extraordinariamente esti-
mada en Roma, porque precisamente este mismo año de la toma de Tarento
se agotaron las últimas reservas del tesoro 29, que ya se encontraba desde
varios años antes muy mermado, pues los prisioneros de la batalla de Can-
nas no habían podido ser rescatados por falta de dinero (Liv. XXII 58 s.;
Pol. VI 58 ; Ap. An. XXVIII; Zon. IX 2). Un año antes de capturar Escipión
en Carthago Nova los víveres citados, Roma se había visto obligada a soli-
citarlos de Tolomeo IV Filopator. Escipión, al volver a Roma, llevó consigo
la cantidad arriba expresada, que excitaría la codicia de los romanos y afian-
zaría al Senado en su decisión de mantenerse en la Península. A partir de
esta fecha, continuamente llegan a Roma nuevas cantidades elevadas que
fomentan el capitalismo romano. Los datos han sido conservados por Livio:
43.000 libras de plata y 2.450 de oro llevó Léntulo en el año 200 ( XXXI
20,7); y su colega Acidino, 1.200 libras de plata y 30 de oro ( XXXII 7,4);
27 Las vasijas de plata eran muy abundantes; en la boda de Viriato se exhibieron gran número de ellas (Diod. XXXIII 7). Posidonio alude a los vasos de plata de Hispania (Estr. XIII 1,67) y Plinio ( NH. XXXIII 145) habla de platos argénteos de 500 libras de peso. Es- cipión, en el cerco de Numancia, prohibió a sus oficiales retener vasos de plata que pesaran
más de dos libras (Plut. Ap. reg. 16; Lucil. 1318). La tipología de estas va jillas y joyas es conocida a través de los tesoros de Tivisa, Chao de Lamas, Jávea, Lebrija, Menjíbar, Mo- gón, Salvacañete, Alcudia (Granada), Perotitos, Driebes, Torre de Juan Abad, etc. Cf. F. Álvarez Osorio, Tesoros españoles antiguos en el Museo Arqueológico Nacional , Madrid, 1954, láms. X ss.; J. Serra Ráfols, El poblado ibérico del Castellet de Banyoles (Tivisa-
Bajo Ebro), en Ampurias III 1941, 15 ss.; J. San Valero, El tesoro preimperial de plata de Driebes (Guadalajara), Madrid, 1945; J. Martínez Santa-Olalla Una va jilla ibérica de plata del país de los mastienos, en Inv. Progr. VIII, 1954, 163 ss.; A. Blanco, Cabeza de un cas- tro del Narla, en Cuad. Est. Gall. XXXIV, 1956, 159 ss.; Origen y relaciones de la orfebre- ría castreña, en Cuad. Est. Gall. XII 1957, 267 ss.; J. Maluquer, España prerromana (His- toria de España), Madrid, 1954, 113 ss., 370 con toda la bibliografía.
28 A. Beltrán, Las minas romanas de la región de Cartagena, en Mem. Mus. Arq. Prov. V 1945, 201 ss.
29 T. Mommsen, o. c. (en n. 1) 716 ss. Algo alivió la caótica situación financiera la toma por Marcelo de Siracusa (211), en la que se recogieron riquezas que ni en la misma Cartago se podrían hallar (Liv. XXV 31,11).
Page No 12
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
1.515 libras de oro, 20.000 de plata y 34.500 de plata acuñada, Cornelio
Blasio en el año [ -15 16-] 198; y su colega L. Estertinio, 50.000 libras de
plata (XXXIII 27,2), cantidad que sería el producto del saqueo y de tributos,
pues no hubo guerras en ese año, lo cual explicaría la sublevación del 197;
14.732 libras de plata, 17.023 acuñadas con la biga y 27.000 de argentum
oscense, que aparece este año 30 por vez primera (XXXIV 10,4), el goberna-
dor de la Ulterior M. Helvio en el año 195; y su colega Q. Minucio, 34.800
libras de plata, 73.000 con la biga y 278.000 de argentum oscense; 25.000
libras de plata no trabajada, 123.000 con el cuño de la biga, 540 libras de ar-
gentum oscense y 1.400 de oro, el cónsul de la Hispania Citerior Catón
(XXXIV 46,2); 12.000 libras de plata, 130 con la biga y 127 libras de oro, el
pretor de la Hispania Citerior M. Fulvio Nobilior en el año 192 (XXXVI
39,2); 52 coronas de oro 31 y 16.300 de plata, el pretor de la Citerior L.
Manlio en 185, y el cuestor, 10.000 de plata y 80 de oro ( XXXIX 29,6); 83
coronas de oro y 12.000 libras de plata en el año 184 C. Calpurnio Pisón y
L. Quinctio Crispino (XXXIX 42,2); 9.320 libras de plata, 80 de oro y dos
coronas de oro de sesenta y siete libras de peso, Terencio en el año 182 (XL
16,11); 124 coronas de oro, 31 libras de oro y 173.200 piezas de argentum
oscense (XL 43,4), Q. Fulvio Flaco en el año 179; 40.000 libras de plata T.
Graco y 20.000 Albino en el 176 (XLI 7,2); 10.000 libras de plata y 5.000
de oro Ap. Claudio Cento en el 175 (XLI 28,6); diez libras de oro y de plata
hasta un millón de sestercios (XLV 4,1), M. Marcelo en el año 169 32. Otras
[-16 17-] veces las fuentes antiguas hablan simplemente de tributos im-
30 El argentum oscense se refiere a dracmas ibéricas de imitación ampuritana, que co- mienzan hacia el año 250 a. J.C., según demuestra el hallazgo de Puig Castellar, y terminan
en el 180. Cf. A. Beltrán, Curso de Numismática , Cartagena, 1950, 316; Las monedas his- pánicas antiguas, Madrid, 1953, 26; Amorós, o. c. 51 ss.; M. Gómez Moreno, Misceláneas, I, Madrid, 1949, 175 ss.
31 En Hispania se fabricaban coronas monumentales: Claudio llevó una de 7.000 libras de la Hispania Citerior (Plin. NH. XXXIII 54).
32 J. M. Blázquez, Notas a la contribución de la Península Iberia al erario de la Repú- blica Romana, en Trab. Antr. Etn. XVII 1959, 175 ss.; C. Fernández-Chicarro, Laudes Hispaniae, Madrid, 1948, 68 ss.; Amorós, o. c. 52 ss. y 63 ss.; F. Rodríguez Adrados, o. c. 147 ss.; C. Sánchez Albornoz, Proceso de la romanización de España desde los Escipiones
hasta Augusto, en An. Hist. Ant, Med. 1949, 10, n. 23. Estas cantidades aisladas son peque- ñas si se comparan con algunos ingresos que en esta misma etapa tuvo el erario romano
procedentes de otras guerras. Al finalizar la segunda guerra púnica los cartagineses se com-
prometen a pagar 10.000 talentos en el plazo de cincuenta años (Pol. XV 68). La se gunda guerra macedónica termina entregando Filipo V doscientos talentos (Pol. XVIII 67 ss.; Liv.
XXXIII, 11 ss.). El botín obtenido en la tercera guerra macedónica fue tan grande que se perdonaron en Roma los impuestos a los ciudadanos (Pol. XXX 22; Liv. XLV 41). Después
de la batalla de Magnesia, la indemnización de guerra dada por Antíoco III fue de 1.230 colmillos de elefante, 234 coronas de oro, 137.000 libras de plata y 224.000 monedas grie- gas de plata, 140.000 monedas macedónicas de or o y una gran cantidad de objetos de oro y plata (Plut. Em. Paul. XXXIII). La importancia de los ingresos hispanos residen en que eran casi anuales. Otros datos de ingresos de estos años, en A. Aymard - J. Auboyer Roma y su Imperio, Barcelona, 1960, 175 ss.
Page No 13
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
puestos o pagados por los indígenas, sin que se conozca su cuantía (Pol.
XXI 61; Ap. Ib. XXI, XXXIII, XXXVII, XLIV; Liv. XXIX 3, XXXV III
34,12). Sólo se sabe que un tributo impuesto por. T. Graco en el año 179 as-
cendía a 2.400.000 sestercios (Liv. XL 17). El que pagaron los ilergetes en
206 era destinado a pagar el estipendio de los soldados (XXVIII 34). Estas
cifras son las que explican que, a pesar de la continua sangría de hombres
que la ocupación de Hispania significaba, el Senado nunca dudara en retener
la Península; y ellas eran las que le movían a enviar continuos refuerzos de
Italia. Además, prueban que la Península era una auténtica colonia de ex-
plotación y la veracidad del pensamiento que sobre este período histórico
escribió L. Homo 33: que Hispania era la tierra de promisión del capitalismo
romano.
La explotación no se ceñía a llevar continuamente al erario cifras ele-
vadas de oro y plata, que fomentaban la formación [-17 18-] y el desarrollo
de dicho capitalismo, sino que abarcaba los más variados aspectos, entre los
que descuella su. repercusión en Roma. Ya se aludió a que lógicamente las
ricas minas andaluzas y de Carthago Nova, a las que Piganiol 34 llama «les
plus riches mines d'argent du monde ancien», serían explotadas a gran ritmo
desde el primer momento de la conquista para evitar situaciones tan caóticas
corno las descritas al Senado por Cn. Escipión en el año 215 (Liv. XXXIII
48,4), en que el ejército victorioso se encontraba en la indigencia. A.
Schulten (Font. Hisp. Ant. III 170) deduce la explotación de estas minas de
una inscripción que aparece en lingotes de plomo ( CIL II 6247). Posidonio
vio que trabajaban en ellas esclavos indígenas (Diod. V 36-38). Se conocen
otros datos en este sentido. Las explotaciones mineras hispánicas eran tan
famosas en todo el Mediterráneo, que el libro I de los Macabeos (VIII 3) las
presenta como causa de la conquista romana de Hispania. Catón impuso un
gran tributo sobre las minas de hierro y plata (Liv. XXXIV 21). El cónsul
tenía a estas minas, que se encontraban cerca del Ebro, y a una tercera de sal
pura, por muy productivas (Aul. Gel. N.A. III 22,28). La Península también
pagaba contribuciones en especies, principalmente en trigo 35. En este as-
pecto, el tributo ascendía habitualmente al cinco por ciento de la cosecha de
grano, además de las otras contribuciones ; en lugar del trigo se podía cobrar
33 O. c. passim.
34 Histoire de Rome, Paris, 1949, 80; E. Pais, Storia di Roma, Turín, 1931, 212. España es el distrito minero más rico del Imperio en formación y el primero que fue explotado
(Rostovtzeff, Historia social y económica del Imperio romano , Madrid, 1937, 413). Sobre las minas hispanas cf. C. Gossé, Las minas y el arte minero de España en la antigüedad, en
Ampurias IV 1942, 43 ss. Un prototipo de explotación minera de tiempos de la república romana es el poblado estudiado por A. Fernández Avilés, El poblado minero iberorromano
del Cabezo Agudo, en La Unión, en Arch. Esp. Arq. XV 1942, 136 ss.
35 En este punto los romanos, en las provincias de Cerdeña y Sicilia, continuaron el sis- tema cartaginés y siracusano de cobrar la decaía parte de los cereales (cf. L. Pareti, o. c. II 794 s.). El modo de administrar la Península fue diferente del establecido en Sic ilia y Cer- deña.
Page No 14
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
su valor en dinero [ -18 19-], pero según la estimación fijada por los preto-
res (Liv, XLIII 21; Cic. Verr. III 6). Ya en el año 203 Hispania tiene que
proporcionar, para la guerra en África, trigo y capas (Liv. XXX 3,2). Este
mismo año exportó trigo a Roma en tal cantidad, que motivó una enorme
rebaja de precios (Liv. XXX 26,5) ; estas aportaciones en grano eran tanto
mis estimables cuanto que en algunos momentos primeros de la conquista el
ejército de ocupación se vio obligado a importar 36 los víveres de Italia (Liv.
XXII 11,6 y 22). Todavía en el año 180, a través de una noticia transmitida
por Livio en boca de T. Menio y de L. Terencio Masaliota, se sabe que era
costumbre enviar estipendio y provisión de víveres (Liv. XL 35). Otros tri-
butos de guerra exigidos frecuentemente eran de utilidad inmediata, como la
entrega de sagos, tan necesarios para defenderse el ejército de un c lima tan
áspero y duro (Liv. XXXIX 3,5). También hay entregas 37 de túnicas y togas
(Liv. XXIX 3). Las continuas guerras hispánicas favorecieron el capitalismo
romano proporcionando grandes masas de esclavos; éstos figuran entre el
botín tomado al comienzo de la conquista en Cissa (Liv. XXI 60,8); en el
año 212, al liberar los Escipiones a Sagunto del poder cartaginés, sometie-
ron a los turboletas y los vendieron como esclavos (Liv. XXIV 41); después
de la batalla de Baecula ( 208), Escipión vendió por medio del cuestor las
tropas africanas capturadas, mientras que dejó libres a los indígenas (Liv.
XXVII 19,1; Oros. IV 18,7); lo mismo hizo Catón con los vergistanos en el
año 195 (Liv, XXXIV 2); [-19 20-] en el 184, A. Terencio vendió a los
habitantes de Corbión, en la Citerior (Liv. XXXIX 42).
Esclavos figuran entre el botín que Escipión llevó a Roma (Ap. Ib.
38). Estas citas y el derecho de guerra (Pol. X 38, Liv. XXI 15) autorizan a
admitir que la costumbre era, siempre que se hacían prisioneros, venderlos;:
las cifras a este respecto, en los años que aquí se estudian, son bastante ele-
vadas 38.
36 Al comienzo de la conquista, el ejército romano pasó auténtica necesidad de víveres. En el año 215 a. J. C., los dos Escipiones comunicaron al Senado pecuniam in stipendium uestimentaque et frumentum exercitui et sociis naualibus omnia deesse (Liv. XXXIII 48,4).
37 La descripción de esta prenda, que probablemente vistió Escipión el numantino (Plut. Ap. reg. 16), puede verse en Apiano Ib. 42 y A. Schulten Numantia, Munich, 1914, I, 186. Carcopino, lib. c. 224 cree que su origen es galo; aunque ello fuese cierto, las tropas romanas comenzaron a vestirse con ella en Hispania, imitando a los indígenas.
38 L. Escipión en la toma de Orongis cogió «una. inmensa turba de cautivos» en el año 207 (Liv. XXVII 4,1); en el 206 hace prisioneros en el ejército cartaginés (Liv. XXV III 16); en el 203, los romanos apresan a unos cartagineses que reclutaban tropas (Liv. XXX 21,3); en 188-87, Acidino captura 2.000 celtíberos cerca de Calagurris (Liv. XXXIX 21; en el 182, Q. Fulvio Flaco hizo 4.000 prisioneros (Oros. IV 20,31); en el 181, 5.000 celtiberos
prisioneros (Liv. XL 35); en el 180, Fulvio capturó 4.257 celtíberos (Liv. XL 11). Es de
suponer que todos estos prisioneros, como los capturados en tiempo de los dos Escipiones
(en el 214-212, P. Cornelio se apodera de 1.000 soldados del ejército cartaginés que sitia-
ban a Iliturgis; de 3.000 cerca de Munda y poco después de 1.000; Liv. XXI 41), serían
vendidos como esclavos o irían a trabajar a las minas (Diod. V 36-38). Estas cifras de ven-
tas de esclavos son bajas si se las compara con los 10:000 esclavos que se llegaron a vender
Page No 15
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
Las guerras hispánicas fomentaron considerablemente el desarrollo de
la clase dedicada al comercio. Menciones de mercaderes en este período
sólo se conocen dos: una de ellas refiere que los habitantes de Astapa captu-
raron a los [-20 21-] sirvientes de armas y mercaderes desperdigados por el
campo (Liv. XXVIII 22). Pero debían de ser muchos, y sus ingresos muy
lucrativos, ya que ellos eran los que compraban el botín (Ap. Ib. 20), al que
se conocen tantas alusiones en las fuentes, y los esclavos 39; por otra parte,
las relaciones marítimas (Liv. XXII 11,6 y 22) con Italia eran continuas, lo
que también favorecía el comercio y la formación y desarrollo de compañías
navieras, ya que el ejercito romano se vio obligado en los primeros mo-
mentos de la conquista a traer las provisiones de ciudades de Italia como
Ostia (Liv. XXII 11,6 y 22) y Puteoli (Liv. XXXVI 17,2); los mercaderes
eran los que abastecían al ejército de trigo, y Catón los mandó a Roma ale-
gando que la guerra se a limentaba ella misma (Liv. XXXIV 9). La explota-
ción de la Península fue total, continua y despiadada 40, y ello originó las
continuas guerras y sublevaciones hasta la llegada de T. Sempronio Graco,
que, gracias a su política de ecuanimidad, logró que Hispania disfrutase de
veinticinco años de paz. Baste citar dos hechos que confirman la dureza de
la [-21 22-] explotación por parte del capitalismo romano. Al rendirse Ga-
des en el año 206, se estipuló que no residiría en la ciudad un prefecto, cuyo
cometido era obtener dinero; pero no se cumplió esta cláusula hasta que en
el ciño 199 los gaditanos se quejaron a Roma, lo que prueba también el poco
diariamente en Delos o los 150.000 epirotas que en el año 167 vendió Paulo Em ilio (cf. W. Westermann The Slave System of Greek and Roman Antiquity , Philadelphia, 1955, passim). La esclavitud entre la población indígena era frecuente: esclavos se citan en las ciudades de
Cissa y de Salamanca (Pol. VIl 48; V. Bejarano, Fuentes antiguas para la historia de Sala-
manca, en Zephyrus VI 1955, 89 ss.); un esclavo mató a Amílcar por vengar la muerte de su señor, según Justino (XLIV 5,5); Em ilio Paulo concedió la libertad a los esclavos de la Torre Lascutana (D'Ors, Epigrafía jurídica de la España romana , Madrid 1953, 349 ss.; buena reproducción del bronce en Bosch Gimpera, o. c. fig. 64). El hecho que V. Chapot cuenta, referido a los tiempos de Catón ( El mundo romano , Méjico, 1957, 123), de que unos esclavos se envenenaron, o mataron a sus dueños, o hundieron las naves, es del año 141 (Ap. Ib. 77).
39 C. Sánchez Albornoz, Panorama general de la romanización de Hispania, en Rev. Univ. Buenos Aires I 1956, 4 ss.; o. c. (en n. 32) 12 s. Muy probablemente otra gran fuente de ingresos para los comerciantes era el intercambio de productos con los indígenas, como
lo ejecutaban los griegos de Ampurias (Liv, XXXIV 9).
40 Roma empezó pronto a acuñar monedas en plata y bronce con caracteres ibéricos bajo su autoridad y según la metrología romana. Esta acuñación según el patrón romano fue la primera fuera de Italia. Estas monedas servían para pagar los tributos y para el comercio
interior (A. Schulten, Numantia IV 278). Las monedas más antiguas fueron las de Sa gunto y Tarragona, a las que siguieron piezas de gran tamaño, en bronce, de Celsa e Ilerda. Estas
piezas podrían datarse hacia el año 175 a. J. C. (cf. A. Beltrán, Las monedas hispánicas antiguas, Madrid, 1953, 19 s.; Curso de Numismática , 316; Estado actual de la Numismá- tica antigua de España, en Congr. Int. Num. , Paris, 1957, 58). De la primera época es la plata de Ilerda; los denarios dan pesos acomodados a la metrología romana y quizá, por su
peso, sean anteriores al año 207 a. J. C.
Page No 16
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
caso que los romanos hacían de los tratados, como lo vuelve a confirmar la
defección, en el año 197, de las antiguas ciudades fenicias Mal aca y Sexi
(Font. Hisp. Ant. III 175 s.). Hispania provoca 41 la introducción del tribunal
jurado, en el año 171, para los excesos en la provincia (Liv. XLIII 2). Se
trataba de la acción judiciaria contra tres pretores: M. Titinio, de la Citerior
(x-166); P. Furio Filón, igualmente de la Citerior (|-173), y M. Matie-
llo, de la Ulterior ({); patronos de los iberos fueron Catón, Escipión y
Paulo; esta creación indica que, si los excesos eran frecuentes, también hubo
algunos buenos gobernantes de los que los indígenas conservaron buen re-
cuerdo. Los hispanos lograron que las autoridades romanas no fijaran el
precio del trigo y que no se colocaran recaudadores en las ciudades para
cobrar los tributos (Liv. XLIII 2, Val. Max. VIII 7,1).
La Península no sólo contribuye valiosamente a la formación y al de-
sarrollo del capitalismo romano, sino en particular al lucro de la clase
ecuestre, que era la que tomaba en arriendo, como en el resto del Imperio,
las aduanas establecidas con motivo de la creación de las dos provincias en
el año 197; la contribución sobre el trigo, la r ecaudación de los tributos 42 y
la explotación de las minas; de este modo, Hispania contribuye poderosa-
mente al crecimiento y vigor de esta clase capitalista, auténtica oligarquía
[-22 23-] plutocrática, que en estos años se encontraba en período de
formación.
El impacto de la conquista de Hispania no lo sintió sólo el capitalismo
romano, sino que alcanzó hasta a las mismas instituciones civiles y milita-
res, que se vieron obligadas a evolucionar rápidamente. El poder militar su-
fría, al comienzo de la conquista, de la doble traba de la anualidad y de la
colegialidad 43 que la constitución imponía a su ejercicio. Las guerras soste-
nidas en la Península obligaron a cambiar la constitución, pues las operacio-
nes impusieron la permanencia en el mando por más tiempo. Ya al principio
de la conquista de la Península, a la muerte de los Escipiones, se dio un caso
verdaderamente revolucionario para la mentalidad del Senado: el ejército,
reunido en comicios militares sin esperar el envío de nuevos generales de
Roma, entregó el mando supremo a un simple caballero, L. Marcio Séptimo
que, por sus éxitos, arrojo y decisión, se hizo digno de este honor 44. Esta in-
tervención espontánea de los soldados, aunque atenuada por las caóticas cir-
cunstancias en que el ejército se encontraba, era un acto sin precedentes en
41 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas, 149 s.; L. Pareti, o. c. II 174 s. El tribunal especial de repetundis no fue establecido hasta el año 149; cf. Scullard, o. c. (en n. 5) 201.
42 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas 79 ss.; L. Pareti, o. c. II 776 s.; G. Bloch - J. Carcopino Des Gracques à Sulla, París, 1952. 81.
43 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas, 97.
44 A. Schulten (Font. Hisp. Ant. III 93) juzga este hecho, narrado por Livio (XXV 37- 88), como invención de Claudio Cuadrigano; L. Homo ( Las instituciones políticas roma- nas;, 97), L. Pareti (o. c. II 416) y Scullard (o. c. en n. 8, pág. 199) no lo consideran falso.
Page No 17
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
el Estado romano; el Senado no ratificó la elección y se apresuró a enviar un
general. En el año siguiente se produjo otro hecho más significativo todavía
y de grandes consecuencias en la carrera del protagonista: P. Escipión, hijo
de uno de los generales muertos, joven de apenas veinticuatro años, que no
había desempeñado más cargo que el de edil, ante la falta de hombres que
quisieran hacerse cargo del ejército de España se presentó al pueblo y solici-
tó el mando del ejército. El pueblo se lo otorgó con el título de procónsul y
en forma excepcional. Escipión es, pues, el primer priuatus investido con el
imperium proconsular. En [-23 24-] el año 210 desembarca en España y,
gracias a la forma legal de la prórroga, ya documentada durante la segunda
guerra púnica (su tío Cn. Escipión había mantenido el poder en la Península
durante ocho años seguidos, 218-211), mantiene el mando 45 a lo largo de
cinco años consecutivos. Cónsul en el año 205, P. Escipión es el primer ge-
neral romano que quiere contar con el apoyo del ejército que ha servido a
sus órdenes para obtener el consulado-(Liv. XXVIII 32), lo que prefigura ya
el mando, sostenido por el ejército, de Mario, Sila y César. Conquista Sic ilia
después y prepara el ataque a Cartago. Desde el año 204 al 202 dirige el
ejército en África y el año 201 entra triunfante en Roma. La duración de este
mando era un hecho insólito en la historia romana y significa, como ha visto
L. Homo 46, que el poder militar avanzaba a pasos agigantados hacia la dic-
tadura. Escipión el Africano es también el primer romano que es aclamado
como rey varias veces era la Península 47. Los sucesores de Escipión fueron
nombrados con el mismo poder que él (…-198) y por el mismo procedi-
miento (Liv. XXIX 13,7; XXX 41,4; XXXI 50,10). Las guerras de la Penín-
sula eran de unas características tan peculiares que los casos de mando ejer-
cido durante muchos años, y contra la costumbre de prolongarlo a los pro-
cónsules y propretores por un año o a lo sumo dos, no fueron sólo los de Cn.
Escipión y su sobrino; P. Ccrne-lio Léntulo y L. Manlio Acidino retuvieron
el gobierno [-24 25-] respectivamente durante cinco (…-201) y seis (…-
200) años 48. El 200 tuvo lugar otro hecho nuevo y opuesto a la costumbre
establecida: el Senado, por unan imidad y contra la oposición del tribuno
Tito Sempronio Longo, concedió el triunfo con ovación al procónsul Lucio
45 Bosch Gimpera, o. c. 32 señala que venía con la misma categoría y facultades que M. Junio Silano. Contra esta hipótesis, Scullard, o. c. (en n. 8) 211; Pareti, o. c. II 430; G. de Sanctis, o. c. 454; Hallward, o. c. 71.
46 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas, 98: «tanto por la rapidez con la que había progresado, como por las múltiples irregularidades que habían señalado los progre- sos, aparecía como un desafío permanente a la antigua constitución romana».
47 A. Aymard, Polybe, Scipion l'Africain et le titre de Roi, en Revue du Nord XXXVI 1954. 121 ss.; J. M. Blázquez, El legado indoeuropeo en la Hispania romana, 321, n. 10.
48 Esta prolongación del mando se registra también fuera de la Península; M. Claudio Marcelo gobernó en Sicilia, con intervalos, casi nueve años ( 216-208); y Flaminino, du- rante la segunda guerra m acedónica, en Grecia durante cinco años (198-194); pero en estas regiones el hecho fue excepción, mientras que en la Península se registra cuatro veces en
dieciocho años.
Page No 18
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
Cornelio Léntulo a pesar de que no era ni dictador, ni cónsul, ni pretor (Liv.
XXXI 20). En la Península lo normal es la excepción; así se concede el
mando a simples particulares con poder proconsular, como se indicó (P.
Cornelio Escipión, C. Léntulo, L. Manlio Acidino, C. Cornelio Cetego, Cn.
Cornelio Blasio, L. Estertinio). En el año 197 se aumentó el número de pre-
tores de cuatro a seis, a causa de las dos provincias hispánicas, que a partir
de este año se encontraron mandadas por pretores proconsulares 49. A estos
pretores acompañaban doce lictores en vez de los seis que seguían a sus co-
legas de otras partes. La división en dos provincias impidió que funcionara
la colegialidad de los pretores, designados individualmente como goberna-
dores de cada provincia. La costumbre que el Senado seguía con respecto a
las provincias de Hispania fue la de prolongar el mando (en virtud de la ley
Baebia) a los pretores 50. A. Schulten 51 ha podido [ -25 26-] escribir con
toda exactitud que «in the history of provincial administration Spain marks
an epoch», y Omán 52, que «la primera ocasión en que se hubo de contrastar
el arcaico sistema municipal de gobierno, como sistema aplicable a la admi-
nistración de lejanos departamentos, fue con la adquisición de los dominios
cartagineses en España... Estos territorios, separados de Italia por los de la
costa meridional de las Galias aún no sometidos al Imperio, no eran accesi-
bles para llegar a España sino mediante una larga travesía marítima... y que
en ciertas épocas del año era evitada a toda costa. Por esta causa los procón-
sules tuvieron en España, desde el principio, una libertad de acción que nin-
gún gobernador había tenido hasta entonces».
En lo militar también el impacto de la c onquista de Hispania fue gran-
de. Roma necesita por vez primera un grueso ejército de ocupación perma-
nente (Mommsen, o. c. II 752 ss.). Entre los años 186 y 179 residieron acá
cuatro legiones. Ya se indicó que los romanos muy probablemente copiaron
el vestido, el sagum, de los indígenas, que llegó a ser el «uniforme militar
romano por excelencia» 53. También adoptaron armas como el gladius His-
paniensis, que los macedonios conocieron por vez primera 54 en el año 200
49 T. Mommsen, Römisches Strafrecht , Leipzig, 1899, II 647, 652; L. Pareti, o. c. II 774.
50 La casi totalidad de los pretores entre los años 199 y 179 tuvieron el mando prolon- gado un año: 199-198, C. Cornelio - L. Estertinio; 198-192, C. Flaminio - M. Fulvio; 191- 190, C. Flaminio - Em ilio Paulo; 188-187, L. Manlio - C. Atilio; 186-185, L. Quinctio - C. Calpurnio Pisón; 184-183, Terencio Varrón - Sempronio Longo; 182-181, Q. Fulvio Flaco -
P. Manlio; 180-179, T. Sempronio Graco - C. Postumio (cf. T. Robert - S. Bro ughton -M. L. Patterson The Magistrates of the Roman Republic, Nueva York, 1951, passim).
51 Cambridge Ancient History VIII 310.
52 Siete estadistas romanos, Madrid, 1944, 6 s. Durante el invierno la Península que- daba incomunicada con Roma; cf. J. Rougé, La navigation invernale sous l'Empire romain, en Rev. Et. Anc. LIV 1952, 316 ss.
53 Carcopino, lib. c. 230.
54 Carcopino, ibid. también ha defendido que esta arma es gala; parece claro que los ro- manos la copiaron directamente de los hispanos, como su mismo nombre lo indica; ya la
Page No 19
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
(Liv. XXXI 34,4), y el pilum, cuya descripción coincide [ -26 27- ]
exactamente 55 con la de la falárica ibérica (Liv. XXI 8,10). Con toda razón
ha podido escribir Schulten (Font. Hisp. Ant. III 37) que «puede decirse que
forma época para los romanos la guerra en España en cuanto a trajes y equi-
po de guerra». Los romanos frecuentemente impusieron a los indígenas un
tributo en tropas 56 y en la Península por vez primera admitieron mercena-
rios en sus ejércitos, celtíberos en el año 212 (Liv. XXIV 49). En la Penín-
sula se funda la primera colonia latina fuera de Italia en el año 171. Su crea-
ción fue motivada por la legación enviada a Roma por cuatro mil hijos de sol-
dados y de mujeres indígenas que pedían 57 que se les asignasen tierras donde
habitar [-27 28-] (Liv. XLIII 3,1-4). Siete años antes del establecimiento de
esta colonia (€ a. J.C), Sempronio Graco funda Gr acchurris 58 la primera
ciudad a la que un general romano da su nombre, costumbre introducida por
Filipo y Alejandro y adoptada por los monarcas helenísticos 59. En los pri-
empleaban los celtíberos que servían en el ejército de Aníbal; cf. H. H. Scullard, o. c. (en n. 8), 213. Así lo afirma tajantemente Suidas s. v.
55 También Carcopino, lib. c. 229 cree que el pilum lo copiaron los romanos de los ga- los, pero el hecho de que se encuentre entre éstos no quiere decir que lo recibieran de ellos los romanos directamente. El mundo ibérico se hallaba en esta fecha (s. III-II a. J.C.) pro-
fundamente indoeuropeizado, como lo prueban los relieves de Osuna y al gunos exvotos ibéricos en los que los guerreros cubren su cuerpo con el escudo oval galo (sobre este es-
cudo, cf. Q. Maule - H. Smith, Votive Religion at Caere: Prolegomena, Berkeley, 1959, 1 ss.); escudo de La Tène del tipo del guerrero de Mondragón empuñan los guerreros de Liria
(Corpus Vasorum Hispanorum, Liria, láms. ILXIII, LXV) y los representados en los vasos de la necrópolis de Oliva. (J. Caro Baroja, o. c. n. 144). Influencias célticas se muestran en las joyas, como en la pátera de Perotitos, con el tema de la máscara humana mordida por un
felino, y en diverso material arqueológico (E. Cuadrado, Las tumbas ibéricas de empedrado
tumular y la celtización del Sudeste, en Congr. Arq. Nac. 1951, 247 ss.; La cerámica ibérica tosca, de collar con impresiones y su origen céltico, en Congr. Arq. Nac. 1951, 269 ss.). La proyección del mundo indoeuropeo sobre los bordes oriental y meridional de la Península
se encuentra atestiguada por las fuentes literarias (J. M. Blázquez, El legado indoeuropeo
en la Hispania romana, 334 ss.; J. M. Ramos Loscertales, El primer ataque de Roma contra Celtiberia, Salamanca, 1943; J. Martínez Santa-Olalla, Esquema paletnológico de la Penín- sula Hispánica, Madrid, 1946, passim; M. Almagro, Origen y formación del pueblo his- pano, Barcelona, 1959, 100).
56 A. Balil, Un factor difusor de la romanización; las tropas hispanas al servicio de Roma (siglos III-I de J. C.), en Emerita XXIV 1956, 108 ss.
57 A. García y Bellido, Las colonias romanas de Hispania, en Anuario Hist. Derecho Esp. XXIX 1959, 450 s. Sobre el elemento racial aportado por Roma, al gunos investigado- res, como M. Almagro, Origen y formación del pueblo hispano , 113 s., creen que «es im- portante por su número, pero no fue trascendental su influjo racial por sus afinidades con
nuestras gentes».
58 A. García y Bellido, Las colonias romanas de Hispania, 448 s.
59 Tarn, Alexander the Great, II, Cambridge, 1951, passim; A. Weigall, Alexandre le Grand, Paris, 1934, passim; F. Altheim, Alexandre et l'Asie. Histoire de un legs spirituel ,
Page No 20
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
meros años de la conquista (…), P. Escipión fundó la ciudad de Itálica para
dejar en lugar seguro a los muchos enfermos que traía su ejército después de
la batalla de Hipa 60; este asentamiento de soldados heridos es precedente de
los frecuentes repartos de tierras a veteranos que hizo a lo largo de su vida
P. Escipión 61.
La Península contribuyó también al embellec imiento de Roma: en el
año 197, L. Estertinio, con el producto del saqueo, levantó dos arcos en el
Foro Boario, delante del [ -28 29-] templo de la Fortuna y del de la diosa
Mater Matuta, y un tercero en el Circo Máximo, y sobre ellos erigió estatuas
doradas (Liv. XXXIII 27). Años después (z), Fulvio Flaco levantó, en
cumplimiento de un voto hecho durante su lucha contra los celtíberos, un
templo 62 consagrado a la Fortuna ecuestre (Liv. XLI.I 10,5). El impacto de
la conquista de la Península en Roma fue también de signo negativo: las
continuas bajas del ejército y los frecuentes reclutamientos autorizados por
el Senado contribuyeron, ya en los comienzos del siglo II, a la ruina y des-
aparición de la clase media, como después las guerras celtibéricas y numan-
tina 63. Ya Tito Livio y Polibio nos informan de que en el año 180 era difícil
encontrar, en la corporación ciudadana, los elementos necesarios para com-
pletar las legiones 64.
J. M. Blázquez
Paris, 1954, passim; A. Savill, Alexander the Great and his Time , Londres, 1959, passim; Wilcken, Alexandre le Grand, Paris, 1934, passim; S. Montero Síaz Alejandro Magno, Ma- drid, 1944, passim. Se ha pensado que P. Cornelio Escipión Nasica fuera el primer general romano que dio su nombre a una ciudad indígena, pues al nombre de Calagurris acompaña
el epíteto de Nasica, con que aparece en monedas (M. Trapero, Las monedas de Calagurris,
en Num. Hisp. IV 1956, passim); Taracena, Restos romanos en la Rioja, en Arch. Esp. Arq. XV 1942, 17 s., pensaba que tal vez el pretor de la Provincia Ulterior en el año 194 contara
con clientela en la ciudad, pero C. Solano, Aclaraciones a la historia de Calahorra , Sala- manca, 1960, 27 ss. descarta esta hipótesis. La tesis que encontramos más aceptable es la de
A. Beltrán, (Numismática antigua, 359), quien cree que Nasica es el lugarteniente de Lé- pido, lo que explicaría satisfactoriamente que las monedas en que se registra el nombre
lleven en el anverso el de Julia. Pais, o. c. 194 cree que el epíteto alude a P. Cornelio Esci- pión Nasica.
60 A. García y Bellido, Las colonias romanas de Hispania, 508 ss.; Colonia Aelia Au- gusta Italica, Madrid, 1960.
61 L. Pareti, o. c. II 798 n. 1.
62 Scullard, o. c. (en n. 5) 181 n. 3, 202.
63 C. Viñas, o. c. 205. Contra esta teoría, cf. Omán, o. c. 21; pero su punto de vista no lo comparten los historiadores actuales de más altura (L. Homo, Las instituciones políticas romanas, 87; W. E. Heitland, en El legado de Roma, Madrid, 1944, 696).
64 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas, 83.
Antigua: Historia y Arqueología de las civilizaciones [Web]
Página mantenida por el Taller Digital
Page No 2
[Publicado previamente en: Estudios Clásicos 7, 1962, 1-29. Editado aquí en versión digital por cortesía del autor, como parte de su Obra Completa, bajo su supervisión y con la paginación original].
© José María Blázquez Martínez
El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218- 154 a.C.)
José María Blázquez Martínez
De Hispania dice Livio (XXVIII 12,12) que prima Romanis inita
prouinciarum, quae quidem continentis sint , postrema omnium nostra de-
mum aetate ductu auspicioque Augusti Caesaris perdomita est. Esta con-
quista coincide con la formación y desarrollo del capitalismo romano, con la
etapa de expansión en la que las viejas formas de gobierno se tornan inser-
vibles y con el periodo en que principia a desapar ecer la antigua clase media
y nace una oligarquía de dinero. Intentamos examinar brevemente en este
trabajo qué causas movieron al Senado a comenzar la conquista de la Penín-
sula; cómo la vieron el ejército, la aristocracia y los historiadores romanos
que trataron de ella y el impacto que tuvo en el origen y crec imiento del
capitalismo romano y en las instituciones militares y civiles contemporá-
neas. El período histórico que estudiamos abarca desde el año 218 a. J.C., en
que desembarcan los Escipiones, hasta el final de la paz de un cuarto de
siglo que gozó la Península, motivada por la política seguida por Tiberio
Sempronio Graco. Esta etapa creemos que posee cierta unidad.
La Península Ibérica hace su aparición en la política romana con el
tratado romano-cartaginés del año 348, en el que se estipula concretamente
que «más allá del y de los romanos no
podían ni comerciar ni fundar ciudades» (Pol. III 24,4). Esta cláusula del
tratado transmitido por Polibio podía indicar que los romanos poseían en la
costa levantina ibérica intereses [ -1 2-] comerciales o políticos que los
cartagineses respetaban. Sin embargo Roma, en fecha tan temprana, muy
probablemente no tenía intereses de ningún tipo en Hispania, ya que el
campo de sus operaciones se había circunscrito a Italia central exclusiva-
mente 1.
1 Hasta la fundación de una colonia en la pequeña isla de Ponza, no lejos de la cosía meridional del Lacio (año 313 a. J. C.), Roma no contó con ni nguna base marítima. Cuando en el año 338 capituló Anzio, los romanos destruyeron su flota, menos los rostra, que transportaron a Roma y depositaron en el foro; en el año 311 se creó un nuevo cargo, el de
los duouiri nauales, cuya finalidad era vigilar la construcción y reparación de las naves,
Page No 3
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
[-2 3-]
El tratado romano-cartaginés del año 348 defendía en realidad, como
han visto Kovaliov 2 y otros autores, los intereses mercantiles de la antigua
aliada de Roma, Marsella, que ya había tenido encuentros con los cartagineses
muchos años antes 3 en las costas levantinas, donde florecían importantes
colonias masaliotas como y 4.
Un siglo más tarde (–), la Península vuelve a figurar en un tratado
entre Roma y Cartago, el del Ebro 5. Probablemente Roma en esta fecha
pero esta función fue suprimida inmediatamente; gran parte de la improvisada tripulación que venció a los cartagineses en Mylae (año 260) se adiestró, mientras se construía la flota,
en tierra firme, todo lo cual prueba que, en la fecha del se gundo tratado romano cartaginés, Roma era refractaria a utilizar el mar en empresas comerciales o guerreras. Cf. S. L. Kova-
liov Storia di Roma, Roma, 1955, 127, 130 s.,
193; T. Mommsen, Historia de Roma I, Ma- drid, 1957, 583; Stella, Italia antica sul mare , Milán, 1930, passim. L. Pareti, Storia di Roma, Turín
1952, 562 s. cree, por el contrario, que el tratado es una prueba de que Roma es una potencia marinera y comercial no despreciable; desde luego, las excavaciones de
Ostia (Not. Sc. 1923, 178; R. Meiggs, Roman Ostia, Oxford, 1960, 20 ss.) han demostrado que la ciudad en el s. IV a. J. C. alcanzó un desarrollo importante. A. García y Bellido,
Hispania Graeca, I 238 s., al estudiar este tratado, no se plantea, preocupado por otros problemas, la posibilidad de que Roma visitara las costas ibéricas; P. Bosch Gimpera, Es- paña Romana (Hist. Esp.) , Madrid, 1935, 611, admite que los romanos no tenían intereses propios en España, y si sólo los aliados. El primer tratado romano-cartaginés, del año 508 a.
J. C., no cita a Hispania. Cf. A. García y Bellido o. c. 211; R. A. Beaumont, The Date of the First Treaty between Rome and Carthage, en Journ. Rom. St. XXIX 1939, 74 ss.; P. Roma- nelli, Storia delle province romane dell'Africa, Roma,. 1959, 1 ss.; P. Bosch Gimpera, o. c. 35 ss.; L. Pareti, o. c. I 330 ss.; A. Schulten, Anc. Cambr. History VII 859 ss.; Font. Hisp. Ant. II 65. Sobre la interpretación de este tratado, cf. la recientemente propuesta por A. Blanco, que aparecerá en las Actas del II Congreso Español de Estudios Clásicos ; H. H. Scullard, A History of the Roman World 753-146 B.C. , Londres, 1951, 425 s.; A. Aymard, Les deux premiers traitées entre Rome et Carthage, en Rev. Et. Anc. LIX 1957, 277; M. David, Treaties between Rome and Carthage, en Symbolae Van Oven , Leiden, 1946, 231 ss.; F. R. Kramer, Massilian Diplomacy before the Second Punic War, en Am. Journ. Phil. LXIX 1948 1 ss.; W. Hoffmann, Die römische Kriegserklär ung an Karthago im Jahre 218, en Rhein. Mus. XCIV 1951, 69 ss.; F. M. Heichelheim, New Evidence on the Ebro Treaty, en Historia III 1954, 211 ss.; H. H. Scullard, Rome's Declaration of War on Carthage in 218 B.C., en Rhein. Mus. XCV 1952, 209 ss.; G. Nemi, Le relazioni con Marsiglia nella politica estera romana, en Riv. St. Lig. XXIV 1958, 60 ss.
2 O. c. 124; J. Caro Baroja, España primitiva y romana, Barcelona, 1957, 81.
3 A. García y Bellido, o. c. 213 ss.; P. Bosch Gimpera, Una guerra entre cartagineses y griegos en España. La ignorada batalla de Artemision, en Cuad. Hist. Prim. V 1950, 43 ss. J. M. Blázquez, Semitas, etruscos y tartesios en Occidente (en prensa).
4 A. García y Bellido, o. c. I 164 ss., II 51 ss.. 58 ss. H. H. Scullard (libro c.) cree que por el tratado del Ebro se pierden definitivamente estas tres colonias.
5 El tratado del Ebro y el ataque a Sagunto han motivado últimamente importantes estudios (cf. L. Pareti, o. c. II 247 s., que cree que la zona Mastia-Ebro era de acción común púnico-romana; J. Vallejo, Tito-Limo. Libro XXI, Madrid, 1946, XI ss.; Cuestiones hispáni- cas en las fuentes griegas y latinas, en Emerita XI 1943, 142 ss. y XII 1944, 359 ss.; J. Carcopino, Les étapes de l'impérialisme romain, Paris, 1961, 19 ss.; Le traite d'Hasdrubal et la responsabilité de la deuxième guerre punique, en Rev. Et. Anc. LV 1953, 258 ss. que, en una tesis extraordinariamente audaz y sugestiva, propone que el Hiberus citado en el trata-
Page No 4
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
tampoco había establecido directamente relaciones económicas o de tipo po-
lítico con [-3 4-] los pueblos hispanos situados al N. de dicho río 6, pero se
proponía, además de seguir favoreciendo a su aliada Marsella 7, que contaba
en la costa catalana con una cabeza de puente tan importante como Ampurias,
poner un límite a la expansión cartaginesa en Hispania (como indica Apia no,
Ib. 6), que Roma misma había autorizado, al admitir de A mílcar, en el año
231, la excusa de que las conquistas en la Península eran motivadas por la
necesidad de pagar la indemnización de guerra de la primera guerra púnica,
fijada en 3.200 talentos (Pol. I 62,8-9) a entregar en diez años 8. La causa que
motivó la embajada romana a Amílcar indica [ -4 5-] claramente que hasta
esa fecha los romanos no tenían intereses directos en Hispania, ya que la
reclamación se funda en que los cartagineses habían pasado las fronteras de
influencia de Marsella; lo mismo se deduce de otra embajada que por estos
años (Ap. l. c.) enviaron los griegos de Hispania a Roma 9. Los intereses de
do del año 226 a. J. C. sea el Júcar; P. Pédech, en Rev. Et. Gr. (LXXI 1958, 442 ss.; A. Piganiol, Rev. Hist. CCXIX 1958, 108; H. H. Scullard, Roman Politics 220-150 B. C., Ox- ford, 1951. 40; B. Hallward, Cambridge Ancient History VIII 28 ss.).
6 E. Badian, Foreign Clientelae (264-70 B. C.) , Oxford, 1956, 48 cree que «the detail of Roman interest in Spain is very obscure». Según este autor «Rome, in 231, had no cli- ents or interests in Spain».
7 La confirmación de esta tesis es un texto extraordinariamente importante: Sósilo, el maes- tro de Aníbal, refiere en su biografía de este general cartaginés una victoria naval que en el año 217 los romanos, ayudados por los masaliotas, ganaron en la desembocadura del Ebro a la flota
cartaginesa. Sósilo atribuye la victoria a la participación en la lucha de la escuadra masaliota
(Font. Hisp. Ant. III 62 s.; Hermes XLI 1906, 103 ss.; XLII 1907, 516 ss.; Kramer o. c.). Diver- sos aspectos de la guerra naval en Hispania y de los problemas de aprovisionamiento han sido
tratados en J. H. Thiel, Studies on the History of Roman Sea Power in Republicam Times , Ams- terdam 1946, passim. El apoyo decidido de Marsella a Roma en la segunda guerra púnica lo afirma Polibio III 95:
. Cf. T. Mommsen, o. c. 630 s.
8 Se ignora cuándo perdieron los cartagineses sus posesiones hispanas, que Amílcar tuvo que reconquistar. Bosch Gimpera, o. c. 5 piensa que pudo ser entre los años 264 y 237 y que una confirmación arqueológica serían los famosos relieves de guerreros de Osuna con
escudos de La Tène II; Schulten ( Font. Hisp. Ant. II 71) sitúa los hechos hacia el año 340. H. H. Scullard, por el contrario, cree ( A History of the Roman World 753-146 B. C. , 178) que las causas, la fecha y la extensión de la disminución del poder púnico en España son
inciertas, y sugiere que podía estar Marsella implicada en el asunto. Debió de ser antes de la
revuelta de los mercenarios en África (241-238), que vino motivada por la falta de pago a
las tropas. Pericot, La España primitiva, Barcelona, 1950, 282 propone una fecha alrededor del año 300. Sobre las intenciones de los Bárquidas al reconquistar la Península, cf. C.
Viñas, Apuntes sobre Historia social y económica de España, en Arbor XLIII 1959, 49 s.; S. Montero Díaz, De Calicles a Trajano , Madrid, 1948, 58 ss.; J. Maluquer, El proceso histórico de las primitivas poblaciones peninsulares, Salamanca, 1955, 39 s.
9 M. Almagro, Las fuentes escritas referentes a Ampurias , Barcelona, 1951, 29 ss. Este autor se Inclina a admitir que la causa de la segunda guerra púnica r ecae sobre Roma. Cf. también Ampurias XI-XII 1949-1950, 163 ss. La situación que se planteó a Roma con esta embajada fue gemela a la surgida en el año 201, cuando se presentó al Senado una emba-
Page No 5
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
Marsella en el «tratado del Ebro» quedaban muy dañados, pero es muy pro-
bable que para esta fecha ya Amílcar hubiera conquistado las tres colonias
masaliotas mencionadas, como sugiere Almagro, y hubiera llegado al Ebro 10;
ante la amenaza gala 11, que dio lugar a la guerra un año después, Roma no
disponía de otra posibilidad que aceptar un tratado desventajoso para su aliada
Marsella que significaba, con respecto al del año 348, una pérdida de gran
parte del territorio de influencia.
Roma interviene por vez primera directamente en Hispania al apoyar
al partido filorromano en Sagunto, intervención [ -5 6-] que, según ha de-
mostrado el penetrante análisis de Carcopino 12, no puede ser anterior al
221-220. Heichelheim 13, apoyado en la cronología de la influencia de las
monedas de Marsella y de Roma sobre las saguntinas, y Scullard 14, por
razones de diplomacia, se inclinan también a admitir que esta alianza no es
anterior al tratado del Ebro. Roma en este momento, e incluso antes como
sugiere Pareti 15, había caído en la cuenta de que el peligro para ella no era
Cartago, sino la política imperialista que los Bárquidas desarrollaban en
Hispania, y por ello intenta frenar directamente el avance cartaginés y obs-
taculizarlo por todos los medios.
Al ataque frontal de Aníbal a Italia, Roma responde con una maniobra
habilísima que indica que había comprendido perfectamente la importancia
y participación que la Península en este momento tiene: proporciona merce-
jada de Rodas, de Pérgamo y de los etolios (Pol. XVI 24,31; L,iv. XXXI 2,1-2; Ap. Mac. 4) en demanda de socorro contra Filipo V y otra de los egipcios contra Antioco III. La deci-
sión era de extraordinaria importancia, pues la inferencia en los asunto,s orientales signifi-
caba una etapa nueva en. la política externa de Roma. También Scullard, A History, 180 ss. se inclina por esta tesis; y G. de Sanctis, Storia dei Romani , Turín, 1917, III 1,2 ss. (cf. también G. Giannelli, La Repubblica Romana, Milán, 1955, passim).
10 L. Pareti o. c. 243 ss.
11 L. Pareti o. c. II 246 y 248 ss. De Polibio (II 13,5; 22,9-11) se deduce que el tratado se firmó cuando era inminente el ataque galo.
12 Lib. c. 28 s.
13 O. c. 211. Sobre las acuñaciones sa guntinas, cf. A. Beltrán, Curso de Numismática , Cartagena, 1950, 332 s.; M. Pérez Alcorta, Las monedas antiguas de Sa gunto, en Num. Hisp. IV 1956, 165 ss.
14 Cambridge Ancient History VIII 28, n. 1. Sobre la alianza Roma Sa gunto, cf. A. To- var, España en la obra de Tito Livio, en Quaderni dell'Istituto Itali ano di Cultura in Spagna, VII, Madrid, 1943. El objeto más antiguo encontrado en la Península que acusa influencia romana, salvo las monedas saguntinas con la cabeza de Roma, que A. Beltrán
considera de cronología confusa, es un disco de barro con el tema de la loba y los gemelos
hallado en la necrópolis ibérica del Cabecico del Tesoro, Verdolay (G. Nieto, Noticia de las
excavaciones realizadas en la necrópolis hispánica del Cabecico del Tesoro, en Bol. Sem. Arte Arq. VI 1939-1940, 28 ss.), que puede remontarse a prototipos monetales campanos fechados hacia el año 300 a. J. C. (J. M. Blázquez Molde de barro con el tema de la loba y
los gemelos, en Zephyrus XI, 1960, 258 s.).
15 O. c. II 248.
Page No 6
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
narios 16, dinero para pagarlos (Pol. X 8,1 ss.; Ap. Ib. 19 y 23 ; Oros. IV
18,1; Plin. NH. XXXIII 96), bases navales, elementos [ -6 7-] para la in-
dustria de construcción naval (Liv. XXII 20, XXVI 47) y el espíritu de cau-
dillaje militar de la clientela hispánica 17. La maniobra que consistió en lle-
var la guerra a la Península para cortar las bases de aprovisionamiento de
hombres, dinero y material del ejército expedicionario, había tenido un pre-
cedente en la expedición del año 256, cuando los cónsules Manlio Vulsón y
M. Atilio Régulo condujeron a África 40.000 infantes y trasladaron la gue-
rra al propio territorio de Cartago 18. Las dos nuevas expediciones a Italia
que partieron de acá; la de Asdrúbal y la de Mag ón, prueban bien clara-
mente la extraordinaria importancia que la Península tenía para el ejército de
Aníbal; el hund imiento de éste en Italia y la pérdida de la segunda guerra
púnica en realidad se deciden en España. La presencia de tropas romanas en
la Península 19 no obedece al imperialismo romano de c onquista, sino a la
necesidad de quitar las bases de sustentación al ejército expedicionario car-
taginés 20, bases que quedaron definitivamente en poder de [ -7 8-] Roma
con la conquista 21 de Carthago Nova (‰). La caída de la gran ciudad
16 A. García y Bellido, Fenicios y cartagineses en Occidente , Madrid, 1942, 133 ss.; España protohistórica (Historia de España) , Madrid, 1952, 654 ss.; La Península Ibérica en los comienzos de su Historia , Madrid, 1953, 317 ss.; C. Griffith, The Mercenaries of the Hellenistic World , Cambridge, 1935, 195, 207 ss., 219, 225 ss., 312.
17 J. M. Blázquez, El legado indoeuropeo en la Hispania romana, en Primer Sympo- sium de Prehistoria de la Península Ibérica , Pamplona, 1960, 310 s.; F. Rodríguez Adra- dos, La «fides» ibérica, en Emerita XIV 1946, 123 ss.; J. Ramos Loscertales, La «devotio» ibérica, en An. Hist. Der. Esp. I 1924, 3 ss.
18 L. Pareti, o. c. II 1,32 ss.; Kovaliov, o. c. 195 ss. La expedición fue repetida dos años después.
19 En los últimos años han aparecido varios artículos que estudian diversos aspectos de los primeros momentos de la romanización. A. Castillo La Costa Brava en la Antigüedad,
en Ampurias I 1939, 186 ss.; F. Rodríguez Adrados, Las rivalidades de las tribus del Nor- deste español y la conquista romana, en Est. Men. Pid. I 563 ss.; A. Ba lil, Al gunos •aspectos del proceso de la romanización de Cataluña, en Ampurias XVII-XVIII 1955- 3956, 39 ss.; Triviño, Indíbil, un reyezuelo ibérico en la encrucijada de dos imperialismos, en Cuad. Hist, Esp. XXIII-XXIV, 1955, 268 ss.
20 Tal es la tesis de Albertini, Les divisions admmistratives de l'Espagne romaine, Pa- ris, 1923, cap. II, que creemos la más aceptable. Bosch Gimpera, por el contrario, cree (o. c. 41 s.) que los romanos vinieron «a España con hondo y viejo deseo de anexión» y que «los
tratados romano-púnicos, que arrancan de fecha tan lejana, significan, en cierto modo, un
forcejeo entre las dos potencias rivales que se disputan el suelo peninsular». Es muy proba-
ble que, una vez que los romanos hicieron las primeras campañas, pensasen en permanecer
en la Península,, pues desde el año 238 a. J. C. se habían apoderado de Cerdeña y Córcega
que diez años más tarde habían sido convertidas en provincias (Pareti, o. c. II 208 ss.).
21 Se conoce la historia de Carthago Nova en sus más variados aspectos, como la de ninguna ciudad hispana, gracias a un conjunto de muchos y excelentes estudios monográfi- cos de A. Beltrán, Acuñaciones púnicas de Cartagena, en Congr. Arq. Sudest. 1948, 224 ss.; Hallazgo de una estatua romana en Cartagena, en Congr. Arq. Sudest . 1948, 265 ss.; Los monumentos romanos de Cartagena según sus series de monedas y lápidas romanas, en
Congr. Arq. Sudest. 1946, 306 ; Cuestiones sobre las acuñaciones ibéricas en relación con
Page No 7
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
significaba la pérdida para los cartagineses de la mejor base naval en Hispa-
nia (Pol. X 7) y de las vecinas minas de plata y explotaciones de esparto, tan
necesarios ambos para sustentar al ejército y la escuadra. De hecho Aníbal
en Italia, después de la caída de Carthago Nova y de la derrota de su her-
mano en Metauro, prácticamente, se mantiene a la defensiva. Para L. Homo
22, la conquista de España es un simple episodio de las guerras púnicas moti-
vado por razones políticas y militares, no ec onómicas.
[-8 9-]
Inmediatamente después de la batalla de Hipa (año 207 ó 206), Roma
piensa ya en permanecer en la Península, como se deduce claramente del
hecho de que el Senado confiara a Escipión el encargo de arreglar los asun-
tos de Hispania (Zonaras IX 10; Pol. XI 33) y de que se enviaran, a partir de
este momento, magistrados anuales a los pueblos de la Península para go-
bernarlos y mantenerlos en paz (Ap. Ib. 37); Cornelio Léntulo y Manlio
Acidino (Liv, XXVII 38; Fasti 79,138) aparecen ya como tales desde el año
siguiente (…). El historiador griego Apiano puntualiza que la costumbre de
enviar estos gobernantes comenzó entonces. La Península se convierte,
pues, en una colonia de explotación, como lo prueba que el año 206 princi-
pia la conquista de Andalucía, cuyo objetivo principal eran las ricas minas
de plata de Cástulo (Liv. XXVIII 19), y que, al volver a Roma triunfante P.
Escipión, aportó al erario 14.342 libras (más de 4.000 Kg.) de plata sin acu-
ñar, junto con gran cantidad de metal acuñado (Liv. XXVIII 38). Apiano
(Ib. 37), a su vez, afirma que llevó gran número de cautivos, dinero, armas y
despojos 23.
El Senado romano nunca pensó en abandonar el territorio conquistado
en la Península, como se deduce de la presencia continua de varias legiones.
La reducción de éstas se interpreta en el sentido de que su intención, por el
momento, era mantener lo adquirido.
El mismo año de la entrega de Cádiz, al finalizar el año 206, las legio-
nes fueron disminuidas de cuatro a dos (Liv. XXIX 2,9; Ap. Ib. 38); en el
Cartagena, en Congr. Arq. Sudest . 1949, 223 ss.; Monedas de personajes pompeyanos en relación con Cartagena, en Congr. Arq. Nac . 1950, 236 ss.; Epigrafía de Cartagena, en Congr. Arq. Nac. 1945, 280 ss.; Las teorías de M. Grant sobre las monedas de Cartagena y otras españolas, en Congr. Arq. Nac. 1945, 291 ss.; Acerca de los nombres de Cartagena en la Edad Antigua, en Arch. Preh. Lev . II 1945, 299 ss.; Acuñaciones púnicas de plata de Cartagena, en Congr. Arq. Sudest ... 1947, 224 ss.; Las inscripciones funerarias de Carta- gena, en Arch. Esp. Arq . XXIII 1950, 385 ss.; El plano arqueológico de Cartagena, ibid. XXV 1952, 47 ss.; Nueva interpretación de los textos sobre la conquista de Cartagena de
Escipión, en Saitabi V 1947, 139 ss.; El ara romana del Museo de Barcelona y su relación con el culto de la Salud y Esculapio en Carthago Nova, en Ampurias IX-X, 1947-1948, 213 ss.; El culto de la Salud y sus representaciones en Elche y Cartagena, en Congr. Arq. Su- dest. 1949, 205 ss.
22 L'Italie primitive et les débuts de l'impérialisme romain , Paris, 1925, 374.
23 Escipión echó las bases fundamentales de la administración y defensa de España; cf. Pareti, o. c. II 470 ss. : E. Badian, o. c. 116 ss.
Page No 8
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
año siguiente (…), quedaron reducidas nuevamente a una, con refuerzos de
quince cohortes de socios (Liv. XXX 4,5). En el 198, cada pretor sólo con-
taba con 8.000 infantes y 400 aliados, exclusivamente socios.
La decisión del Senado de mantenerse en Hispania fue clara, decidida
y constante. Ni siquiera en los momentos [ -9 10-] de más angustia en Ita-
lia, durante la segunda guerra púnica, pensó dicho organismo en replegarse
de la Península; así, después del desastre de Cannas, envía inmediatamente
refuerzos hacia aquí (Val. Max. III 7,10). Esta voluntad continuó idéntica
cuando, pasado el peligro cartaginés, La lucha contra los indígenas alcan-
zaba una duración y una ferocidad desconocidas hasta la fecha. Continua-
mente llegaban tropas de Italia. En el año 196, después del aniquilamiento
del ejército de C. Sempronio Tuditano y de la muerte del pretor (Liv.
XXXIII 25,8-9), se concedió a A. Fabio Buteo y a Q. Minucio Termo una
legión de cerca de 9.600 hombres a cada uno; además, se añadieron cuatro
mil infantes y trescientos jinetes aliados también a cada uno, es decir, que
cada pretor disponía de unos 15.000 hombres. En el año 195, ante el volu-
men que había alcanzado la guerra en Hispania (Liv. XXXIII 43,2), el Se-
nado decretó que era necesaria la presencia de un cónsul y de un ejército
consular. La Península tocó en suerte a Catón, quien trajo consigo dos le-
giones, con 15.000 aliados (un total de 26.400 hombres) y veinte naves;
operaban también en Hispania dos legiones antiguas aumentadas en 2.200
hombres; y por lo tanto, el número de sus efectivos se elevaba a 13.000 sol-
dados, que se asignaron a P. Manlio y a A. Claudio Nerón. En este año
Roma contaba, pues, con 52.000 combatientes en la Península, sin contar el
personal empleado en la escuadra; una cifra tan elevada de militares indica
claramente el enorme interés que el Senado había puesto en los asuntos his-
pánicos. El licenciamiento de las legiones que Catón trajo consigo (Liv.
XXXIV 46,2; Plut. Cat. M. XI 4) señala nuevamente que la intención sena-
torial era mantener el territorio pacificado y que la progresiva conquista de
Hispania obedeció a la conducta belicosa de las tribus indígenas, que obligó a
los romanos a ensanchar continuamente la zona de influencia. Para el bienio
de mando siguiente, a C. Flaminio y a L. E milio Paulo se les enviaron 3.300
hombres a cada uno (Liv, XXXVI.2,8-9; XXXVII 2); y en años [-10 11-]
sucesivos vienen L. Bebio con 7.250 hombres y P. Hipseo con 3.200 en 189
(Liv. XXXVII 50,11); L. Manlio Acidino y C. Atinio en 188-187 con 3.200
cada uno (Liv. XXXVIII 35,10; 36,3); en 186, ante la actitud combativa de
lusitanos y celtiberos, L. Quincio Crispino y C. Calpurnio Pisón con 24.000
en conjunto (Liv. XXXIX 8,2; 20,3; 21,4-5); en este año cada uno de los
pretores disponía de una legión con efectivos doblados, un total para las dos
provincias de 40.000 hombres, ejército tan numeroso como el mandado por
Catón y Escipión el Africano. La voluntad del Senado de mantener a toda
costa pacificadas las provincias hispanas queda bien patente en el hecho de
que, a pesar de la derrota de lusitanos y celtíberos, decidió mantener en la
Península las fuerzas vencedoras, repartidas en cuatro legiones completadas
Page No 9
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
con 9.800 nuevos elementos, de modo que los efectivos totales alcanzaron la
cifra de 40.000 hombres (Liv. XXXIX 38,3-11). En estos años el Senado,
aleccionado por la experiencia, había cambiado ya de táctica con respecto a
Hispania y no redujo el ejército de ocupación, como había decretado des-
pués de la marcha de Escipión el Africano y de Catón; al contrario, en los
años siguientes permite a los pretores traer nuevos contingentes de tropas de
Italia, lo que parece señalar planes de anexionar nuevos territorios; así, a los
pretores de los años 182-181, Q. Fulvio Flaco y P. Manlio, se les asignan
11.500 hombres de complemento al principio del año 182 (Liv. XL 16,7) y
11.600 al comienzo del año siguiente; según noticia transmitida por Livio,
las cuatro legiones comprendían un total de 45.000 hombres, lo que prueba
que el imperialismo de conquista dominaba los planes del Senado; lo mismo
se desprende de la decisión adoptada, ante los informes enviados a Roma
por el pretor de la Citerior, Q. Fulvio Flaco, de licenciar las tropas, una vez
que la Celtiberia estaba pacificada, y de enviar a F. Sempronio Graco con
12.950 hombres para completar las dos legiones, licenciando a los soldados
más veteranos [ -11 12-] y reduciendo los efectivos del ejército (Liv. XL
35,3-10) en la Citerior a 22.000 hombres 24.
El ejército de ocupación pronto comprendió la dureza de la guerra; ya en
el año 206, al conocer el ejército de 8.000 hombres la noticia de la enfermedad
de Escipión y con pretexto de que se les difería el pago de los estipendios, se
sublevó y expulsó a los tribunos (Zon. IX 10). Después de llevar unos treinta y
cinco años en continuas luchas 25, comenzó a dar señales de fatiga en el año
24 A pesar de todos estos datos que señalan la constante y firme decisión del Senado de mantenerse en la Península y ampliar el territorio pacificado, al gunas veces se negó a per- mitir levas en Italia, como cuando al nuevo pretor de la Citerior (193-192 a. J. C.), C. Fla-
minio, no se le concedió una nueva legión que sustituyese a la deshecha y desmoronada
moralmente, heredada de Digitio, y sólo se le permitió hacer nuevos reclutamientos fuera
de Italia (Liv. XXXV 2,1-8). La negativa del año 172 a. J. C. (Liv. XLII 10,13) tiene su explicación en la inminencia de la guerra contra Perseo; a pesar de ello, después de mucho
importunar al Senado, los pretores M. Junio y Esp. Lucrecio lograron nuevos refuerzos para
el ejército.
25 Las bajas del ejército romano en la época que estudiamos debieron de ser muy eleva- das: año 211, desastre de los Escipiones y de parte de su contingente (Eutropio III 14. sin embargo, escribe que el ejército permaneció íntegro); 206, 1.200 romanos muertos y más de
3.000 heridos (Liv. XXV III 34; Ap. Ib. 37) en un encuentro contra los ilergetes; el mismo año perecen 800 romanos en la batalla de Carmona (Ap. Ib. 27): 197, el ejército de C. Sem- pronio Tuditano fue arrollado y disperso (Liv. XXXIII 25,8); 194, Publio Digitio pierde casi todo el ejército (Oros. IV 20,1G); 190, L. Em ilio, cerca de la ciudad de Lycon, en lucha con los bastetanos, pierde 6.000 hombres (Liv. XXXVII 46), la misma cifra que los muer- tos romanos en Ausculum (Plut. Pirro XXI 10); 189, Lucio Bebio, mientras se dirigía a Hispania, es asaltado por los ligures y matado con todo el ejército (Oros. IV 20,24; Liv.
XXXIII 57); 186-185, los dos ejércitos romanos, que se habían unido, fueron desbaratados y encerrados en los campamentos y perdieron hasta 5.000 hombres, incluidas las bajas de
los aliados (Liv. XXXIX 29); 182, muchos romanos cayeron muertos y heridos (Liv. XL 16). Ante estas cifras las bajas romanas de las grandes batallas de Grecia y el Oriente son
Page No 10
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
184. Livio ( XXXIX 38) cuenta los deseos de los soldados de [ -12 13-]
abandonar la Península; y cuatro años más tarde se repite la resistencia de la
tropa, cansada por tantas guerras, a permanecer en Hispania (Liv. XL 35), a pe-
sar de que los ingresos que se obtenían del saqueo de los campamentos eran
elevados (Liv. XXI 60; XXXI 16,3; XXXIV 43; XL 16,49-50; Pol. III 76; X 12).
Catón, al llegar a la Península, lo primero que hizo fue un reparto:
(Plut. Cat. X 4). Ya para estas fechas se conocía perfectamente lo que sig-
nificaba el mando en Hispania, y el venir aquí a gobernar lo esquivaban por
todos los medios las clases dirigentes de Roma, como sucedió en el ano 176,
cuando M. Cornelio y P. Licinio Craso (Liv. XLI 15,5) se excusaron de ve-
nir alegando que los sacrificios solemnes se lo impedían.
Ya a la muerte de los Escipiones, si se cree a Livio (XXXVI 18,4), no
se presentó ningún candidato a sustituir a los dos generales muertos, hasta
que finalmente solicitó el mando del ejército P. Cornelio. Es fundamental
para nuestro intento conocer el juicio que los historiadores romanos emitie-
ron sobre las guerras hispánicas de este período. Basten unos pocos testimo-
nios, Livio (XXVIII 12) considera a España mejor preparada para renovar la
guerra que Italia y que el resto del mundo por el carácter de sus hombres y
de su suelo; Floro (I 22,38) da a la Península el calificativo de belicosa y la
juzga famosa por sus armas y maestra de Aníbal. Los habitantes de. Roma
se habían hecho a la idea de que las guerras hispánicas eran endémicas; así
lo asegura Livio (XXXIII 44,4) en un párrafo referente al año 196; Orosio
(IV 20,19) califica las guerras que sostuvieron los pretores Flaminio y Ful-
vio en el año 193 como muy duras y crueles para ambos pueblos. Según el
testimonio de Catón, transmitido por Livio ( XXXIV 18), las guerras hispá-
nicas, después de la retirada de los cartagineses, [ -13 14-] fueron más fero-
ces que antes, pues los indígenas luchaban por su libertad.
Esta voluntad firme del Senado de mantenerse en la Península y am-
pliar el territorio conquistado obedecía no sólo al imperialismo de conquista
que dominaba a Roma en este período 26, sino principalmente al hecho de
que Hispania estaba contribuyendo de una manera callada, pero eficaz, a la.
formación y desarrollo del capitalismo romano, no sólo con grandes contri-
buciones en metálico, sino también en material humano. Roma contaba con
el ejemplo de lo que significó Hispania en este aspecto para los Bárquidas
pero, desde las primeras campañas, ella personalmente experimentó en be-
insignificantes: 700 romanos muertos en Cinoscéfalas (Pol. XV III 27,6) y 349 en Magne- sia.
26 Esta etapa hispana que estudiamos coincide con la segunda y tercera guerra macedó- nica, la «liberación» de Grecia y la guerra contra Antíoco ( cf. L. Pareti, o. c. II 563-762; M. Cary, A History of the Greek World 323-146 B. C. , Londres, 1959, 189 ss.; S. Montero Díaz, o. c. 63 ss., Historia Antigua y Media. Conceptos fundamentales, Madrid, 1943, 52).
Page No 11
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
neficio propio las fabulosas posibilidades que el capitalismo romano poseía
en estas tierras.
Con la toma de Carthago Nova, Escipión se apoderó de 276 páteras de
oro, casi todas de una libra de peso; 18.300 libras de plata acuñada; vasos
del mismo metal en gran número 27; 40.000 modios de trigo y 270 de ce-
bada; naves con [ -14 15-] su cargamento, trigo y armas, además de cobre,
hierro, telas, esparto y otros materiales (Liv. XXVI 47,7). Es de suponer que
el capitalismo romano mantuvo en explotación las ricas minas de plata de
las cercanías de Carthago Nova 28, que, en la época en que Polibio las visitó
rentaban al pueblo romano 25.000 dracmas diarias y en las cuales trabajaban
40.000 obreros (Estr. III 2,10); y también la mina de Baebelo. que producía
a Aníbal trescientas libras de plata diarias (Plin. NH. XXXIII 96). Esta
aportación monetaria y de víveres debió de ser extraordinariamente esti-
mada en Roma, porque precisamente este mismo año de la toma de Tarento
se agotaron las últimas reservas del tesoro 29, que ya se encontraba desde
varios años antes muy mermado, pues los prisioneros de la batalla de Can-
nas no habían podido ser rescatados por falta de dinero (Liv. XXII 58 s.;
Pol. VI 58 ; Ap. An. XXVIII; Zon. IX 2). Un año antes de capturar Escipión
en Carthago Nova los víveres citados, Roma se había visto obligada a soli-
citarlos de Tolomeo IV Filopator. Escipión, al volver a Roma, llevó consigo
la cantidad arriba expresada, que excitaría la codicia de los romanos y afian-
zaría al Senado en su decisión de mantenerse en la Península. A partir de
esta fecha, continuamente llegan a Roma nuevas cantidades elevadas que
fomentan el capitalismo romano. Los datos han sido conservados por Livio:
43.000 libras de plata y 2.450 de oro llevó Léntulo en el año 200 ( XXXI
20,7); y su colega Acidino, 1.200 libras de plata y 30 de oro ( XXXII 7,4);
27 Las vasijas de plata eran muy abundantes; en la boda de Viriato se exhibieron gran número de ellas (Diod. XXXIII 7). Posidonio alude a los vasos de plata de Hispania (Estr. XIII 1,67) y Plinio ( NH. XXXIII 145) habla de platos argénteos de 500 libras de peso. Es- cipión, en el cerco de Numancia, prohibió a sus oficiales retener vasos de plata que pesaran
más de dos libras (Plut. Ap. reg. 16; Lucil. 1318). La tipología de estas va jillas y joyas es conocida a través de los tesoros de Tivisa, Chao de Lamas, Jávea, Lebrija, Menjíbar, Mo- gón, Salvacañete, Alcudia (Granada), Perotitos, Driebes, Torre de Juan Abad, etc. Cf. F. Álvarez Osorio, Tesoros españoles antiguos en el Museo Arqueológico Nacional , Madrid, 1954, láms. X ss.; J. Serra Ráfols, El poblado ibérico del Castellet de Banyoles (Tivisa-
Bajo Ebro), en Ampurias III 1941, 15 ss.; J. San Valero, El tesoro preimperial de plata de Driebes (Guadalajara), Madrid, 1945; J. Martínez Santa-Olalla Una va jilla ibérica de plata del país de los mastienos, en Inv. Progr. VIII, 1954, 163 ss.; A. Blanco, Cabeza de un cas- tro del Narla, en Cuad. Est. Gall. XXXIV, 1956, 159 ss.; Origen y relaciones de la orfebre- ría castreña, en Cuad. Est. Gall. XII 1957, 267 ss.; J. Maluquer, España prerromana (His- toria de España), Madrid, 1954, 113 ss., 370 con toda la bibliografía.
28 A. Beltrán, Las minas romanas de la región de Cartagena, en Mem. Mus. Arq. Prov. V 1945, 201 ss.
29 T. Mommsen, o. c. (en n. 1) 716 ss. Algo alivió la caótica situación financiera la toma por Marcelo de Siracusa (211), en la que se recogieron riquezas que ni en la misma Cartago se podrían hallar (Liv. XXV 31,11).
Page No 12
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
1.515 libras de oro, 20.000 de plata y 34.500 de plata acuñada, Cornelio
Blasio en el año [ -15 16-] 198; y su colega L. Estertinio, 50.000 libras de
plata (XXXIII 27,2), cantidad que sería el producto del saqueo y de tributos,
pues no hubo guerras en ese año, lo cual explicaría la sublevación del 197;
14.732 libras de plata, 17.023 acuñadas con la biga y 27.000 de argentum
oscense, que aparece este año 30 por vez primera (XXXIV 10,4), el goberna-
dor de la Ulterior M. Helvio en el año 195; y su colega Q. Minucio, 34.800
libras de plata, 73.000 con la biga y 278.000 de argentum oscense; 25.000
libras de plata no trabajada, 123.000 con el cuño de la biga, 540 libras de ar-
gentum oscense y 1.400 de oro, el cónsul de la Hispania Citerior Catón
(XXXIV 46,2); 12.000 libras de plata, 130 con la biga y 127 libras de oro, el
pretor de la Hispania Citerior M. Fulvio Nobilior en el año 192 (XXXVI
39,2); 52 coronas de oro 31 y 16.300 de plata, el pretor de la Citerior L.
Manlio en 185, y el cuestor, 10.000 de plata y 80 de oro ( XXXIX 29,6); 83
coronas de oro y 12.000 libras de plata en el año 184 C. Calpurnio Pisón y
L. Quinctio Crispino (XXXIX 42,2); 9.320 libras de plata, 80 de oro y dos
coronas de oro de sesenta y siete libras de peso, Terencio en el año 182 (XL
16,11); 124 coronas de oro, 31 libras de oro y 173.200 piezas de argentum
oscense (XL 43,4), Q. Fulvio Flaco en el año 179; 40.000 libras de plata T.
Graco y 20.000 Albino en el 176 (XLI 7,2); 10.000 libras de plata y 5.000
de oro Ap. Claudio Cento en el 175 (XLI 28,6); diez libras de oro y de plata
hasta un millón de sestercios (XLV 4,1), M. Marcelo en el año 169 32. Otras
[-16 17-] veces las fuentes antiguas hablan simplemente de tributos im-
30 El argentum oscense se refiere a dracmas ibéricas de imitación ampuritana, que co- mienzan hacia el año 250 a. J.C., según demuestra el hallazgo de Puig Castellar, y terminan
en el 180. Cf. A. Beltrán, Curso de Numismática , Cartagena, 1950, 316; Las monedas his- pánicas antiguas, Madrid, 1953, 26; Amorós, o. c. 51 ss.; M. Gómez Moreno, Misceláneas, I, Madrid, 1949, 175 ss.
31 En Hispania se fabricaban coronas monumentales: Claudio llevó una de 7.000 libras de la Hispania Citerior (Plin. NH. XXXIII 54).
32 J. M. Blázquez, Notas a la contribución de la Península Iberia al erario de la Repú- blica Romana, en Trab. Antr. Etn. XVII 1959, 175 ss.; C. Fernández-Chicarro, Laudes Hispaniae, Madrid, 1948, 68 ss.; Amorós, o. c. 52 ss. y 63 ss.; F. Rodríguez Adrados, o. c. 147 ss.; C. Sánchez Albornoz, Proceso de la romanización de España desde los Escipiones
hasta Augusto, en An. Hist. Ant, Med. 1949, 10, n. 23. Estas cantidades aisladas son peque- ñas si se comparan con algunos ingresos que en esta misma etapa tuvo el erario romano
procedentes de otras guerras. Al finalizar la segunda guerra púnica los cartagineses se com-
prometen a pagar 10.000 talentos en el plazo de cincuenta años (Pol. XV 68). La se gunda guerra macedónica termina entregando Filipo V doscientos talentos (Pol. XVIII 67 ss.; Liv.
XXXIII, 11 ss.). El botín obtenido en la tercera guerra macedónica fue tan grande que se perdonaron en Roma los impuestos a los ciudadanos (Pol. XXX 22; Liv. XLV 41). Después
de la batalla de Magnesia, la indemnización de guerra dada por Antíoco III fue de 1.230 colmillos de elefante, 234 coronas de oro, 137.000 libras de plata y 224.000 monedas grie- gas de plata, 140.000 monedas macedónicas de or o y una gran cantidad de objetos de oro y plata (Plut. Em. Paul. XXXIII). La importancia de los ingresos hispanos residen en que eran casi anuales. Otros datos de ingresos de estos años, en A. Aymard - J. Auboyer Roma y su Imperio, Barcelona, 1960, 175 ss.
Page No 13
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
puestos o pagados por los indígenas, sin que se conozca su cuantía (Pol.
XXI 61; Ap. Ib. XXI, XXXIII, XXXVII, XLIV; Liv. XXIX 3, XXXV III
34,12). Sólo se sabe que un tributo impuesto por. T. Graco en el año 179 as-
cendía a 2.400.000 sestercios (Liv. XL 17). El que pagaron los ilergetes en
206 era destinado a pagar el estipendio de los soldados (XXVIII 34). Estas
cifras son las que explican que, a pesar de la continua sangría de hombres
que la ocupación de Hispania significaba, el Senado nunca dudara en retener
la Península; y ellas eran las que le movían a enviar continuos refuerzos de
Italia. Además, prueban que la Península era una auténtica colonia de ex-
plotación y la veracidad del pensamiento que sobre este período histórico
escribió L. Homo 33: que Hispania era la tierra de promisión del capitalismo
romano.
La explotación no se ceñía a llevar continuamente al erario cifras ele-
vadas de oro y plata, que fomentaban la formación [-17 18-] y el desarrollo
de dicho capitalismo, sino que abarcaba los más variados aspectos, entre los
que descuella su. repercusión en Roma. Ya se aludió a que lógicamente las
ricas minas andaluzas y de Carthago Nova, a las que Piganiol 34 llama «les
plus riches mines d'argent du monde ancien», serían explotadas a gran ritmo
desde el primer momento de la conquista para evitar situaciones tan caóticas
corno las descritas al Senado por Cn. Escipión en el año 215 (Liv. XXXIII
48,4), en que el ejército victorioso se encontraba en la indigencia. A.
Schulten (Font. Hisp. Ant. III 170) deduce la explotación de estas minas de
una inscripción que aparece en lingotes de plomo ( CIL II 6247). Posidonio
vio que trabajaban en ellas esclavos indígenas (Diod. V 36-38). Se conocen
otros datos en este sentido. Las explotaciones mineras hispánicas eran tan
famosas en todo el Mediterráneo, que el libro I de los Macabeos (VIII 3) las
presenta como causa de la conquista romana de Hispania. Catón impuso un
gran tributo sobre las minas de hierro y plata (Liv. XXXIV 21). El cónsul
tenía a estas minas, que se encontraban cerca del Ebro, y a una tercera de sal
pura, por muy productivas (Aul. Gel. N.A. III 22,28). La Península también
pagaba contribuciones en especies, principalmente en trigo 35. En este as-
pecto, el tributo ascendía habitualmente al cinco por ciento de la cosecha de
grano, además de las otras contribuciones ; en lugar del trigo se podía cobrar
33 O. c. passim.
34 Histoire de Rome, Paris, 1949, 80; E. Pais, Storia di Roma, Turín, 1931, 212. España es el distrito minero más rico del Imperio en formación y el primero que fue explotado
(Rostovtzeff, Historia social y económica del Imperio romano , Madrid, 1937, 413). Sobre las minas hispanas cf. C. Gossé, Las minas y el arte minero de España en la antigüedad, en
Ampurias IV 1942, 43 ss. Un prototipo de explotación minera de tiempos de la república romana es el poblado estudiado por A. Fernández Avilés, El poblado minero iberorromano
del Cabezo Agudo, en La Unión, en Arch. Esp. Arq. XV 1942, 136 ss.
35 En este punto los romanos, en las provincias de Cerdeña y Sicilia, continuaron el sis- tema cartaginés y siracusano de cobrar la decaía parte de los cereales (cf. L. Pareti, o. c. II 794 s.). El modo de administrar la Península fue diferente del establecido en Sic ilia y Cer- deña.
Page No 14
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
su valor en dinero [ -18 19-], pero según la estimación fijada por los preto-
res (Liv, XLIII 21; Cic. Verr. III 6). Ya en el año 203 Hispania tiene que
proporcionar, para la guerra en África, trigo y capas (Liv. XXX 3,2). Este
mismo año exportó trigo a Roma en tal cantidad, que motivó una enorme
rebaja de precios (Liv. XXX 26,5) ; estas aportaciones en grano eran tanto
mis estimables cuanto que en algunos momentos primeros de la conquista el
ejército de ocupación se vio obligado a importar 36 los víveres de Italia (Liv.
XXII 11,6 y 22). Todavía en el año 180, a través de una noticia transmitida
por Livio en boca de T. Menio y de L. Terencio Masaliota, se sabe que era
costumbre enviar estipendio y provisión de víveres (Liv. XL 35). Otros tri-
butos de guerra exigidos frecuentemente eran de utilidad inmediata, como la
entrega de sagos, tan necesarios para defenderse el ejército de un c lima tan
áspero y duro (Liv. XXXIX 3,5). También hay entregas 37 de túnicas y togas
(Liv. XXIX 3). Las continuas guerras hispánicas favorecieron el capitalismo
romano proporcionando grandes masas de esclavos; éstos figuran entre el
botín tomado al comienzo de la conquista en Cissa (Liv. XXI 60,8); en el
año 212, al liberar los Escipiones a Sagunto del poder cartaginés, sometie-
ron a los turboletas y los vendieron como esclavos (Liv. XXIV 41); después
de la batalla de Baecula ( 208), Escipión vendió por medio del cuestor las
tropas africanas capturadas, mientras que dejó libres a los indígenas (Liv.
XXVII 19,1; Oros. IV 18,7); lo mismo hizo Catón con los vergistanos en el
año 195 (Liv, XXXIV 2); [-19 20-] en el 184, A. Terencio vendió a los
habitantes de Corbión, en la Citerior (Liv. XXXIX 42).
Esclavos figuran entre el botín que Escipión llevó a Roma (Ap. Ib.
38). Estas citas y el derecho de guerra (Pol. X 38, Liv. XXI 15) autorizan a
admitir que la costumbre era, siempre que se hacían prisioneros, venderlos;:
las cifras a este respecto, en los años que aquí se estudian, son bastante ele-
vadas 38.
36 Al comienzo de la conquista, el ejército romano pasó auténtica necesidad de víveres. En el año 215 a. J. C., los dos Escipiones comunicaron al Senado pecuniam in stipendium uestimentaque et frumentum exercitui et sociis naualibus omnia deesse (Liv. XXXIII 48,4).
37 La descripción de esta prenda, que probablemente vistió Escipión el numantino (Plut. Ap. reg. 16), puede verse en Apiano Ib. 42 y A. Schulten Numantia, Munich, 1914, I, 186. Carcopino, lib. c. 224 cree que su origen es galo; aunque ello fuese cierto, las tropas romanas comenzaron a vestirse con ella en Hispania, imitando a los indígenas.
38 L. Escipión en la toma de Orongis cogió «una. inmensa turba de cautivos» en el año 207 (Liv. XXVII 4,1); en el 206 hace prisioneros en el ejército cartaginés (Liv. XXV III 16); en el 203, los romanos apresan a unos cartagineses que reclutaban tropas (Liv. XXX 21,3); en 188-87, Acidino captura 2.000 celtíberos cerca de Calagurris (Liv. XXXIX 21; en el 182, Q. Fulvio Flaco hizo 4.000 prisioneros (Oros. IV 20,31); en el 181, 5.000 celtiberos
prisioneros (Liv. XL 35); en el 180, Fulvio capturó 4.257 celtíberos (Liv. XL 11). Es de
suponer que todos estos prisioneros, como los capturados en tiempo de los dos Escipiones
(en el 214-212, P. Cornelio se apodera de 1.000 soldados del ejército cartaginés que sitia-
ban a Iliturgis; de 3.000 cerca de Munda y poco después de 1.000; Liv. XXI 41), serían
vendidos como esclavos o irían a trabajar a las minas (Diod. V 36-38). Estas cifras de ven-
tas de esclavos son bajas si se las compara con los 10:000 esclavos que se llegaron a vender
Page No 15
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
Las guerras hispánicas fomentaron considerablemente el desarrollo de
la clase dedicada al comercio. Menciones de mercaderes en este período
sólo se conocen dos: una de ellas refiere que los habitantes de Astapa captu-
raron a los [-20 21-] sirvientes de armas y mercaderes desperdigados por el
campo (Liv. XXVIII 22). Pero debían de ser muchos, y sus ingresos muy
lucrativos, ya que ellos eran los que compraban el botín (Ap. Ib. 20), al que
se conocen tantas alusiones en las fuentes, y los esclavos 39; por otra parte,
las relaciones marítimas (Liv. XXII 11,6 y 22) con Italia eran continuas, lo
que también favorecía el comercio y la formación y desarrollo de compañías
navieras, ya que el ejercito romano se vio obligado en los primeros mo-
mentos de la conquista a traer las provisiones de ciudades de Italia como
Ostia (Liv. XXII 11,6 y 22) y Puteoli (Liv. XXXVI 17,2); los mercaderes
eran los que abastecían al ejército de trigo, y Catón los mandó a Roma ale-
gando que la guerra se a limentaba ella misma (Liv. XXXIV 9). La explota-
ción de la Península fue total, continua y despiadada 40, y ello originó las
continuas guerras y sublevaciones hasta la llegada de T. Sempronio Graco,
que, gracias a su política de ecuanimidad, logró que Hispania disfrutase de
veinticinco años de paz. Baste citar dos hechos que confirman la dureza de
la [-21 22-] explotación por parte del capitalismo romano. Al rendirse Ga-
des en el año 206, se estipuló que no residiría en la ciudad un prefecto, cuyo
cometido era obtener dinero; pero no se cumplió esta cláusula hasta que en
el ciño 199 los gaditanos se quejaron a Roma, lo que prueba también el poco
diariamente en Delos o los 150.000 epirotas que en el año 167 vendió Paulo Em ilio (cf. W. Westermann The Slave System of Greek and Roman Antiquity , Philadelphia, 1955, passim). La esclavitud entre la población indígena era frecuente: esclavos se citan en las ciudades de
Cissa y de Salamanca (Pol. VIl 48; V. Bejarano, Fuentes antiguas para la historia de Sala-
manca, en Zephyrus VI 1955, 89 ss.); un esclavo mató a Amílcar por vengar la muerte de su señor, según Justino (XLIV 5,5); Em ilio Paulo concedió la libertad a los esclavos de la Torre Lascutana (D'Ors, Epigrafía jurídica de la España romana , Madrid 1953, 349 ss.; buena reproducción del bronce en Bosch Gimpera, o. c. fig. 64). El hecho que V. Chapot cuenta, referido a los tiempos de Catón ( El mundo romano , Méjico, 1957, 123), de que unos esclavos se envenenaron, o mataron a sus dueños, o hundieron las naves, es del año 141 (Ap. Ib. 77).
39 C. Sánchez Albornoz, Panorama general de la romanización de Hispania, en Rev. Univ. Buenos Aires I 1956, 4 ss.; o. c. (en n. 32) 12 s. Muy probablemente otra gran fuente de ingresos para los comerciantes era el intercambio de productos con los indígenas, como
lo ejecutaban los griegos de Ampurias (Liv, XXXIV 9).
40 Roma empezó pronto a acuñar monedas en plata y bronce con caracteres ibéricos bajo su autoridad y según la metrología romana. Esta acuñación según el patrón romano fue la primera fuera de Italia. Estas monedas servían para pagar los tributos y para el comercio
interior (A. Schulten, Numantia IV 278). Las monedas más antiguas fueron las de Sa gunto y Tarragona, a las que siguieron piezas de gran tamaño, en bronce, de Celsa e Ilerda. Estas
piezas podrían datarse hacia el año 175 a. J. C. (cf. A. Beltrán, Las monedas hispánicas antiguas, Madrid, 1953, 19 s.; Curso de Numismática , 316; Estado actual de la Numismá- tica antigua de España, en Congr. Int. Num. , Paris, 1957, 58). De la primera época es la plata de Ilerda; los denarios dan pesos acomodados a la metrología romana y quizá, por su
peso, sean anteriores al año 207 a. J. C.
Page No 16
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
caso que los romanos hacían de los tratados, como lo vuelve a confirmar la
defección, en el año 197, de las antiguas ciudades fenicias Mal aca y Sexi
(Font. Hisp. Ant. III 175 s.). Hispania provoca 41 la introducción del tribunal
jurado, en el año 171, para los excesos en la provincia (Liv. XLIII 2). Se
trataba de la acción judiciaria contra tres pretores: M. Titinio, de la Citerior
(x-166); P. Furio Filón, igualmente de la Citerior (|-173), y M. Matie-
llo, de la Ulterior ({); patronos de los iberos fueron Catón, Escipión y
Paulo; esta creación indica que, si los excesos eran frecuentes, también hubo
algunos buenos gobernantes de los que los indígenas conservaron buen re-
cuerdo. Los hispanos lograron que las autoridades romanas no fijaran el
precio del trigo y que no se colocaran recaudadores en las ciudades para
cobrar los tributos (Liv. XLIII 2, Val. Max. VIII 7,1).
La Península no sólo contribuye valiosamente a la formación y al de-
sarrollo del capitalismo romano, sino en particular al lucro de la clase
ecuestre, que era la que tomaba en arriendo, como en el resto del Imperio,
las aduanas establecidas con motivo de la creación de las dos provincias en
el año 197; la contribución sobre el trigo, la r ecaudación de los tributos 42 y
la explotación de las minas; de este modo, Hispania contribuye poderosa-
mente al crecimiento y vigor de esta clase capitalista, auténtica oligarquía
[-22 23-] plutocrática, que en estos años se encontraba en período de
formación.
El impacto de la conquista de Hispania no lo sintió sólo el capitalismo
romano, sino que alcanzó hasta a las mismas instituciones civiles y milita-
res, que se vieron obligadas a evolucionar rápidamente. El poder militar su-
fría, al comienzo de la conquista, de la doble traba de la anualidad y de la
colegialidad 43 que la constitución imponía a su ejercicio. Las guerras soste-
nidas en la Península obligaron a cambiar la constitución, pues las operacio-
nes impusieron la permanencia en el mando por más tiempo. Ya al principio
de la conquista de la Península, a la muerte de los Escipiones, se dio un caso
verdaderamente revolucionario para la mentalidad del Senado: el ejército,
reunido en comicios militares sin esperar el envío de nuevos generales de
Roma, entregó el mando supremo a un simple caballero, L. Marcio Séptimo
que, por sus éxitos, arrojo y decisión, se hizo digno de este honor 44. Esta in-
tervención espontánea de los soldados, aunque atenuada por las caóticas cir-
cunstancias en que el ejército se encontraba, era un acto sin precedentes en
41 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas, 149 s.; L. Pareti, o. c. II 174 s. El tribunal especial de repetundis no fue establecido hasta el año 149; cf. Scullard, o. c. (en n. 5) 201.
42 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas 79 ss.; L. Pareti, o. c. II 776 s.; G. Bloch - J. Carcopino Des Gracques à Sulla, París, 1952. 81.
43 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas, 97.
44 A. Schulten (Font. Hisp. Ant. III 93) juzga este hecho, narrado por Livio (XXV 37- 88), como invención de Claudio Cuadrigano; L. Homo ( Las instituciones políticas roma- nas;, 97), L. Pareti (o. c. II 416) y Scullard (o. c. en n. 8, pág. 199) no lo consideran falso.
Page No 17
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
el Estado romano; el Senado no ratificó la elección y se apresuró a enviar un
general. En el año siguiente se produjo otro hecho más significativo todavía
y de grandes consecuencias en la carrera del protagonista: P. Escipión, hijo
de uno de los generales muertos, joven de apenas veinticuatro años, que no
había desempeñado más cargo que el de edil, ante la falta de hombres que
quisieran hacerse cargo del ejército de España se presentó al pueblo y solici-
tó el mando del ejército. El pueblo se lo otorgó con el título de procónsul y
en forma excepcional. Escipión es, pues, el primer priuatus investido con el
imperium proconsular. En [-23 24-] el año 210 desembarca en España y,
gracias a la forma legal de la prórroga, ya documentada durante la segunda
guerra púnica (su tío Cn. Escipión había mantenido el poder en la Península
durante ocho años seguidos, 218-211), mantiene el mando 45 a lo largo de
cinco años consecutivos. Cónsul en el año 205, P. Escipión es el primer ge-
neral romano que quiere contar con el apoyo del ejército que ha servido a
sus órdenes para obtener el consulado-(Liv. XXVIII 32), lo que prefigura ya
el mando, sostenido por el ejército, de Mario, Sila y César. Conquista Sic ilia
después y prepara el ataque a Cartago. Desde el año 204 al 202 dirige el
ejército en África y el año 201 entra triunfante en Roma. La duración de este
mando era un hecho insólito en la historia romana y significa, como ha visto
L. Homo 46, que el poder militar avanzaba a pasos agigantados hacia la dic-
tadura. Escipión el Africano es también el primer romano que es aclamado
como rey varias veces era la Península 47. Los sucesores de Escipión fueron
nombrados con el mismo poder que él (…-198) y por el mismo procedi-
miento (Liv. XXIX 13,7; XXX 41,4; XXXI 50,10). Las guerras de la Penín-
sula eran de unas características tan peculiares que los casos de mando ejer-
cido durante muchos años, y contra la costumbre de prolongarlo a los pro-
cónsules y propretores por un año o a lo sumo dos, no fueron sólo los de Cn.
Escipión y su sobrino; P. Ccrne-lio Léntulo y L. Manlio Acidino retuvieron
el gobierno [-24 25-] respectivamente durante cinco (…-201) y seis (…-
200) años 48. El 200 tuvo lugar otro hecho nuevo y opuesto a la costumbre
establecida: el Senado, por unan imidad y contra la oposición del tribuno
Tito Sempronio Longo, concedió el triunfo con ovación al procónsul Lucio
45 Bosch Gimpera, o. c. 32 señala que venía con la misma categoría y facultades que M. Junio Silano. Contra esta hipótesis, Scullard, o. c. (en n. 8) 211; Pareti, o. c. II 430; G. de Sanctis, o. c. 454; Hallward, o. c. 71.
46 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas, 98: «tanto por la rapidez con la que había progresado, como por las múltiples irregularidades que habían señalado los progre- sos, aparecía como un desafío permanente a la antigua constitución romana».
47 A. Aymard, Polybe, Scipion l'Africain et le titre de Roi, en Revue du Nord XXXVI 1954. 121 ss.; J. M. Blázquez, El legado indoeuropeo en la Hispania romana, 321, n. 10.
48 Esta prolongación del mando se registra también fuera de la Península; M. Claudio Marcelo gobernó en Sicilia, con intervalos, casi nueve años ( 216-208); y Flaminino, du- rante la segunda guerra m acedónica, en Grecia durante cinco años (198-194); pero en estas regiones el hecho fue excepción, mientras que en la Península se registra cuatro veces en
dieciocho años.
Page No 18
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
Cornelio Léntulo a pesar de que no era ni dictador, ni cónsul, ni pretor (Liv.
XXXI 20). En la Península lo normal es la excepción; así se concede el
mando a simples particulares con poder proconsular, como se indicó (P.
Cornelio Escipión, C. Léntulo, L. Manlio Acidino, C. Cornelio Cetego, Cn.
Cornelio Blasio, L. Estertinio). En el año 197 se aumentó el número de pre-
tores de cuatro a seis, a causa de las dos provincias hispánicas, que a partir
de este año se encontraron mandadas por pretores proconsulares 49. A estos
pretores acompañaban doce lictores en vez de los seis que seguían a sus co-
legas de otras partes. La división en dos provincias impidió que funcionara
la colegialidad de los pretores, designados individualmente como goberna-
dores de cada provincia. La costumbre que el Senado seguía con respecto a
las provincias de Hispania fue la de prolongar el mando (en virtud de la ley
Baebia) a los pretores 50. A. Schulten 51 ha podido [ -25 26-] escribir con
toda exactitud que «in the history of provincial administration Spain marks
an epoch», y Omán 52, que «la primera ocasión en que se hubo de contrastar
el arcaico sistema municipal de gobierno, como sistema aplicable a la admi-
nistración de lejanos departamentos, fue con la adquisición de los dominios
cartagineses en España... Estos territorios, separados de Italia por los de la
costa meridional de las Galias aún no sometidos al Imperio, no eran accesi-
bles para llegar a España sino mediante una larga travesía marítima... y que
en ciertas épocas del año era evitada a toda costa. Por esta causa los procón-
sules tuvieron en España, desde el principio, una libertad de acción que nin-
gún gobernador había tenido hasta entonces».
En lo militar también el impacto de la c onquista de Hispania fue gran-
de. Roma necesita por vez primera un grueso ejército de ocupación perma-
nente (Mommsen, o. c. II 752 ss.). Entre los años 186 y 179 residieron acá
cuatro legiones. Ya se indicó que los romanos muy probablemente copiaron
el vestido, el sagum, de los indígenas, que llegó a ser el «uniforme militar
romano por excelencia» 53. También adoptaron armas como el gladius His-
paniensis, que los macedonios conocieron por vez primera 54 en el año 200
49 T. Mommsen, Römisches Strafrecht , Leipzig, 1899, II 647, 652; L. Pareti, o. c. II 774.
50 La casi totalidad de los pretores entre los años 199 y 179 tuvieron el mando prolon- gado un año: 199-198, C. Cornelio - L. Estertinio; 198-192, C. Flaminio - M. Fulvio; 191- 190, C. Flaminio - Em ilio Paulo; 188-187, L. Manlio - C. Atilio; 186-185, L. Quinctio - C. Calpurnio Pisón; 184-183, Terencio Varrón - Sempronio Longo; 182-181, Q. Fulvio Flaco -
P. Manlio; 180-179, T. Sempronio Graco - C. Postumio (cf. T. Robert - S. Bro ughton -M. L. Patterson The Magistrates of the Roman Republic, Nueva York, 1951, passim).
51 Cambridge Ancient History VIII 310.
52 Siete estadistas romanos, Madrid, 1944, 6 s. Durante el invierno la Península que- daba incomunicada con Roma; cf. J. Rougé, La navigation invernale sous l'Empire romain, en Rev. Et. Anc. LIV 1952, 316 ss.
53 Carcopino, lib. c. 230.
54 Carcopino, ibid. también ha defendido que esta arma es gala; parece claro que los ro- manos la copiaron directamente de los hispanos, como su mismo nombre lo indica; ya la
Page No 19
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
(Liv. XXXI 34,4), y el pilum, cuya descripción coincide [ -26 27- ]
exactamente 55 con la de la falárica ibérica (Liv. XXI 8,10). Con toda razón
ha podido escribir Schulten (Font. Hisp. Ant. III 37) que «puede decirse que
forma época para los romanos la guerra en España en cuanto a trajes y equi-
po de guerra». Los romanos frecuentemente impusieron a los indígenas un
tributo en tropas 56 y en la Península por vez primera admitieron mercena-
rios en sus ejércitos, celtíberos en el año 212 (Liv. XXIV 49). En la Penín-
sula se funda la primera colonia latina fuera de Italia en el año 171. Su crea-
ción fue motivada por la legación enviada a Roma por cuatro mil hijos de sol-
dados y de mujeres indígenas que pedían 57 que se les asignasen tierras donde
habitar [-27 28-] (Liv. XLIII 3,1-4). Siete años antes del establecimiento de
esta colonia (€ a. J.C), Sempronio Graco funda Gr acchurris 58 la primera
ciudad a la que un general romano da su nombre, costumbre introducida por
Filipo y Alejandro y adoptada por los monarcas helenísticos 59. En los pri-
empleaban los celtíberos que servían en el ejército de Aníbal; cf. H. H. Scullard, o. c. (en n. 8), 213. Así lo afirma tajantemente Suidas s. v.
55 También Carcopino, lib. c. 229 cree que el pilum lo copiaron los romanos de los ga- los, pero el hecho de que se encuentre entre éstos no quiere decir que lo recibieran de ellos los romanos directamente. El mundo ibérico se hallaba en esta fecha (s. III-II a. J.C.) pro-
fundamente indoeuropeizado, como lo prueban los relieves de Osuna y al gunos exvotos ibéricos en los que los guerreros cubren su cuerpo con el escudo oval galo (sobre este es-
cudo, cf. Q. Maule - H. Smith, Votive Religion at Caere: Prolegomena, Berkeley, 1959, 1 ss.); escudo de La Tène del tipo del guerrero de Mondragón empuñan los guerreros de Liria
(Corpus Vasorum Hispanorum, Liria, láms. ILXIII, LXV) y los representados en los vasos de la necrópolis de Oliva. (J. Caro Baroja, o. c. n. 144). Influencias célticas se muestran en las joyas, como en la pátera de Perotitos, con el tema de la máscara humana mordida por un
felino, y en diverso material arqueológico (E. Cuadrado, Las tumbas ibéricas de empedrado
tumular y la celtización del Sudeste, en Congr. Arq. Nac. 1951, 247 ss.; La cerámica ibérica tosca, de collar con impresiones y su origen céltico, en Congr. Arq. Nac. 1951, 269 ss.). La proyección del mundo indoeuropeo sobre los bordes oriental y meridional de la Península
se encuentra atestiguada por las fuentes literarias (J. M. Blázquez, El legado indoeuropeo
en la Hispania romana, 334 ss.; J. M. Ramos Loscertales, El primer ataque de Roma contra Celtiberia, Salamanca, 1943; J. Martínez Santa-Olalla, Esquema paletnológico de la Penín- sula Hispánica, Madrid, 1946, passim; M. Almagro, Origen y formación del pueblo his- pano, Barcelona, 1959, 100).
56 A. Balil, Un factor difusor de la romanización; las tropas hispanas al servicio de Roma (siglos III-I de J. C.), en Emerita XXIV 1956, 108 ss.
57 A. García y Bellido, Las colonias romanas de Hispania, en Anuario Hist. Derecho Esp. XXIX 1959, 450 s. Sobre el elemento racial aportado por Roma, al gunos investigado- res, como M. Almagro, Origen y formación del pueblo hispano , 113 s., creen que «es im- portante por su número, pero no fue trascendental su influjo racial por sus afinidades con
nuestras gentes».
58 A. García y Bellido, Las colonias romanas de Hispania, 448 s.
59 Tarn, Alexander the Great, II, Cambridge, 1951, passim; A. Weigall, Alexandre le Grand, Paris, 1934, passim; F. Altheim, Alexandre et l'Asie. Histoire de un legs spirituel ,
Page No 20
José María Blázquez Martínez: El impacto de la conquista de Hispania en Roma (218-154 a.C.)
meros años de la conquista (…), P. Escipión fundó la ciudad de Itálica para
dejar en lugar seguro a los muchos enfermos que traía su ejército después de
la batalla de Hipa 60; este asentamiento de soldados heridos es precedente de
los frecuentes repartos de tierras a veteranos que hizo a lo largo de su vida
P. Escipión 61.
La Península contribuyó también al embellec imiento de Roma: en el
año 197, L. Estertinio, con el producto del saqueo, levantó dos arcos en el
Foro Boario, delante del [ -28 29-] templo de la Fortuna y del de la diosa
Mater Matuta, y un tercero en el Circo Máximo, y sobre ellos erigió estatuas
doradas (Liv. XXXIII 27). Años después (z), Fulvio Flaco levantó, en
cumplimiento de un voto hecho durante su lucha contra los celtíberos, un
templo 62 consagrado a la Fortuna ecuestre (Liv. XLI.I 10,5). El impacto de
la conquista de la Península en Roma fue también de signo negativo: las
continuas bajas del ejército y los frecuentes reclutamientos autorizados por
el Senado contribuyeron, ya en los comienzos del siglo II, a la ruina y des-
aparición de la clase media, como después las guerras celtibéricas y numan-
tina 63. Ya Tito Livio y Polibio nos informan de que en el año 180 era difícil
encontrar, en la corporación ciudadana, los elementos necesarios para com-
pletar las legiones 64.
J. M. Blázquez
Paris, 1954, passim; A. Savill, Alexander the Great and his Time , Londres, 1959, passim; Wilcken, Alexandre le Grand, Paris, 1934, passim; S. Montero Síaz Alejandro Magno, Ma- drid, 1944, passim. Se ha pensado que P. Cornelio Escipión Nasica fuera el primer general romano que dio su nombre a una ciudad indígena, pues al nombre de Calagurris acompaña
el epíteto de Nasica, con que aparece en monedas (M. Trapero, Las monedas de Calagurris,
en Num. Hisp. IV 1956, passim); Taracena, Restos romanos en la Rioja, en Arch. Esp. Arq. XV 1942, 17 s., pensaba que tal vez el pretor de la Provincia Ulterior en el año 194 contara
con clientela en la ciudad, pero C. Solano, Aclaraciones a la historia de Calahorra , Sala- manca, 1960, 27 ss. descarta esta hipótesis. La tesis que encontramos más aceptable es la de
A. Beltrán, (Numismática antigua, 359), quien cree que Nasica es el lugarteniente de Lé- pido, lo que explicaría satisfactoriamente que las monedas en que se registra el nombre
lleven en el anverso el de Julia. Pais, o. c. 194 cree que el epíteto alude a P. Cornelio Esci- pión Nasica.
60 A. García y Bellido, Las colonias romanas de Hispania, 508 ss.; Colonia Aelia Au- gusta Italica, Madrid, 1960.
61 L. Pareti, o. c. II 798 n. 1.
62 Scullard, o. c. (en n. 5) 181 n. 3, 202.
63 C. Viñas, o. c. 205. Contra esta teoría, cf. Omán, o. c. 21; pero su punto de vista no lo comparten los historiadores actuales de más altura (L. Homo, Las instituciones políticas romanas, 87; W. E. Heitland, en El legado de Roma, Madrid, 1944, 696).
64 L. Homo, Las instituciones políticas rom anas, 83.
Las invasiones célticas en España se iniciaron en el s. IX a.C. por los pasos del Pirineo, recibiendo Cataluña las bandas de incineradores, entre los que figura la tribu de los beribraces. Las primeras incursiones célticas no llegaron a fusionarse con los íberos, tribus de la Península Ibérica.
Una oleada en el s. VII a.C. trae la cerámica por los berones y pelendones. Hacia el año 600 a.C. se instalan los sefes, lugones y los elementos celtas de los vetones y, finalmente, en el s. VI a.C. llegan los belgas, si bien sobre éstos últimos no todos los historiadores coinciden en afirmarlo.
Pero la oleada de galli que cruzó los Pirineos en el año 500 a.C., y que se estableció inicialmente en la ribera del Ebro, avanzó más hacia el centro y llegó a fusionarse con los nativos íberos, formando el pueblo celtíbero. Su área de expansión tuvo como foco principal la región aragonesa. De allí avanzaron hacia el sur, hasta alcanzar el borde nororiental de la meseta.
Castro celta gallego de Santa Tecla, La Guardia, Pontevedra.
Las tribus consideradas de la etnia celtibérica, algunas de ellas según Ptolomeo, además de los propios celtíberos, fueron los arévacos, vacceos, belos, titos, carpetanos, vascones, túrmogos, cántabros, astures, oretanos, várdulos, autrígones, lobetanos, caristos, ilergetes, castellani, edetanos, callaeci, celtici, lusitanos, bastetanos, vettones, turdetanos, etc.
Los celtíberos vestían de negro, con el típico sagum galo y ceñidas calzas; se cubrían con una capa o manto con capilla. Dedicados a la caza y a la pesca, vivieron en aldeas. Su religión era fundamentalmente druídica; sus ritos, celtas; sus sacerdotes muy similares a los druidas. Fueron típicas sus danzas y sacrificios en las noches de plenilunio.
Alfredo Jimeno Martínez, arqueólogo de Soria (actual provincia de España que corresponde casi íntegramente a la antigua Celtiberia), nos dice en su artículo Religión y ritual funerario celtibéricos que "la sociedad celtibérica presenta un fuerte contenido militar, potenciado a partir del siglo IV a.C. con la actividad en el Alto Duero de los arévacos. Para los celtíberos la guerra era una forma de conseguir prestigio, riqueza y reconocimiento social". A decir de Silo Itálico: "los celtíberos tienen preparado el ánimo para la muerte y el cuerpo para la fatiga y luchan contra ellos mismos cuando no existe contrincante exterior" y "se muestran felices en las batallas y se lamentan en las enfermedades". Como apunta Sopeña, ante la indignidad que supone la pérdida de libertad, el guerrero celtíbero prefiere la muerte a través del suicidio (devotio).
Numancia
La gesta de Numantia (hoy conocida como Numancia), capital de los pueblos celtíberos controlada por la tribu de los arévacos, ha pasado de generación en generación, ya que lucharon por su independencia hasta límites sobrehumanos frente al poderío romano.
El primer ataque a Numancia se produjo al comienzo de la segunda guerra celtíbera (153 a.C.), al frente del cual se encontraba el cónsul romano Quinto Fulvio Nobilior, quien cercó a Numancia con 30.000 hombres y la atacó con 300 jinetes y 10 elefantes. Esta fue tambien la primera derrota del ejército de Roma frente al valor numantino, abriéndose un periodo de veinte años de infructuosos ataques posteriores que hicieron temblar al propio senado romano.
Ruinas de Numancia, Soria.
En el año 133 a.C. Cornelio Escipión llegó a las inmediaciones de Numancia junto con 60.000 hombres y levantó una muralla de nueve kilómetros circunvalándola y estableciendo siete campamentos alrededor de ella, cuyos emplazamientos están hoy día señalizados para que puedan conocer su ubicación los visitantes que acuden a las ruinas de Numancia. Había comenzado el asedio, dejando a los numantinos sin provisiones ni recursos para vivir. La carencia de alimentos se fue haciendo cada vez más insoportable hasta que en el verano de 133 a.C. se produjo la caída heroica de Numancia, suicidándose todos sus habitantes y entregando la ciudad en llamas. Habían culminado 30 años de ataques y asedio. Se sabe que la ciudad celtíbera ocupó más de 20 hectáreas estando atravesada longitudinalmente por dos calles principales. Sus casas tenían cimientos de piedra, paredes de madera entramada con ladrillo y cubiertas de ramaje y barro.La ciudad incendiada permaneció abandonada durante un siglo y posteriormente fue habitada por los romanos e indígenas celtíberos romanizados de la Hispania, hasta que finalmente pereció ante las invasiones bárbaras.
Otras ciudades celtíberas (que actuaban además como verdaderos estados independientes, controlando el territorio que de ellas dependía) son: Uxama, Termes, Ocilis, Segontia, Bilbilis, Mundobriga, Contrebia, Volux, Nertobriga, Clunia, Burado, Atacum, Vareia, etc.
Señalaremos aquí la interesante y sorprendente teoría del escritor e investigador soriano Ángel Almazán, acerca del numantino Vaso de los Toros, tinaja celtibérica que, según el arqueólogo Blas Taracena, "se halló en una calle -de las ruinas de Numancia-, entre el lecho de carbones, rota intencionadamente el día del sacrificio de la ciudad".
Almazán nos recuerda que hoy día se estima que no data su destrucción del año 133 a.C., al ser conquistada Numancia por Escipión, sino de mediados del siglo I a.C.
Decora la tinaja, según explica Taracena, "un toro con cabeza de frente, sin patas, y con el cuerpo formado por ruedas que se expresan en movimiento, enmarcando la cola terminada en otra cabeza; después soles radiados cruzados por un aspa y otro toro completo con la cabeza de perfil y hocico bífido devorando un pez de dos cabezas..." Federico Wattenberg la describe como "gran vaso de barro rojo abrillantado, con decoración pintada de dos toros en negro, de dibujo complejo, y un pez doble debajo de uno de ellos".
Iconografía del Vaso de los Toros según Federico Wattenberg.
Pues bien, interpretando los diversos elementos, a partir principalmente de los dibujos de la conservadora del centro museístico numantino Mariam Arlegui, Almazán llegó a la conclusión de la iconología del vaso de los Toros es una representación cosmogónica védica que revela la raiz indoeuropea de los numantinos.
¡El Palacio Celeste de Indra, los Cuencos de Soma, Varuna, Matsya, Vritra o el Brâhma-Atman... estarían representados en esta enigmática cerámica celtibérica española!
Al poco de publicar, en el verano de 1999, un artículo sobre esta cuestión en la Revista de Soria que el propio Almazán dirije, el autor nos informó, al inquirirle sobre ello, que aún no se había producido ninguna reacción oficial o extraoficial ante tan revolucionaria hipótesis, y ello a pesar de haber remitido dicho artículo a los mayores especialistas en historiografía celtibérica de España.
Dioses y ritos
Dice Estrabón que para "ciertos autores los galaicos (celtas que se asentaron en lo que es la actual Galicia) son ateos; más no así los celtíberos y los otros pueblos que lindan con ellos por el Norte, todos los cuales tienen cierta divinidad innominada a la que, en las noches de luna llena, las familias rinden culto danzando, hasta el amanecer, ante las puertas de sus casas". El Dr. Jimeno Martínez, que es director del Plan Arqueológico de Numancia, nos dice: "Algunas de estas danzas se han querido ver representadas en las cerámicas de Numancia e, incluso, Taracena -que fuera director del hoy Museo Numantino- vio en las danzas de carácter guerrero que se bailan en la zona de San Leonardo, Soria, reminiscencias de esta costumbre ancestral.
Esta divinidad tradicionalmente identificada con la luna, puede relacionarse, según Marco y Sopeña, con Dis Pater, dios ctónico o infernal, del que, como dice César, todos los galos se proclaman descendientes. Por esta razón miden el tiempo no por días sino por noches, es decir por lunas. La importancia de esta deidad queda reflejada también en la representación de crecientes lunares en las cerámicas y otros objetos. Era tan fuerte su influencia -dice el Dr. Jimeno Martínez- que en alguna ocasión los vacceos (pueblos celtíberos del Duero medio) detuvieron su ataque contra el romano Lépido al interpretar un eclipse de luna como signo prohibitorio de tal acción por la divinidad.
Los ciclos de la luna y el sol eran altamente sugerentes de muerte y resurrección e incluso la idea de que la noche daba luz al día.
El culto al fuego relacionado con el sol, como elemento de purificación, tenía un lugar destacado. En el solsticio de verano se realizaban fiestas de purificación con danzas, carreras, luchas y sacrificios fuera de la ciudad. Se han considerado residuos de estos ancestrales ritos las fiestas del paso del fuego en San Pedro Manrique, Soria, en la noche de San Juan y los numerosos festejos en torno al fuego, que coincidiendo con el solsticio de verano siguen reproduciéndose en esta zona y otras de España.
Los dioses Epona y Lug, que aparecen asimilados al caballo y al toro, ya que las divinidades y sus cualidades más significativas eran representadas en aquellos animales que las poseían. Horacio y Silo Itálico destacan la costumbre de los cántabros (asentados en la cornisa cantábrica del norte de España) de beber sangre de sus caballos para adquirir sus cualidades, haciendo alusión al carácter vivificador de la sangre animal; por otro lado, los toros se representan devorando peces, como mito de fecundación de la tierra.
Epona, Lug o Matres corresponden a las divinidades pancélticas. Epona también es representado en un relieve procedente de Sigüenza, Guadalajara, montada de lado sobre un caballo. A las diosas Matres, relacionadas con la idea de la fecundidad y abundancia, se les dedican dos inscripciones en la provincia de Soria, una en Ágreda y otra en Yanguas. Conocemos otras representaciones iconográficas de estos dioses; así Lug aparece en el santuario de Peñalba de Villastar, Teruel, bien estudiado por Marco, en forma de personaje masculino bifronte con los brazos en cruz y la frente provista de cuernos o con la corona de hojas (similar a varias representaciones centroeuropeas).
La dedicación a los Lugoves, que figura en una lápida de Uxama (Osma), mostraría una manifestación del dios Lug, relacionada con la habilidad manual, lo que queda demostrado al ser el Colegio Sutorum (colegio de zapateros) el que dedica el ara.
Otros dioses son conocidos a través de la epigrafía latina o celtibérica y por referencias iconográficas, a veces discutibles, como la representación, según Blázquez, en perspectiva cenital, sobre un fragmento de cerámica numantina, de un supuesto dios Cernunnos.
Otras representaciones iconográficas se han relacionado con Sucellus, divinidad infernal y funeraria, a la que se asocian algunas cabezas humanas con piel de lobo (animal asimilado a este dios), de las cerámicas de Numancia, o el hombre revestido con piel de lobo de la estela cántabra de Zurita, que aparece junto a un caballo y debajo de ellos una escena ritual de exposición de cadáveres en la que un guerrero muerto es devorado por un buitre, en sintonía con lo que relatan las fuentes, cuando indican que los nertobrigenses envían a Marcelo un heraldo vestido con piel de lobo y que diferentes autores han relacionado con cofradías, al decir de Almagro y Álvarez, serían los baños iniciáticos de purificación que tendrían lugar en las saunas (vinculadas al significado ritual del agua), halladas en los castros del Noroeste, conocidos por los gallegos como pedras fermosas, o la denominada fragua de Ulaca, Ávila.
Los celtíberos no encerraban a sus dioses en recintos construidos, ya que como dice Tácito en relación a los germanos "creen que no es posible encerrar a los dioses dentro de unas paredes ni que se les pueda representar con aspecto humano, dada la grandeza de las cosas celestes". Desarrollaban sus cultos al aire libre; así, el vocablo céltico que designa por antonomasia al santuario es nemeton, en donde se produce la comunicación entre dioses y hombres, que presenta modalidades diversas, ya que puede ser un claro en el bosque, la cima de una montaña o un lugar elevado (Peñalba de Villastar, Panoias y Ulaca), las fuentes, los ríos o una cueva.
En el santuario de Peñalba de Villastar, Teruel, existen inscripciones rupestres de tipo votivo, que muestran onomástica céltica, ibérica o romana, lo que se explica por ser un santuario de frontera, al que acudirían peregrinos tanto ibéricos como celtíberos, así como de lugares distantes. En Calatayud, Zaragoza, (antigua Bilbilis de los celtíberos), se habla del "sagrado encinar de Burado" (se ha relacionado con Beratón), que aún recibía veneración en el siglo I; o del Mons Caius (sagrada montaña conocida hoy como El Moncayo). También se conocen en la Celtiberia santuarios en cueva, como La Griega, en la provincia de Segovia, con un amplio numero de inscripciones, una dedicada a la diosa Nemedus Augustus y, posiblemente, la cueva de San García, en Santo Domingo de Silos, con inscripciones también indígenas.
Diversas fuentes hablan, de una manera poco clara, de sacrificios humanos, que se han vinculado, a veces, a rituales de fundación de ciudades, aunque sobre bases poco claras. No obstante, Estrabón menciona las hecatombes de hombres y caballos a una deidad asimilada al Ares griego.
En la Península Ibérica existen evidencias sobre el ritual de las cabezas cortadas de los vencidos que colgaban de sus caballos y exhibían como trofeos en sus casas.
Algunos autores, como Taracena y Maluquer, consideran este rito céltico relacionado con los sacrificios humanos, pero parece más adecuado interpretar este ritual con un contenido apotopraico, pues se trata de una costumbre guerrera relacionada con la creencia céltica de que en la cabeza reside el alma humana; de ahí la importancia simbólica de este elemento, que puede en ocasiones representar a la misma divinidad. A esto puede responder en gran parte la omnipresencia de la cabeza en las diferentes manifestaciones artísticas en el mundo celta (representación de máscaras y cabezas en relieve o pintadas de Numancia y Uxama).
Otro rito a destacar es la amputación de manos, que aunque no está directamente documentada entre los celtíberos (se documenta en las estelas del Palau de Alcañiz y en el monumento de Binéfar, en el ámbito ibérico del valle del Ebro), sí se alude indirectamente en alguno de los episodios del enfrentamiento entre romanos y numantinos; así, cuando aquellos les piden a los de Numancia que entreguen las armas, estos lo consideran como si les ordenasen cortarse las manos.
Sacerdotes o druidas
No se conocen textos sobre la Celtiberia que hablen de sacerdotes o colegios sacerdotales, como los referidos por César para la Galia y Britania. Pero si debió existir un sacerdocio organizado y este sacerdocio tendría las características del druídico.
Los textos antiguos nos transmiten algunos acontecimientos que pueden interpretarse en este sentido -asegura el Dr. Jimeno Martínez-; así, el episodio narrado en los textos antiguos sobre Olíndicos, al que se le cita como viros veranos, que vaticina (misión de los druidas) la derrota de los romanos al recibir una lanza del cielo. Por otro lado, la representación iconográfica de un vaso de Arcobriga, en donde aparece un hombre con un árbol en la cabeza, permite deducir su naturaleza sacerdotal, por la conocida relación que existe entre el druida y el árbol. También la interpretación de algunos textos celtíberos, como la cara B del Bronce de Botorrita, permite deducir de algunos tratamientos (bintis) aplicados a diferentes personas, que se trata de druidas o sacerdotes vinculados a diferentes funciones jurídicas o institucionales.
EL SIMBOLISMO BAFOMÉTICO TEMPLARIO Y LA ICONOLOGÍA CELTIBÉRICA
Fernando Arroyo
(Publicado en Anales 2000 del Instituto Campomanes de Estudios Medievales)
En la pila bautismal románica de la ermita de la Virgen de Cabañas, en La Almunia de Doña Godina, Zaragoza, se colocaron, a ambos lados del pie que la sustenta, sendas cabezas de piedra de arte celta. Las dos esculturas están sujetas con argamasa, embutidas en huecos que se practicaron para su colocación y debieron recogerse, a decir de los arqueólogos de la Universidad de Zaragoza que las han estudiado (M. Medrano y Mª A. Díaz), de algún yacimiento arqueológico próximo, ubicándose en la pila bautismal posteriormente. Una de ellas representa un rostro con prominente barbilla, que muestra los dientes, triangulares, en actitud notablemente agresiva, labios gruesos, ojos redondos, y nariz pequeña y recta. Se la denomina Cabeza de los dientes. En cuanto a la otra cabeza, introducida también en una oquedad practicada groseramente y sujeta con argamasa, muestra un rostro humano con la boca entreabierta, actitud muy habitual en las representaciones celtas. Es la denominada Cabeza de la boca entreabierta.
Juan G. Atienza afirma que los templarios tuvieron una pequeña casa en La Almunia de Doña Godina y, para él, la ermita de Nuestra Señora de Cabañas, donde se encuentra esta curiosa pila bautismal con cabezas celtíberas incrustadas, parece inequívocamente templaria. Todo apunta a que serían los propios templarios, en ese caso, quienes colocaron dichas cabezas en la pila bautismal a modo de auténticos bafomets, demostrando una vez más sus enigmáticas actitudes sincréticas.
Acerca de un báculo de distinción o estandarte hallado en una tumba de Numancia, con cabezas humanas debajo de las cabezas de los caballos, que sustituyen sus patas (Fot. A. Plaza, en Revista de Soria nº 25, segunda época), cabría hacer un arriesgado análisis fundamentado en el simbolismo templario, que, tal como hemos visto en el caso anteriormente explicado, en modo alguno debe parecernos descabellado.
El sello templario Sigilum Templi representa a dos caballeros sobre un sólo caballo. El báculo celtíbero al contrario, un sólo caballero sobre dos caballos.
Las cabezas que aparecen en el extremo de las patas se asemejan a la Cabeza de la boca entreabierta que hipotéticamente los templarios incrustaron en la pila bautismal de la ermita de Nuestra Señora de Cabañas, a modo de auténticos bafomets. Pensemos en el simbolismo que ello implica: una pila bautismal y la dualidad representada por las dos cabezas añadidas, una que seguramente corresponda a alguna deidad infernal (Cabeza de los dientes), pues a decir de los arqueólogos sus dientes son muy parecidos a los de la llamada Tarasca de Noves, monstruo celta antropófago esculpido en piedra, o al monstruo celta, también antropófago, de Linsdorf, Alsacia, y la otra (Cabeza de la boca entreabierta), muy habitual entre las representaciones celtas de toda Europa, que pudiera significar la herméticamente discreta apertura al conocimiento, o denotar la actitud de quien transmite de forma críptica un mensaje esotérico secreto... Y esto podemos deducirlo en contraposición a otro elemento simbólico muy recurrido por el Temple, las llamadas Bocas tapadas, de las que Atienza nos dice que son "figuras simbólicas que surgen ya en antiguas representaciones petroglíficas (por ejemplo, en el dolmen de Soto, en Trigueros, Huelva) que representan rostros con las bocas tapadas, en señal de secreto que no debe en modo alguno ser desvelado, en contraste directo con otros monstruos del bestiario medieval, que aparecen enseñando sus fauces abiertas dispuestas a devorar. La clave de estas imágenes se encuentra en la tácita imposición al iniciado, que deberá guardar el secreto de su propia iniciación, no tanto por preservarlo de abusos por parte de los demás, sino para obligar al neófito a que encuentre el camino de la Trascendencia mediante su propio esfuerzo. No podemos decir que sea una imagen específica de la Orden del Temple, pero si cabe pensar que se trate de una representación a menudo utilizada por las logias de constructores medievales, imbuidas muchas de ellas en doctrinas templarias y por las enseñanzas que probablemente transmitieron los caballeros de la Orden a partir de su conocimiento de las técnicas de construcción que pudieron traer de Oriente.
Es por esto que, de igual forma, podemos perfectamente considerar que una cabeza (¿bafomet?) templaria con la boca entreabierta quiera representar al secreto desvelado, aunque con la debida precaución o sólo para aquellos elegidos para su comprensión.
Una cabeza de un ser antropófago, devorador de hombres, y de un ser que nos transmite el mensaje secreto, ambos en una pila bautismal; ¿sería ese el significado real del misterioso bafomet templario?: La Dualidad de Dios... La gnóstica comprensión dualista del Universo... el Bautismo de Fuego (alquímico) hacia la Iniciación...
Otro detalle: cada uno de los caballos tiene sobre su cuerpo nueve pequeñas incisiones circulares, como nueve fueron los caballeros fundadores del Temple... Una vez más, el número nueve...
Pero el número ocho fue también muy importante simbólicamente para los templarios, como lo demuestran sus iglesias octogonales o su cruz de las Ocho Beatitudes. Y recordemos los baptisterios o recintos bautismales que adoptan la forma poligonal del octógono. Tal vez por ello una de las incisiones, de cada uno de los caballos, se encuentra rodeada por dos círculos concéntricos (Sol del Poniente y Sol Naciente de la cosmogonía védica, que también aparecerían representados, según Almazán, en el Vaso de los Toros celtíbero), lo que dejaría ocho incisiones en el exterior de los círculos, en cada uno de los cuerpos del caballo. Un caballo que en realidad son dos caballos en uno, como dos significados posee el vocablo cábala. Al respecto, Savignies nos dice que: “por eso es importante distinguir los dos vocablos, cábala y kábala, a fin de utilizarlos como se debe: el primero, como derivado del equivalente griego de caballo (caballus en latín); el segundo, del hebreo kabbalah, que significa tradición. En fin, no se podrá ya, a pretexto de los sentidos figurados, admitidos por analogía, de corrillo, manejo o intriga, negar al sustantivo cábala la función que sólo él es capaz de desempeñar y que Fulcanelli lo confirmó magistralmente, al encontrar la llave perdida de la Gaya ciencia, de la Lengua de los dioses o de los pájaros. Las mismas que Jonathan Swift, el singular deán de San Patricio, conocía a fondo y practicaba a su manera, con tanto saber y virtuosismo”.
Simbólicamente y por analogía, ¿representarían también en los orígenes de la Orden del Temple, Hugo de Payens el Sol Naciente, visible, y André de Montbard o el propio san Bernardo el oculto Sol del Poniente, que resplandece semioculto en la sombra? ¿Representan estos círculos a los Dioses Solares? ¿Equivalen estos círculos al interior y exterior que conformaron la esencia dualista de la Orden, monástica y militar, espiritual y guerrera?... Y el resto de elementos simbólicos y su disposición, incluida la incisión también circular en la pierna del jinete, las prominentes rodillas de los caballos que asemejan las cabezas de un ave y hasta la forma táurica del cuerpo del báculo, ¿qué representarían? ¿con qué símbolos templarios se corresponderían?... Pensemos en los significados especiales que contienen los signos de reconocimiento templarios, de acuerdo con el lenguaje simbólico de la tradición: el ya mencionado Lenguaje de los Pájaros, que, tal como nos explica Atienza, es aquel que, empleado por iniciados en los saberes tradicionales, sirve para la expresión de lo inefable, de las verdades que consideramos absolutas, para las que no basta la expresión cotidiana. Por lo mismo, aunque se entiendan sus palabras, su sentido resulta totalmente inalcanzable para el profano.
Como nos recuerda Bruno Rovere: “en un artículo dedicado al “Lenguaje secreto de Dante y de los Fieles de Amor”, publicado en 1929, René Guénon, a propósito de la obligación impuesta a los Fieles de Amor de emplear en sus escritos la forma poética, escribía: “cabría preguntarse por qué la poesía era llamada por los antiguos la “lengua de los Dioses", por qué "vates" en latín designaba a la vez al poeta y al adivino o al profeta, por qué los versos eran llamados “carmina” y también por qué se dice de Salomón y de otros sabios, en particular en la tradición musulmana, que comprendían el "lenguaje de los pájaros”, lo que, por extraño que pueda parecer, no es sino otra denominación de la “lengua de los Dioses...”
Atendiendo al bautismo y su simbolismo cristiano, notemos como los primeros cristianos recibían la iniciación bautismal, el rito de paso que simboliza la “muerte al mundo” y el “nacimiento a la vida en Cristo”. La pila bautismal adoptaba forma alargada, como un sarcófago, reposando directamente sobre el suelo o estando excavada, como piscina, en el pavimento, pues el bautismo era por inmersión en memoria de la efectuada por Jesús en el río Jordán. “La teoría de este simbolismo religioso -nos dice Rafael Alarcón- se basaba en que el neófito, al sumergirse en las aguas primordiales, enterraba el “viejo hombre pecador que era” (semejanza con la muerte de Cristo, muerte de su cuerpo físico), de este modo al subir a la superficie “resucitaba” purificado como un nuevo ser (semejanza con la resurrección de Cristo, en un cuerpo transfigurado), lleno de plenitud en el espíritu de Jesús. Se moría a la ignorancia del paganismo para resucitar al conocimiento que da la fe, a la gnosis, al conocimiento trascendente.
Por la estructura misma del baptisterio, que en planta simboliza el triple recinto concéntrico (estructura muy utilizada por el Temple en sus fortificaciones defensivas), se pretendía significar que la inmersión no sólo se efectuaba como un descenso a las aguas primordiales de la creación, sino también como un viaje al lugar Central donde mora el Espíritu de Dios; el neófito se sumergía en las aguas como un vehículo para acceder, purificándose mediante el rito, a la mansión de la Triada Divina que transforma a los que alcanzan tal lugar.
Posteriormente las pilas bautismales adoptarán la forma sugerente de una gran copa, de un cáliz, lo que dotará al rito del bautismo de unas resonancias graálicas cuyo alcance no es posible desarrollar ahora.
Si se adoptó la estructura poligonal para los recintos bautismales fue por una necesidad sincrética de asimilar cultos anteriores. Cultos muy extendidos y poderosos.
Uno de tales cultos bien pudo ser el dios Mitra, un culto frigio tan extendido por el Imperio Romano gracias a las legiones, que estuvo a punto de suplantar al cristianismo en el ánimo del Emperador Constantino cuando éste tuvo que elegir una religión oficial para el Imperio. En los misterios de Mitra, se practicaba un bautismo, en forma de ducha, con la sangre de un toro ritualmente sacrificado; dicha ceremonia se realizaba en salas subterráneas, poligonales o circulares, siendo seguida de un ritual de “muerte-resurrección” similar al celebrado por la mayoría de las religiones iniciáticas antiguas, desde Egipto hasta el Tibet”.
En su afán sincrético, ¿estudió el Temple la iconología religiosa celtibérica, en aquellos lugares en los que expresamente pudiera haberse asentado para ello, y, por ende, ¿llegaría a las mismas conclusiones sobre la raíz indoeuropea y la cosmovisión védica celtíbera (reflejada por ejemplo en la citada cerámica numantina del Vaso de los Toros) a las que llegó Ángel Almazán?. Pensemos en que este mismo autor nos dice que el cristianismo templario “es solar, gnóstico, con raíces indoeuropeas en vez de judías. Prueba de ello, es el Cristo renano del siglo XIV que se conserva en el que fue convento de Puente la Reina (Navarra) donde aparece crucificado sobre una horquilla de árbol en forma de Y griega. El mítico árbol del Mundo de los indoeuropeos y la runa y (Man) se encuentran unidos en esta imagen crística que conecta con el arquetipo del Kristo solar que para los nórdicos era Wotan crucificado en el árbol Irminsul durante nueve días para poder descifrar el misterio y la magia de las runas. Y las runas aparecen en las construcciones templarias (las runas son el signo del que posiblemente haya sido el primer alfabeto del mundo)”. Por otra parte, el simbolismo táurico de los celtíberos (plasmado en una innumerable cantidad de amuletos, piezas de cerámica, pinturas, etc.) y de los templarios, cuyo máximo exponente sería la cruz esotérica Tau, también nos hace pensar en esta vinculación iconográfica de la que venimos hablando. Para más evidencia, pensemos en otro de los símbolos de entendimiento que, reflejadas en espacios determinados y en circunstancias concretas, también fueron señales de identidad templarias; nos estamos refiriendo a los jinas, seres elementales que se manifiestan como personificación de potencias y de energías procedentes de la Naturaleza, que surgen a menudo formando parte de un contexto mítico en las culturas que florecieron en torno al mar Mediterráneo, y que según algunos estudiosos son representaciones míticas de las potencias desconocidas del ser humano... Para otros, son representación inmediata de las energías telúricas o ligadas a lo que se ha venido llamando, en el campo de la Tradición arcana, el Espíritu de la Tierra. “En cualquier caso -nos dice Atienza-, los jinas védicos fueron defenestrados por las religiones institucionalizadas que terminaron por reinar sobre sus antiguos creyentes. Sin embargo, su proyección quedó fijada en la memoria colectiva y los poderes doctrinales tuvieron que transigir con ellos, mediante adaptaciones que, en cierta manera, vinieron a sacralizar o a santificar cuando menos las antiguas creencias, que no eran otra cosa que la proyección divinal de unos conocimientos visceralmente ignorados y cordialmente creídos a pies juntillas”.
El primer lugar de Europa en que la Orden del Temple se estableció fue en la Península Ibérica, cuna de la cultura celtibérica, por lo que pensar en un embrión inicial de su sincretismo en estas tierras resultaría bastante plausible.
Como conclusión, sólo cabe admitir que las enigmáticas actitudes sincréticas del Temple persiguieron una trascendencia a los restrictivos dogmas imperantes, una trascendencia que buscó impulso en las fuentes primordiales del saber, aprovechándose con ello de las corrientes más puras del conocimiento; corrientes que arrastran las impurezas y posibilitan que el camino hacia Dios se nos muestre mucho más diáfano... Esta trascendencia espiritual, templaria, es la que torna la religiosidad temerosa de Dios y de la muerte, en una Muerte y Resurrección iniciáticas que permiten vislumbrar la Luz desde la verdadera naturaleza del hombre.
Bibliografía:
ALARCÓN, RAFAEL, A la sombra de los Templarios, Martínez Roca, Barcelona, 1998.
ALMAZÁN, ÁNGEL, Cosmogonía védica del numantino Vaso de los Toros, Revista de Soria nº 25.
ATIENZA, JUAN G., Los enclaves templarios, Martínez Roca, Barcelona, 1995.
FULCANELLI, El misterio de las catedrales, Plaza & Janés, Barcelona, 1998.
MEDRANO, MANUEL y Mª ANTONIA DÍAZ, Excavaciones Contrebia Belaisca´ 99.
ROVERE, BRUNO, A propósito del Lenguaje de los Pájaros. De la recopilación póstuma "Symboles de la Science Sacrée".
WALKER, MARTIN, El misterio de los Templarios, Edicomunicación, Barcelona, 1993.
Una oleada en el s. VII a.C. trae la cerámica por los berones y pelendones. Hacia el año 600 a.C. se instalan los sefes, lugones y los elementos celtas de los vetones y, finalmente, en el s. VI a.C. llegan los belgas, si bien sobre éstos últimos no todos los historiadores coinciden en afirmarlo.
Pero la oleada de galli que cruzó los Pirineos en el año 500 a.C., y que se estableció inicialmente en la ribera del Ebro, avanzó más hacia el centro y llegó a fusionarse con los nativos íberos, formando el pueblo celtíbero. Su área de expansión tuvo como foco principal la región aragonesa. De allí avanzaron hacia el sur, hasta alcanzar el borde nororiental de la meseta.
Castro celta gallego de Santa Tecla, La Guardia, Pontevedra.
Las tribus consideradas de la etnia celtibérica, algunas de ellas según Ptolomeo, además de los propios celtíberos, fueron los arévacos, vacceos, belos, titos, carpetanos, vascones, túrmogos, cántabros, astures, oretanos, várdulos, autrígones, lobetanos, caristos, ilergetes, castellani, edetanos, callaeci, celtici, lusitanos, bastetanos, vettones, turdetanos, etc.
Los celtíberos vestían de negro, con el típico sagum galo y ceñidas calzas; se cubrían con una capa o manto con capilla. Dedicados a la caza y a la pesca, vivieron en aldeas. Su religión era fundamentalmente druídica; sus ritos, celtas; sus sacerdotes muy similares a los druidas. Fueron típicas sus danzas y sacrificios en las noches de plenilunio.
Alfredo Jimeno Martínez, arqueólogo de Soria (actual provincia de España que corresponde casi íntegramente a la antigua Celtiberia), nos dice en su artículo Religión y ritual funerario celtibéricos que "la sociedad celtibérica presenta un fuerte contenido militar, potenciado a partir del siglo IV a.C. con la actividad en el Alto Duero de los arévacos. Para los celtíberos la guerra era una forma de conseguir prestigio, riqueza y reconocimiento social". A decir de Silo Itálico: "los celtíberos tienen preparado el ánimo para la muerte y el cuerpo para la fatiga y luchan contra ellos mismos cuando no existe contrincante exterior" y "se muestran felices en las batallas y se lamentan en las enfermedades". Como apunta Sopeña, ante la indignidad que supone la pérdida de libertad, el guerrero celtíbero prefiere la muerte a través del suicidio (devotio).
Numancia
La gesta de Numantia (hoy conocida como Numancia), capital de los pueblos celtíberos controlada por la tribu de los arévacos, ha pasado de generación en generación, ya que lucharon por su independencia hasta límites sobrehumanos frente al poderío romano.
El primer ataque a Numancia se produjo al comienzo de la segunda guerra celtíbera (153 a.C.), al frente del cual se encontraba el cónsul romano Quinto Fulvio Nobilior, quien cercó a Numancia con 30.000 hombres y la atacó con 300 jinetes y 10 elefantes. Esta fue tambien la primera derrota del ejército de Roma frente al valor numantino, abriéndose un periodo de veinte años de infructuosos ataques posteriores que hicieron temblar al propio senado romano.
Ruinas de Numancia, Soria.
En el año 133 a.C. Cornelio Escipión llegó a las inmediaciones de Numancia junto con 60.000 hombres y levantó una muralla de nueve kilómetros circunvalándola y estableciendo siete campamentos alrededor de ella, cuyos emplazamientos están hoy día señalizados para que puedan conocer su ubicación los visitantes que acuden a las ruinas de Numancia. Había comenzado el asedio, dejando a los numantinos sin provisiones ni recursos para vivir. La carencia de alimentos se fue haciendo cada vez más insoportable hasta que en el verano de 133 a.C. se produjo la caída heroica de Numancia, suicidándose todos sus habitantes y entregando la ciudad en llamas. Habían culminado 30 años de ataques y asedio. Se sabe que la ciudad celtíbera ocupó más de 20 hectáreas estando atravesada longitudinalmente por dos calles principales. Sus casas tenían cimientos de piedra, paredes de madera entramada con ladrillo y cubiertas de ramaje y barro.La ciudad incendiada permaneció abandonada durante un siglo y posteriormente fue habitada por los romanos e indígenas celtíberos romanizados de la Hispania, hasta que finalmente pereció ante las invasiones bárbaras.
Otras ciudades celtíberas (que actuaban además como verdaderos estados independientes, controlando el territorio que de ellas dependía) son: Uxama, Termes, Ocilis, Segontia, Bilbilis, Mundobriga, Contrebia, Volux, Nertobriga, Clunia, Burado, Atacum, Vareia, etc.
Señalaremos aquí la interesante y sorprendente teoría del escritor e investigador soriano Ángel Almazán, acerca del numantino Vaso de los Toros, tinaja celtibérica que, según el arqueólogo Blas Taracena, "se halló en una calle -de las ruinas de Numancia-, entre el lecho de carbones, rota intencionadamente el día del sacrificio de la ciudad".
Almazán nos recuerda que hoy día se estima que no data su destrucción del año 133 a.C., al ser conquistada Numancia por Escipión, sino de mediados del siglo I a.C.
Decora la tinaja, según explica Taracena, "un toro con cabeza de frente, sin patas, y con el cuerpo formado por ruedas que se expresan en movimiento, enmarcando la cola terminada en otra cabeza; después soles radiados cruzados por un aspa y otro toro completo con la cabeza de perfil y hocico bífido devorando un pez de dos cabezas..." Federico Wattenberg la describe como "gran vaso de barro rojo abrillantado, con decoración pintada de dos toros en negro, de dibujo complejo, y un pez doble debajo de uno de ellos".
Iconografía del Vaso de los Toros según Federico Wattenberg.
Pues bien, interpretando los diversos elementos, a partir principalmente de los dibujos de la conservadora del centro museístico numantino Mariam Arlegui, Almazán llegó a la conclusión de la iconología del vaso de los Toros es una representación cosmogónica védica que revela la raiz indoeuropea de los numantinos.
¡El Palacio Celeste de Indra, los Cuencos de Soma, Varuna, Matsya, Vritra o el Brâhma-Atman... estarían representados en esta enigmática cerámica celtibérica española!
Al poco de publicar, en el verano de 1999, un artículo sobre esta cuestión en la Revista de Soria que el propio Almazán dirije, el autor nos informó, al inquirirle sobre ello, que aún no se había producido ninguna reacción oficial o extraoficial ante tan revolucionaria hipótesis, y ello a pesar de haber remitido dicho artículo a los mayores especialistas en historiografía celtibérica de España.
Dioses y ritos
Dice Estrabón que para "ciertos autores los galaicos (celtas que se asentaron en lo que es la actual Galicia) son ateos; más no así los celtíberos y los otros pueblos que lindan con ellos por el Norte, todos los cuales tienen cierta divinidad innominada a la que, en las noches de luna llena, las familias rinden culto danzando, hasta el amanecer, ante las puertas de sus casas". El Dr. Jimeno Martínez, que es director del Plan Arqueológico de Numancia, nos dice: "Algunas de estas danzas se han querido ver representadas en las cerámicas de Numancia e, incluso, Taracena -que fuera director del hoy Museo Numantino- vio en las danzas de carácter guerrero que se bailan en la zona de San Leonardo, Soria, reminiscencias de esta costumbre ancestral.
Esta divinidad tradicionalmente identificada con la luna, puede relacionarse, según Marco y Sopeña, con Dis Pater, dios ctónico o infernal, del que, como dice César, todos los galos se proclaman descendientes. Por esta razón miden el tiempo no por días sino por noches, es decir por lunas. La importancia de esta deidad queda reflejada también en la representación de crecientes lunares en las cerámicas y otros objetos. Era tan fuerte su influencia -dice el Dr. Jimeno Martínez- que en alguna ocasión los vacceos (pueblos celtíberos del Duero medio) detuvieron su ataque contra el romano Lépido al interpretar un eclipse de luna como signo prohibitorio de tal acción por la divinidad.
Los ciclos de la luna y el sol eran altamente sugerentes de muerte y resurrección e incluso la idea de que la noche daba luz al día.
El culto al fuego relacionado con el sol, como elemento de purificación, tenía un lugar destacado. En el solsticio de verano se realizaban fiestas de purificación con danzas, carreras, luchas y sacrificios fuera de la ciudad. Se han considerado residuos de estos ancestrales ritos las fiestas del paso del fuego en San Pedro Manrique, Soria, en la noche de San Juan y los numerosos festejos en torno al fuego, que coincidiendo con el solsticio de verano siguen reproduciéndose en esta zona y otras de España.
Los dioses Epona y Lug, que aparecen asimilados al caballo y al toro, ya que las divinidades y sus cualidades más significativas eran representadas en aquellos animales que las poseían. Horacio y Silo Itálico destacan la costumbre de los cántabros (asentados en la cornisa cantábrica del norte de España) de beber sangre de sus caballos para adquirir sus cualidades, haciendo alusión al carácter vivificador de la sangre animal; por otro lado, los toros se representan devorando peces, como mito de fecundación de la tierra.
Epona, Lug o Matres corresponden a las divinidades pancélticas. Epona también es representado en un relieve procedente de Sigüenza, Guadalajara, montada de lado sobre un caballo. A las diosas Matres, relacionadas con la idea de la fecundidad y abundancia, se les dedican dos inscripciones en la provincia de Soria, una en Ágreda y otra en Yanguas. Conocemos otras representaciones iconográficas de estos dioses; así Lug aparece en el santuario de Peñalba de Villastar, Teruel, bien estudiado por Marco, en forma de personaje masculino bifronte con los brazos en cruz y la frente provista de cuernos o con la corona de hojas (similar a varias representaciones centroeuropeas).
La dedicación a los Lugoves, que figura en una lápida de Uxama (Osma), mostraría una manifestación del dios Lug, relacionada con la habilidad manual, lo que queda demostrado al ser el Colegio Sutorum (colegio de zapateros) el que dedica el ara.
Otros dioses son conocidos a través de la epigrafía latina o celtibérica y por referencias iconográficas, a veces discutibles, como la representación, según Blázquez, en perspectiva cenital, sobre un fragmento de cerámica numantina, de un supuesto dios Cernunnos.
Otras representaciones iconográficas se han relacionado con Sucellus, divinidad infernal y funeraria, a la que se asocian algunas cabezas humanas con piel de lobo (animal asimilado a este dios), de las cerámicas de Numancia, o el hombre revestido con piel de lobo de la estela cántabra de Zurita, que aparece junto a un caballo y debajo de ellos una escena ritual de exposición de cadáveres en la que un guerrero muerto es devorado por un buitre, en sintonía con lo que relatan las fuentes, cuando indican que los nertobrigenses envían a Marcelo un heraldo vestido con piel de lobo y que diferentes autores han relacionado con cofradías, al decir de Almagro y Álvarez, serían los baños iniciáticos de purificación que tendrían lugar en las saunas (vinculadas al significado ritual del agua), halladas en los castros del Noroeste, conocidos por los gallegos como pedras fermosas, o la denominada fragua de Ulaca, Ávila.
Los celtíberos no encerraban a sus dioses en recintos construidos, ya que como dice Tácito en relación a los germanos "creen que no es posible encerrar a los dioses dentro de unas paredes ni que se les pueda representar con aspecto humano, dada la grandeza de las cosas celestes". Desarrollaban sus cultos al aire libre; así, el vocablo céltico que designa por antonomasia al santuario es nemeton, en donde se produce la comunicación entre dioses y hombres, que presenta modalidades diversas, ya que puede ser un claro en el bosque, la cima de una montaña o un lugar elevado (Peñalba de Villastar, Panoias y Ulaca), las fuentes, los ríos o una cueva.
En el santuario de Peñalba de Villastar, Teruel, existen inscripciones rupestres de tipo votivo, que muestran onomástica céltica, ibérica o romana, lo que se explica por ser un santuario de frontera, al que acudirían peregrinos tanto ibéricos como celtíberos, así como de lugares distantes. En Calatayud, Zaragoza, (antigua Bilbilis de los celtíberos), se habla del "sagrado encinar de Burado" (se ha relacionado con Beratón), que aún recibía veneración en el siglo I; o del Mons Caius (sagrada montaña conocida hoy como El Moncayo). También se conocen en la Celtiberia santuarios en cueva, como La Griega, en la provincia de Segovia, con un amplio numero de inscripciones, una dedicada a la diosa Nemedus Augustus y, posiblemente, la cueva de San García, en Santo Domingo de Silos, con inscripciones también indígenas.
Diversas fuentes hablan, de una manera poco clara, de sacrificios humanos, que se han vinculado, a veces, a rituales de fundación de ciudades, aunque sobre bases poco claras. No obstante, Estrabón menciona las hecatombes de hombres y caballos a una deidad asimilada al Ares griego.
En la Península Ibérica existen evidencias sobre el ritual de las cabezas cortadas de los vencidos que colgaban de sus caballos y exhibían como trofeos en sus casas.
Algunos autores, como Taracena y Maluquer, consideran este rito céltico relacionado con los sacrificios humanos, pero parece más adecuado interpretar este ritual con un contenido apotopraico, pues se trata de una costumbre guerrera relacionada con la creencia céltica de que en la cabeza reside el alma humana; de ahí la importancia simbólica de este elemento, que puede en ocasiones representar a la misma divinidad. A esto puede responder en gran parte la omnipresencia de la cabeza en las diferentes manifestaciones artísticas en el mundo celta (representación de máscaras y cabezas en relieve o pintadas de Numancia y Uxama).
Otro rito a destacar es la amputación de manos, que aunque no está directamente documentada entre los celtíberos (se documenta en las estelas del Palau de Alcañiz y en el monumento de Binéfar, en el ámbito ibérico del valle del Ebro), sí se alude indirectamente en alguno de los episodios del enfrentamiento entre romanos y numantinos; así, cuando aquellos les piden a los de Numancia que entreguen las armas, estos lo consideran como si les ordenasen cortarse las manos.
Sacerdotes o druidas
No se conocen textos sobre la Celtiberia que hablen de sacerdotes o colegios sacerdotales, como los referidos por César para la Galia y Britania. Pero si debió existir un sacerdocio organizado y este sacerdocio tendría las características del druídico.
Los textos antiguos nos transmiten algunos acontecimientos que pueden interpretarse en este sentido -asegura el Dr. Jimeno Martínez-; así, el episodio narrado en los textos antiguos sobre Olíndicos, al que se le cita como viros veranos, que vaticina (misión de los druidas) la derrota de los romanos al recibir una lanza del cielo. Por otro lado, la representación iconográfica de un vaso de Arcobriga, en donde aparece un hombre con un árbol en la cabeza, permite deducir su naturaleza sacerdotal, por la conocida relación que existe entre el druida y el árbol. También la interpretación de algunos textos celtíberos, como la cara B del Bronce de Botorrita, permite deducir de algunos tratamientos (bintis) aplicados a diferentes personas, que se trata de druidas o sacerdotes vinculados a diferentes funciones jurídicas o institucionales.
EL SIMBOLISMO BAFOMÉTICO TEMPLARIO Y LA ICONOLOGÍA CELTIBÉRICA
Fernando Arroyo
(Publicado en Anales 2000 del Instituto Campomanes de Estudios Medievales)
En la pila bautismal románica de la ermita de la Virgen de Cabañas, en La Almunia de Doña Godina, Zaragoza, se colocaron, a ambos lados del pie que la sustenta, sendas cabezas de piedra de arte celta. Las dos esculturas están sujetas con argamasa, embutidas en huecos que se practicaron para su colocación y debieron recogerse, a decir de los arqueólogos de la Universidad de Zaragoza que las han estudiado (M. Medrano y Mª A. Díaz), de algún yacimiento arqueológico próximo, ubicándose en la pila bautismal posteriormente. Una de ellas representa un rostro con prominente barbilla, que muestra los dientes, triangulares, en actitud notablemente agresiva, labios gruesos, ojos redondos, y nariz pequeña y recta. Se la denomina Cabeza de los dientes. En cuanto a la otra cabeza, introducida también en una oquedad practicada groseramente y sujeta con argamasa, muestra un rostro humano con la boca entreabierta, actitud muy habitual en las representaciones celtas. Es la denominada Cabeza de la boca entreabierta.
Juan G. Atienza afirma que los templarios tuvieron una pequeña casa en La Almunia de Doña Godina y, para él, la ermita de Nuestra Señora de Cabañas, donde se encuentra esta curiosa pila bautismal con cabezas celtíberas incrustadas, parece inequívocamente templaria. Todo apunta a que serían los propios templarios, en ese caso, quienes colocaron dichas cabezas en la pila bautismal a modo de auténticos bafomets, demostrando una vez más sus enigmáticas actitudes sincréticas.
Acerca de un báculo de distinción o estandarte hallado en una tumba de Numancia, con cabezas humanas debajo de las cabezas de los caballos, que sustituyen sus patas (Fot. A. Plaza, en Revista de Soria nº 25, segunda época), cabría hacer un arriesgado análisis fundamentado en el simbolismo templario, que, tal como hemos visto en el caso anteriormente explicado, en modo alguno debe parecernos descabellado.
El sello templario Sigilum Templi representa a dos caballeros sobre un sólo caballo. El báculo celtíbero al contrario, un sólo caballero sobre dos caballos.
Las cabezas que aparecen en el extremo de las patas se asemejan a la Cabeza de la boca entreabierta que hipotéticamente los templarios incrustaron en la pila bautismal de la ermita de Nuestra Señora de Cabañas, a modo de auténticos bafomets. Pensemos en el simbolismo que ello implica: una pila bautismal y la dualidad representada por las dos cabezas añadidas, una que seguramente corresponda a alguna deidad infernal (Cabeza de los dientes), pues a decir de los arqueólogos sus dientes son muy parecidos a los de la llamada Tarasca de Noves, monstruo celta antropófago esculpido en piedra, o al monstruo celta, también antropófago, de Linsdorf, Alsacia, y la otra (Cabeza de la boca entreabierta), muy habitual entre las representaciones celtas de toda Europa, que pudiera significar la herméticamente discreta apertura al conocimiento, o denotar la actitud de quien transmite de forma críptica un mensaje esotérico secreto... Y esto podemos deducirlo en contraposición a otro elemento simbólico muy recurrido por el Temple, las llamadas Bocas tapadas, de las que Atienza nos dice que son "figuras simbólicas que surgen ya en antiguas representaciones petroglíficas (por ejemplo, en el dolmen de Soto, en Trigueros, Huelva) que representan rostros con las bocas tapadas, en señal de secreto que no debe en modo alguno ser desvelado, en contraste directo con otros monstruos del bestiario medieval, que aparecen enseñando sus fauces abiertas dispuestas a devorar. La clave de estas imágenes se encuentra en la tácita imposición al iniciado, que deberá guardar el secreto de su propia iniciación, no tanto por preservarlo de abusos por parte de los demás, sino para obligar al neófito a que encuentre el camino de la Trascendencia mediante su propio esfuerzo. No podemos decir que sea una imagen específica de la Orden del Temple, pero si cabe pensar que se trate de una representación a menudo utilizada por las logias de constructores medievales, imbuidas muchas de ellas en doctrinas templarias y por las enseñanzas que probablemente transmitieron los caballeros de la Orden a partir de su conocimiento de las técnicas de construcción que pudieron traer de Oriente.
Es por esto que, de igual forma, podemos perfectamente considerar que una cabeza (¿bafomet?) templaria con la boca entreabierta quiera representar al secreto desvelado, aunque con la debida precaución o sólo para aquellos elegidos para su comprensión.
Una cabeza de un ser antropófago, devorador de hombres, y de un ser que nos transmite el mensaje secreto, ambos en una pila bautismal; ¿sería ese el significado real del misterioso bafomet templario?: La Dualidad de Dios... La gnóstica comprensión dualista del Universo... el Bautismo de Fuego (alquímico) hacia la Iniciación...
Otro detalle: cada uno de los caballos tiene sobre su cuerpo nueve pequeñas incisiones circulares, como nueve fueron los caballeros fundadores del Temple... Una vez más, el número nueve...
Pero el número ocho fue también muy importante simbólicamente para los templarios, como lo demuestran sus iglesias octogonales o su cruz de las Ocho Beatitudes. Y recordemos los baptisterios o recintos bautismales que adoptan la forma poligonal del octógono. Tal vez por ello una de las incisiones, de cada uno de los caballos, se encuentra rodeada por dos círculos concéntricos (Sol del Poniente y Sol Naciente de la cosmogonía védica, que también aparecerían representados, según Almazán, en el Vaso de los Toros celtíbero), lo que dejaría ocho incisiones en el exterior de los círculos, en cada uno de los cuerpos del caballo. Un caballo que en realidad son dos caballos en uno, como dos significados posee el vocablo cábala. Al respecto, Savignies nos dice que: “por eso es importante distinguir los dos vocablos, cábala y kábala, a fin de utilizarlos como se debe: el primero, como derivado del equivalente griego de caballo (caballus en latín); el segundo, del hebreo kabbalah, que significa tradición. En fin, no se podrá ya, a pretexto de los sentidos figurados, admitidos por analogía, de corrillo, manejo o intriga, negar al sustantivo cábala la función que sólo él es capaz de desempeñar y que Fulcanelli lo confirmó magistralmente, al encontrar la llave perdida de la Gaya ciencia, de la Lengua de los dioses o de los pájaros. Las mismas que Jonathan Swift, el singular deán de San Patricio, conocía a fondo y practicaba a su manera, con tanto saber y virtuosismo”.
Simbólicamente y por analogía, ¿representarían también en los orígenes de la Orden del Temple, Hugo de Payens el Sol Naciente, visible, y André de Montbard o el propio san Bernardo el oculto Sol del Poniente, que resplandece semioculto en la sombra? ¿Representan estos círculos a los Dioses Solares? ¿Equivalen estos círculos al interior y exterior que conformaron la esencia dualista de la Orden, monástica y militar, espiritual y guerrera?... Y el resto de elementos simbólicos y su disposición, incluida la incisión también circular en la pierna del jinete, las prominentes rodillas de los caballos que asemejan las cabezas de un ave y hasta la forma táurica del cuerpo del báculo, ¿qué representarían? ¿con qué símbolos templarios se corresponderían?... Pensemos en los significados especiales que contienen los signos de reconocimiento templarios, de acuerdo con el lenguaje simbólico de la tradición: el ya mencionado Lenguaje de los Pájaros, que, tal como nos explica Atienza, es aquel que, empleado por iniciados en los saberes tradicionales, sirve para la expresión de lo inefable, de las verdades que consideramos absolutas, para las que no basta la expresión cotidiana. Por lo mismo, aunque se entiendan sus palabras, su sentido resulta totalmente inalcanzable para el profano.
Como nos recuerda Bruno Rovere: “en un artículo dedicado al “Lenguaje secreto de Dante y de los Fieles de Amor”, publicado en 1929, René Guénon, a propósito de la obligación impuesta a los Fieles de Amor de emplear en sus escritos la forma poética, escribía: “cabría preguntarse por qué la poesía era llamada por los antiguos la “lengua de los Dioses", por qué "vates" en latín designaba a la vez al poeta y al adivino o al profeta, por qué los versos eran llamados “carmina” y también por qué se dice de Salomón y de otros sabios, en particular en la tradición musulmana, que comprendían el "lenguaje de los pájaros”, lo que, por extraño que pueda parecer, no es sino otra denominación de la “lengua de los Dioses...”
Atendiendo al bautismo y su simbolismo cristiano, notemos como los primeros cristianos recibían la iniciación bautismal, el rito de paso que simboliza la “muerte al mundo” y el “nacimiento a la vida en Cristo”. La pila bautismal adoptaba forma alargada, como un sarcófago, reposando directamente sobre el suelo o estando excavada, como piscina, en el pavimento, pues el bautismo era por inmersión en memoria de la efectuada por Jesús en el río Jordán. “La teoría de este simbolismo religioso -nos dice Rafael Alarcón- se basaba en que el neófito, al sumergirse en las aguas primordiales, enterraba el “viejo hombre pecador que era” (semejanza con la muerte de Cristo, muerte de su cuerpo físico), de este modo al subir a la superficie “resucitaba” purificado como un nuevo ser (semejanza con la resurrección de Cristo, en un cuerpo transfigurado), lleno de plenitud en el espíritu de Jesús. Se moría a la ignorancia del paganismo para resucitar al conocimiento que da la fe, a la gnosis, al conocimiento trascendente.
Por la estructura misma del baptisterio, que en planta simboliza el triple recinto concéntrico (estructura muy utilizada por el Temple en sus fortificaciones defensivas), se pretendía significar que la inmersión no sólo se efectuaba como un descenso a las aguas primordiales de la creación, sino también como un viaje al lugar Central donde mora el Espíritu de Dios; el neófito se sumergía en las aguas como un vehículo para acceder, purificándose mediante el rito, a la mansión de la Triada Divina que transforma a los que alcanzan tal lugar.
Posteriormente las pilas bautismales adoptarán la forma sugerente de una gran copa, de un cáliz, lo que dotará al rito del bautismo de unas resonancias graálicas cuyo alcance no es posible desarrollar ahora.
Si se adoptó la estructura poligonal para los recintos bautismales fue por una necesidad sincrética de asimilar cultos anteriores. Cultos muy extendidos y poderosos.
Uno de tales cultos bien pudo ser el dios Mitra, un culto frigio tan extendido por el Imperio Romano gracias a las legiones, que estuvo a punto de suplantar al cristianismo en el ánimo del Emperador Constantino cuando éste tuvo que elegir una religión oficial para el Imperio. En los misterios de Mitra, se practicaba un bautismo, en forma de ducha, con la sangre de un toro ritualmente sacrificado; dicha ceremonia se realizaba en salas subterráneas, poligonales o circulares, siendo seguida de un ritual de “muerte-resurrección” similar al celebrado por la mayoría de las religiones iniciáticas antiguas, desde Egipto hasta el Tibet”.
En su afán sincrético, ¿estudió el Temple la iconología religiosa celtibérica, en aquellos lugares en los que expresamente pudiera haberse asentado para ello, y, por ende, ¿llegaría a las mismas conclusiones sobre la raíz indoeuropea y la cosmovisión védica celtíbera (reflejada por ejemplo en la citada cerámica numantina del Vaso de los Toros) a las que llegó Ángel Almazán?. Pensemos en que este mismo autor nos dice que el cristianismo templario “es solar, gnóstico, con raíces indoeuropeas en vez de judías. Prueba de ello, es el Cristo renano del siglo XIV que se conserva en el que fue convento de Puente la Reina (Navarra) donde aparece crucificado sobre una horquilla de árbol en forma de Y griega. El mítico árbol del Mundo de los indoeuropeos y la runa y (Man) se encuentran unidos en esta imagen crística que conecta con el arquetipo del Kristo solar que para los nórdicos era Wotan crucificado en el árbol Irminsul durante nueve días para poder descifrar el misterio y la magia de las runas. Y las runas aparecen en las construcciones templarias (las runas son el signo del que posiblemente haya sido el primer alfabeto del mundo)”. Por otra parte, el simbolismo táurico de los celtíberos (plasmado en una innumerable cantidad de amuletos, piezas de cerámica, pinturas, etc.) y de los templarios, cuyo máximo exponente sería la cruz esotérica Tau, también nos hace pensar en esta vinculación iconográfica de la que venimos hablando. Para más evidencia, pensemos en otro de los símbolos de entendimiento que, reflejadas en espacios determinados y en circunstancias concretas, también fueron señales de identidad templarias; nos estamos refiriendo a los jinas, seres elementales que se manifiestan como personificación de potencias y de energías procedentes de la Naturaleza, que surgen a menudo formando parte de un contexto mítico en las culturas que florecieron en torno al mar Mediterráneo, y que según algunos estudiosos son representaciones míticas de las potencias desconocidas del ser humano... Para otros, son representación inmediata de las energías telúricas o ligadas a lo que se ha venido llamando, en el campo de la Tradición arcana, el Espíritu de la Tierra. “En cualquier caso -nos dice Atienza-, los jinas védicos fueron defenestrados por las religiones institucionalizadas que terminaron por reinar sobre sus antiguos creyentes. Sin embargo, su proyección quedó fijada en la memoria colectiva y los poderes doctrinales tuvieron que transigir con ellos, mediante adaptaciones que, en cierta manera, vinieron a sacralizar o a santificar cuando menos las antiguas creencias, que no eran otra cosa que la proyección divinal de unos conocimientos visceralmente ignorados y cordialmente creídos a pies juntillas”.
El primer lugar de Europa en que la Orden del Temple se estableció fue en la Península Ibérica, cuna de la cultura celtibérica, por lo que pensar en un embrión inicial de su sincretismo en estas tierras resultaría bastante plausible.
Como conclusión, sólo cabe admitir que las enigmáticas actitudes sincréticas del Temple persiguieron una trascendencia a los restrictivos dogmas imperantes, una trascendencia que buscó impulso en las fuentes primordiales del saber, aprovechándose con ello de las corrientes más puras del conocimiento; corrientes que arrastran las impurezas y posibilitan que el camino hacia Dios se nos muestre mucho más diáfano... Esta trascendencia espiritual, templaria, es la que torna la religiosidad temerosa de Dios y de la muerte, en una Muerte y Resurrección iniciáticas que permiten vislumbrar la Luz desde la verdadera naturaleza del hombre.
Bibliografía:
ALARCÓN, RAFAEL, A la sombra de los Templarios, Martínez Roca, Barcelona, 1998.
ALMAZÁN, ÁNGEL, Cosmogonía védica del numantino Vaso de los Toros, Revista de Soria nº 25.
ATIENZA, JUAN G., Los enclaves templarios, Martínez Roca, Barcelona, 1995.
FULCANELLI, El misterio de las catedrales, Plaza & Janés, Barcelona, 1998.
MEDRANO, MANUEL y Mª ANTONIA DÍAZ, Excavaciones Contrebia Belaisca´ 99.
ROVERE, BRUNO, A propósito del Lenguaje de los Pájaros. De la recopilación póstuma "Symboles de la Science Sacrée".
WALKER, MARTIN, El misterio de los Templarios, Edicomunicación, Barcelona, 1993.
