!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> Los beros

domingo, 22 de abril de 2007

Las invasiones célticas en España se iniciaron en el s. IX a.C. por los pasos del Pirineo, recibiendo Cataluña las bandas de incineradores, entre los que figura la tribu de los beribraces. Las primeras incursiones célticas no llegaron a fusionarse con los íberos, tribus de la Península Ibérica.
Una oleada en el s. VII a.C. trae la cerámica por los berones y pelendones. Hacia el año 600 a.C. se instalan los sefes, lugones y los elementos celtas de los vetones y, finalmente, en el s. VI a.C. llegan los belgas, si bien sobre éstos últimos no todos los historiadores coinciden en afirmarlo.
Pero la oleada de galli que cruzó los Pirineos en el año 500 a.C., y que se estableció inicialmente en la ribera del Ebro, avanzó más hacia el centro y llegó a fusionarse con los nativos íberos, formando el pueblo celtíbero. Su área de expansión tuvo como foco principal la región aragonesa. De allí avanzaron hacia el sur, hasta alcanzar el borde nororiental de la meseta.
Castro celta gallego de Santa Tecla, La Guardia, Pontevedra.
Las tribus consideradas de la etnia celtibérica, algunas de ellas según Ptolomeo, además de los propios celtíberos, fueron los arévacos, vacceos, belos, titos, carpetanos, vascones, túrmogos, cántabros, astures, oretanos, várdulos, autrígones, lobetanos, caristos, ilergetes, castellani, edetanos, callaeci, celtici, lusitanos, bastetanos, vettones, turdetanos, etc.
Los celtíberos vestían de negro, con el típico sagum galo y ceñidas calzas; se cubrían con una capa o manto con capilla. Dedicados a la caza y a la pesca, vivieron en aldeas. Su religión era fundamentalmente druídica; sus ritos, celtas; sus sacerdotes muy similares a los druidas. Fueron típicas sus danzas y sacrificios en las noches de plenilunio.
Alfredo Jimeno Martínez, arqueólogo de Soria (actual provincia de España que corresponde casi íntegramente a la antigua Celtiberia), nos dice en su artículo Religión y ritual funerario celtibéricos que "la sociedad celtibérica presenta un fuerte contenido militar, potenciado a partir del siglo IV a.C. con la actividad en el Alto Duero de los arévacos. Para los celtíberos la guerra era una forma de conseguir prestigio, riqueza y reconocimiento social". A decir de Silo Itálico: "los celtíberos tienen preparado el ánimo para la muerte y el cuerpo para la fatiga y luchan contra ellos mismos cuando no existe contrincante exterior" y "se muestran felices en las batallas y se lamentan en las enfermedades". Como apunta Sopeña, ante la indignidad que supone la pérdida de libertad, el guerrero celtíbero prefiere la muerte a través del suicidio (devotio).
Numancia
La gesta de Numantia (hoy conocida como Numancia), capital de los pueblos celtíberos controlada por la tribu de los arévacos, ha pasado de generación en generación, ya que lucharon por su independencia hasta límites sobrehumanos frente al poderío romano.
El primer ataque a Numancia se produjo al comienzo de la segunda guerra celtíbera (153 a.C.), al frente del cual se encontraba el cónsul romano Quinto Fulvio Nobilior, quien cercó a Numancia con 30.000 hombres y la atacó con 300 jinetes y 10 elefantes. Esta fue tambien la primera derrota del ejército de Roma frente al valor numantino, abriéndose un periodo de veinte años de infructuosos ataques posteriores que hicieron temblar al propio senado romano.
Ruinas de Numancia, Soria.
En el año 133 a.C. Cornelio Escipión llegó a las inmediaciones de Numancia junto con 60.000 hombres y levantó una muralla de nueve kilómetros circunvalándola y estableciendo siete campamentos alrededor de ella, cuyos emplazamientos están hoy día señalizados para que puedan conocer su ubicación los visitantes que acuden a las ruinas de Numancia. Había comenzado el asedio, dejando a los numantinos sin provisiones ni recursos para vivir. La carencia de alimentos se fue haciendo cada vez más insoportable hasta que en el verano de 133 a.C. se produjo la caída heroica de Numancia, suicidándose todos sus habitantes y entregando la ciudad en llamas. Habían culminado 30 años de ataques y asedio. Se sabe que la ciudad celtíbera ocupó más de 20 hectáreas estando atravesada longitudinalmente por dos calles principales. Sus casas tenían cimientos de piedra, paredes de madera entramada con ladrillo y cubiertas de ramaje y barro.La ciudad incendiada permaneció abandonada durante un siglo y posteriormente fue habitada por los romanos e indígenas celtíberos romanizados de la Hispania, hasta que finalmente pereció ante las invasiones bárbaras.
Otras ciudades celtíberas (que actuaban además como verdaderos estados independientes, controlando el territorio que de ellas dependía) son: Uxama, Termes, Ocilis, Segontia, Bilbilis, Mundobriga, Contrebia, Volux, Nertobriga, Clunia, Burado, Atacum, Vareia, etc.
Señalaremos aquí la interesante y sorprendente teoría del escritor e investigador soriano Ángel Almazán, acerca del numantino Vaso de los Toros, tinaja celtibérica que, según el arqueólogo Blas Taracena, "se halló en una calle -de las ruinas de Numancia-, entre el lecho de carbones, rota intencionadamente el día del sacrificio de la ciudad".
Almazán nos recuerda que hoy día se estima que no data su destrucción del año 133 a.C., al ser conquistada Numancia por Escipión, sino de mediados del siglo I a.C.
Decora la tinaja, según explica Taracena, "un toro con cabeza de frente, sin patas, y con el cuerpo formado por ruedas que se expresan en movimiento, enmarcando la cola terminada en otra cabeza; después soles radiados cruzados por un aspa y otro toro completo con la cabeza de perfil y hocico bífido devorando un pez de dos cabezas..." Federico Wattenberg la describe como "gran vaso de barro rojo abrillantado, con decoración pintada de dos toros en negro, de dibujo complejo, y un pez doble debajo de uno de ellos".
Iconografía del Vaso de los Toros según Federico Wattenberg.
Pues bien, interpretando los diversos elementos, a partir principalmente de los dibujos de la conservadora del centro museístico numantino Mariam Arlegui, Almazán llegó a la conclusión de la iconología del vaso de los Toros es una representación cosmogónica védica que revela la raiz indoeuropea de los numantinos.
¡El Palacio Celeste de Indra, los Cuencos de Soma, Varuna, Matsya, Vritra o el Brâhma-Atman... estarían representados en esta enigmática cerámica celtibérica española!
Al poco de publicar, en el verano de 1999, un artículo sobre esta cuestión en la Revista de Soria que el propio Almazán dirije, el autor nos informó, al inquirirle sobre ello, que aún no se había producido ninguna reacción oficial o extraoficial ante tan revolucionaria hipótesis, y ello a pesar de haber remitido dicho artículo a los mayores especialistas en historiografía celtibérica de España.
Dioses y ritos
Dice Estrabón que para "ciertos autores los galaicos (celtas que se asentaron en lo que es la actual Galicia) son ateos; más no así los celtíberos y los otros pueblos que lindan con ellos por el Norte, todos los cuales tienen cierta divinidad innominada a la que, en las noches de luna llena, las familias rinden culto danzando, hasta el amanecer, ante las puertas de sus casas". El Dr. Jimeno Martínez, que es director del Plan Arqueológico de Numancia, nos dice: "Algunas de estas danzas se han querido ver representadas en las cerámicas de Numancia e, incluso, Taracena -que fuera director del hoy Museo Numantino- vio en las danzas de carácter guerrero que se bailan en la zona de San Leonardo, Soria, reminiscencias de esta costumbre ancestral.
Esta divinidad tradicionalmente identificada con la luna, puede relacionarse, según Marco y Sopeña, con Dis Pater, dios ctónico o infernal, del que, como dice César, todos los galos se proclaman descendientes. Por esta razón miden el tiempo no por días sino por noches, es decir por lunas. La importancia de esta deidad queda reflejada también en la representación de crecientes lunares en las cerámicas y otros objetos. Era tan fuerte su influencia -dice el Dr. Jimeno Martínez- que en alguna ocasión los vacceos (pueblos celtíberos del Duero medio) detuvieron su ataque contra el romano Lépido al interpretar un eclipse de luna como signo prohibitorio de tal acción por la divinidad.
Los ciclos de la luna y el sol eran altamente sugerentes de muerte y resurrección e incluso la idea de que la noche daba luz al día.
El culto al fuego relacionado con el sol, como elemento de purificación, tenía un lugar destacado. En el solsticio de verano se realizaban fiestas de purificación con danzas, carreras, luchas y sacrificios fuera de la ciudad. Se han considerado residuos de estos ancestrales ritos las fiestas del paso del fuego en San Pedro Manrique, Soria, en la noche de San Juan y los numerosos festejos en torno al fuego, que coincidiendo con el solsticio de verano siguen reproduciéndose en esta zona y otras de España.
Los dioses Epona y Lug, que aparecen asimilados al caballo y al toro, ya que las divinidades y sus cualidades más significativas eran representadas en aquellos animales que las poseían. Horacio y Silo Itálico destacan la costumbre de los cántabros (asentados en la cornisa cantábrica del norte de España) de beber sangre de sus caballos para adquirir sus cualidades, haciendo alusión al carácter vivificador de la sangre animal; por otro lado, los toros se representan devorando peces, como mito de fecundación de la tierra.
Epona, Lug o Matres corresponden a las divinidades pancélticas. Epona también es representado en un relieve procedente de Sigüenza, Guadalajara, montada de lado sobre un caballo. A las diosas Matres, relacionadas con la idea de la fecundidad y abundancia, se les dedican dos inscripciones en la provincia de Soria, una en Ágreda y otra en Yanguas. Conocemos otras representaciones iconográficas de estos dioses; así Lug aparece en el santuario de Peñalba de Villastar, Teruel, bien estudiado por Marco, en forma de personaje masculino bifronte con los brazos en cruz y la frente provista de cuernos o con la corona de hojas (similar a varias representaciones centroeuropeas).
La dedicación a los Lugoves, que figura en una lápida de Uxama (Osma), mostraría una manifestación del dios Lug, relacionada con la habilidad manual, lo que queda demostrado al ser el Colegio Sutorum (colegio de zapateros) el que dedica el ara.
Otros dioses son conocidos a través de la epigrafía latina o celtibérica y por referencias iconográficas, a veces discutibles, como la representación, según Blázquez, en perspectiva cenital, sobre un fragmento de cerámica numantina, de un supuesto dios Cernunnos.
Otras representaciones iconográficas se han relacionado con Sucellus, divinidad infernal y funeraria, a la que se asocian algunas cabezas humanas con piel de lobo (animal asimilado a este dios), de las cerámicas de Numancia, o el hombre revestido con piel de lobo de la estela cántabra de Zurita, que aparece junto a un caballo y debajo de ellos una escena ritual de exposición de cadáveres en la que un guerrero muerto es devorado por un buitre, en sintonía con lo que relatan las fuentes, cuando indican que los nertobrigenses envían a Marcelo un heraldo vestido con piel de lobo y que diferentes autores han relacionado con cofradías, al decir de Almagro y Álvarez, serían los baños iniciáticos de purificación que tendrían lugar en las saunas (vinculadas al significado ritual del agua), halladas en los castros del Noroeste, conocidos por los gallegos como pedras fermosas, o la denominada fragua de Ulaca, Ávila.
Los celtíberos no encerraban a sus dioses en recintos construidos, ya que como dice Tácito en relación a los germanos "creen que no es posible encerrar a los dioses dentro de unas paredes ni que se les pueda representar con aspecto humano, dada la grandeza de las cosas celestes". Desarrollaban sus cultos al aire libre; así, el vocablo céltico que designa por antonomasia al santuario es nemeton, en donde se produce la comunicación entre dioses y hombres, que presenta modalidades diversas, ya que puede ser un claro en el bosque, la cima de una montaña o un lugar elevado (Peñalba de Villastar, Panoias y Ulaca), las fuentes, los ríos o una cueva.
En el santuario de Peñalba de Villastar, Teruel, existen inscripciones rupestres de tipo votivo, que muestran onomástica céltica, ibérica o romana, lo que se explica por ser un santuario de frontera, al que acudirían peregrinos tanto ibéricos como celtíberos, así como de lugares distantes. En Calatayud, Zaragoza, (antigua Bilbilis de los celtíberos), se habla del "sagrado encinar de Burado" (se ha relacionado con Beratón), que aún recibía veneración en el siglo I; o del Mons Caius (sagrada montaña conocida hoy como El Moncayo). También se conocen en la Celtiberia santuarios en cueva, como La Griega, en la provincia de Segovia, con un amplio numero de inscripciones, una dedicada a la diosa Nemedus Augustus y, posiblemente, la cueva de San García, en Santo Domingo de Silos, con inscripciones también indígenas.
Diversas fuentes hablan, de una manera poco clara, de sacrificios humanos, que se han vinculado, a veces, a rituales de fundación de ciudades, aunque sobre bases poco claras. No obstante, Estrabón menciona las hecatombes de hombres y caballos a una deidad asimilada al Ares griego.
En la Península Ibérica existen evidencias sobre el ritual de las cabezas cortadas de los vencidos que colgaban de sus caballos y exhibían como trofeos en sus casas.
Algunos autores, como Taracena y Maluquer, consideran este rito céltico relacionado con los sacrificios humanos, pero parece más adecuado interpretar este ritual con un contenido apotopraico, pues se trata de una costumbre guerrera relacionada con la creencia céltica de que en la cabeza reside el alma humana; de ahí la importancia simbólica de este elemento, que puede en ocasiones representar a la misma divinidad. A esto puede responder en gran parte la omnipresencia de la cabeza en las diferentes manifestaciones artísticas en el mundo celta (representación de máscaras y cabezas en relieve o pintadas de Numancia y Uxama).
Otro rito a destacar es la amputación de manos, que aunque no está directamente documentada entre los celtíberos (se documenta en las estelas del Palau de Alcañiz y en el monumento de Binéfar, en el ámbito ibérico del valle del Ebro), sí se alude indirectamente en alguno de los episodios del enfrentamiento entre romanos y numantinos; así, cuando aquellos les piden a los de Numancia que entreguen las armas, estos lo consideran como si les ordenasen cortarse las manos.
Sacerdotes o druidas
No se conocen textos sobre la Celtiberia que hablen de sacerdotes o colegios sacerdotales, como los referidos por César para la Galia y Britania. Pero si debió existir un sacerdocio organizado y este sacerdocio tendría las características del druídico.
Los textos antiguos nos transmiten algunos acontecimientos que pueden interpretarse en este sentido -asegura el Dr. Jimeno Martínez-; así, el episodio narrado en los textos antiguos sobre Olíndicos, al que se le cita como viros veranos, que vaticina (misión de los druidas) la derrota de los romanos al recibir una lanza del cielo. Por otro lado, la representación iconográfica de un vaso de Arcobriga, en donde aparece un hombre con un árbol en la cabeza, permite deducir su naturaleza sacerdotal, por la conocida relación que existe entre el druida y el árbol. También la interpretación de algunos textos celtíberos, como la cara B del Bronce de Botorrita, permite deducir de algunos tratamientos (bintis) aplicados a diferentes personas, que se trata de druidas o sacerdotes vinculados a diferentes funciones jurídicas o institucionales.
EL SIMBOLISMO BAFOMÉTICO TEMPLARIO Y LA ICONOLOGÍA CELTIBÉRICA
Fernando Arroyo
(Publicado en Anales 2000 del Instituto Campomanes de Estudios Medievales)

En la pila bautismal románica de la ermita de la Virgen de Cabañas, en La Almunia de Doña Godina, Zaragoza, se colocaron, a ambos lados del pie que la sustenta, sendas cabezas de piedra de arte celta. Las dos esculturas están sujetas con argamasa, embutidas en huecos que se practicaron para su colocación y debieron recogerse, a decir de los arqueólogos de la Universidad de Zaragoza que las han estudiado (M. Medrano y Mª A. Díaz), de algún yacimiento arqueológico próximo, ubicándose en la pila bautismal posteriormente. Una de ellas representa un rostro con prominente barbilla, que muestra los dientes, triangulares, en actitud notablemente agresiva, labios gruesos, ojos redondos, y nariz pequeña y recta. Se la denomina Cabeza de los dientes. En cuanto a la otra cabeza, introducida también en una oquedad practicada groseramente y sujeta con argamasa, muestra un rostro humano con la boca entreabierta, actitud muy habitual en las representaciones celtas. Es la denominada Cabeza de la boca entreabierta.
Juan G. Atienza afirma que los templarios tuvieron una pequeña casa en La Almunia de Doña Godina y, para él, la ermita de Nuestra Señora de Cabañas, donde se encuentra esta curiosa pila bautismal con cabezas celtíberas incrustadas, parece inequívocamente templaria. Todo apunta a que serían los propios templarios, en ese caso, quienes colocaron dichas cabezas en la pila bautismal a modo de auténticos bafomets, demostrando una vez más sus enigmáticas actitudes sincréticas.
Acerca de un báculo de distinción o estandarte hallado en una tumba de Numancia, con cabezas humanas debajo de las cabezas de los caballos, que sustituyen sus patas (Fot. A. Plaza, en Revista de Soria nº 25, segunda época), cabría hacer un arriesgado análisis fundamentado en el simbolismo templario, que, tal como hemos visto en el caso anteriormente explicado, en modo alguno debe parecernos descabellado.
El sello templario Sigilum Templi representa a dos caballeros sobre un sólo caballo. El báculo celtíbero al contrario, un sólo caballero sobre dos caballos.
Las cabezas que aparecen en el extremo de las patas se asemejan a la Cabeza de la boca entreabierta que hipotéticamente los templarios incrustaron en la pila bautismal de la ermita de Nuestra Señora de Cabañas, a modo de auténticos bafomets. Pensemos en el simbolismo que ello implica: una pila bautismal y la dualidad representada por las dos cabezas añadidas, una que seguramente corresponda a alguna deidad infernal (Cabeza de los dientes), pues a decir de los arqueólogos sus dientes son muy parecidos a los de la llamada Tarasca de Noves, monstruo celta antropófago esculpido en piedra, o al monstruo celta, también antropófago, de Linsdorf, Alsacia, y la otra (Cabeza de la boca entreabierta), muy habitual entre las representaciones celtas de toda Europa, que pudiera significar la herméticamente discreta apertura al conocimiento, o denotar la actitud de quien transmite de forma críptica un mensaje esotérico secreto... Y esto podemos deducirlo en contraposición a otro elemento simbólico muy recurrido por el Temple, las llamadas Bocas tapadas, de las que Atienza nos dice que son "figuras simbólicas que surgen ya en antiguas representaciones petroglíficas (por ejemplo, en el dolmen de Soto, en Trigueros, Huelva) que representan rostros con las bocas tapadas, en señal de secreto que no debe en modo alguno ser desvelado, en contraste directo con otros monstruos del bestiario medieval, que aparecen enseñando sus fauces abiertas dispuestas a devorar. La clave de estas imágenes se encuentra en la tácita imposición al iniciado, que deberá guardar el secreto de su propia iniciación, no tanto por preservarlo de abusos por parte de los demás, sino para obligar al neófito a que encuentre el camino de la Trascendencia mediante su propio esfuerzo. No podemos decir que sea una imagen específica de la Orden del Temple, pero si cabe pensar que se trate de una representación a menudo utilizada por las logias de constructores medievales, imbuidas muchas de ellas en doctrinas templarias y por las enseñanzas que probablemente transmitieron los caballeros de la Orden a partir de su conocimiento de las técnicas de construcción que pudieron traer de Oriente.
Es por esto que, de igual forma, podemos perfectamente considerar que una cabeza (¿bafomet?) templaria con la boca entreabierta quiera representar al secreto desvelado, aunque con la debida precaución o sólo para aquellos elegidos para su comprensión.
Una cabeza de un ser antropófago, devorador de hombres, y de un ser que nos transmite el mensaje secreto, ambos en una pila bautismal; ¿sería ese el significado real del misterioso bafomet templario?: La Dualidad de Dios... La gnóstica comprensión dualista del Universo... el Bautismo de Fuego (alquímico) hacia la Iniciación...
Otro detalle: cada uno de los caballos tiene sobre su cuerpo nueve pequeñas incisiones circulares, como nueve fueron los caballeros fundadores del Temple... Una vez más, el número nueve...
Pero el número ocho fue también muy importante simbólicamente para los templarios, como lo demuestran sus iglesias octogonales o su cruz de las Ocho Beatitudes. Y recordemos los baptisterios o recintos bautismales que adoptan la forma poligonal del octógono. Tal vez por ello una de las incisiones, de cada uno de los caballos, se encuentra rodeada por dos círculos concéntricos (Sol del Poniente y Sol Naciente de la cosmogonía védica, que también aparecerían representados, según Almazán, en el Vaso de los Toros celtíbero), lo que dejaría ocho incisiones en el exterior de los círculos, en cada uno de los cuerpos del caballo. Un caballo que en realidad son dos caballos en uno, como dos significados posee el vocablo cábala. Al respecto, Savignies nos dice que: “por eso es importante distinguir los dos vocablos, cábala y kábala, a fin de utilizarlos como se debe: el primero, como derivado del equivalente griego de caballo (caballus en latín); el segundo, del hebreo kabbalah, que significa tradición. En fin, no se podrá ya, a pretexto de los sentidos figurados, admitidos por analogía, de corrillo, manejo o intriga, negar al sustantivo cábala la función que sólo él es capaz de desempeñar y que Fulcanelli lo confirmó magistralmente, al encontrar la llave perdida de la Gaya ciencia, de la Lengua de los dioses o de los pájaros. Las mismas que Jonathan Swift, el singular deán de San Patricio, conocía a fondo y practicaba a su manera, con tanto saber y virtuosismo”.
Simbólicamente y por analogía, ¿representarían también en los orígenes de la Orden del Temple, Hugo de Payens el Sol Naciente, visible, y André de Montbard o el propio san Bernardo el oculto Sol del Poniente, que resplandece semioculto en la sombra? ¿Representan estos círculos a los Dioses Solares? ¿Equivalen estos círculos al interior y exterior que conformaron la esencia dualista de la Orden, monástica y militar, espiritual y guerrera?... Y el resto de elementos simbólicos y su disposición, incluida la incisión también circular en la pierna del jinete, las prominentes rodillas de los caballos que asemejan las cabezas de un ave y hasta la forma táurica del cuerpo del báculo, ¿qué representarían? ¿con qué símbolos templarios se corresponderían?... Pensemos en los significados especiales que contienen los signos de reconocimiento templarios, de acuerdo con el lenguaje simbólico de la tradición: el ya mencionado Lenguaje de los Pájaros, que, tal como nos explica Atienza, es aquel que, empleado por iniciados en los saberes tradicionales, sirve para la expresión de lo inefable, de las verdades que consideramos absolutas, para las que no basta la expresión cotidiana. Por lo mismo, aunque se entiendan sus palabras, su sentido resulta totalmente inalcanzable para el profano.
Como nos recuerda Bruno Rovere: “en un artículo dedicado al “Lenguaje secreto de Dante y de los Fieles de Amor”, publicado en 1929, René Guénon, a propósito de la obligación impuesta a los Fieles de Amor de emplear en sus escritos la forma poética, escribía: “cabría preguntarse por qué la poesía era llamada por los antiguos la “lengua de los Dioses", por qué "vates" en latín designaba a la vez al poeta y al adivino o al profeta, por qué los versos eran llamados “carmina” y también por qué se dice de Salomón y de otros sabios, en particular en la tradición musulmana, que comprendían el "lenguaje de los pájaros”, lo que, por extraño que pueda parecer, no es sino otra denominación de la “lengua de los Dioses...”
Atendiendo al bautismo y su simbolismo cristiano, notemos como los primeros cristianos recibían la iniciación bautismal, el rito de paso que simboliza la “muerte al mundo” y el “nacimiento a la vida en Cristo”. La pila bautismal adoptaba forma alargada, como un sarcófago, reposando directamente sobre el suelo o estando excavada, como piscina, en el pavimento, pues el bautismo era por inmersión en memoria de la efectuada por Jesús en el río Jordán. “La teoría de este simbolismo religioso -nos dice Rafael Alarcón- se basaba en que el neófito, al sumergirse en las aguas primordiales, enterraba el “viejo hombre pecador que era” (semejanza con la muerte de Cristo, muerte de su cuerpo físico), de este modo al subir a la superficie “resucitaba” purificado como un nuevo ser (semejanza con la resurrección de Cristo, en un cuerpo transfigurado), lleno de plenitud en el espíritu de Jesús. Se moría a la ignorancia del paganismo para resucitar al conocimiento que da la fe, a la gnosis, al conocimiento trascendente.
Por la estructura misma del baptisterio, que en planta simboliza el triple recinto concéntrico (estructura muy utilizada por el Temple en sus fortificaciones defensivas), se pretendía significar que la inmersión no sólo se efectuaba como un descenso a las aguas primordiales de la creación, sino también como un viaje al lugar Central donde mora el Espíritu de Dios; el neófito se sumergía en las aguas como un vehículo para acceder, purificándose mediante el rito, a la mansión de la Triada Divina que transforma a los que alcanzan tal lugar.
Posteriormente las pilas bautismales adoptarán la forma sugerente de una gran copa, de un cáliz, lo que dotará al rito del bautismo de unas resonancias graálicas cuyo alcance no es posible desarrollar ahora.
Si se adoptó la estructura poligonal para los recintos bautismales fue por una necesidad sincrética de asimilar cultos anteriores. Cultos muy extendidos y poderosos.
Uno de tales cultos bien pudo ser el dios Mitra, un culto frigio tan extendido por el Imperio Romano gracias a las legiones, que estuvo a punto de suplantar al cristianismo en el ánimo del Emperador Constantino cuando éste tuvo que elegir una religión oficial para el Imperio. En los misterios de Mitra, se practicaba un bautismo, en forma de ducha, con la sangre de un toro ritualmente sacrificado; dicha ceremonia se realizaba en salas subterráneas, poligonales o circulares, siendo seguida de un ritual de “muerte-resurrección” similar al celebrado por la mayoría de las religiones iniciáticas antiguas, desde Egipto hasta el Tibet”.
En su afán sincrético, ¿estudió el Temple la iconología religiosa celtibérica, en aquellos lugares en los que expresamente pudiera haberse asentado para ello, y, por ende, ¿llegaría a las mismas conclusiones sobre la raíz indoeuropea y la cosmovisión védica celtíbera (reflejada por ejemplo en la citada cerámica numantina del Vaso de los Toros) a las que llegó Ángel Almazán?. Pensemos en que este mismo autor nos dice que el cristianismo templario “es solar, gnóstico, con raíces indoeuropeas en vez de judías. Prueba de ello, es el Cristo renano del siglo XIV que se conserva en el que fue convento de Puente la Reina (Navarra) donde aparece crucificado sobre una horquilla de árbol en forma de Y griega. El mítico árbol del Mundo de los indoeuropeos y la runa y (Man) se encuentran unidos en esta imagen crística que conecta con el arquetipo del Kristo solar que para los nórdicos era Wotan crucificado en el árbol Irminsul durante nueve días para poder descifrar el misterio y la magia de las runas. Y las runas aparecen en las construcciones templarias (las runas son el signo del que posiblemente haya sido el primer alfabeto del mundo)”. Por otra parte, el simbolismo táurico de los celtíberos (plasmado en una innumerable cantidad de amuletos, piezas de cerámica, pinturas, etc.) y de los templarios, cuyo máximo exponente sería la cruz esotérica Tau, también nos hace pensar en esta vinculación iconográfica de la que venimos hablando. Para más evidencia, pensemos en otro de los símbolos de entendimiento que, reflejadas en espacios determinados y en circunstancias concretas, también fueron señales de identidad templarias; nos estamos refiriendo a los jinas, seres elementales que se manifiestan como personificación de potencias y de energías procedentes de la Naturaleza, que surgen a menudo formando parte de un contexto mítico en las culturas que florecieron en torno al mar Mediterráneo, y que según algunos estudiosos son representaciones míticas de las potencias desconocidas del ser humano... Para otros, son representación inmediata de las energías telúricas o ligadas a lo que se ha venido llamando, en el campo de la Tradición arcana, el Espíritu de la Tierra. “En cualquier caso -nos dice Atienza-, los jinas védicos fueron defenestrados por las religiones institucionalizadas que terminaron por reinar sobre sus antiguos creyentes. Sin embargo, su proyección quedó fijada en la memoria colectiva y los poderes doctrinales tuvieron que transigir con ellos, mediante adaptaciones que, en cierta manera, vinieron a sacralizar o a santificar cuando menos las antiguas creencias, que no eran otra cosa que la proyección divinal de unos conocimientos visceralmente ignorados y cordialmente creídos a pies juntillas”.
El primer lugar de Europa en que la Orden del Temple se estableció fue en la Península Ibérica, cuna de la cultura celtibérica, por lo que pensar en un embrión inicial de su sincretismo en estas tierras resultaría bastante plausible.
Como conclusión, sólo cabe admitir que las enigmáticas actitudes sincréticas del Temple persiguieron una trascendencia a los restrictivos dogmas imperantes, una trascendencia que buscó impulso en las fuentes primordiales del saber, aprovechándose con ello de las corrientes más puras del conocimiento; corrientes que arrastran las impurezas y posibilitan que el camino hacia Dios se nos muestre mucho más diáfano... Esta trascendencia espiritual, templaria, es la que torna la religiosidad temerosa de Dios y de la muerte, en una Muerte y Resurrección iniciáticas que permiten vislumbrar la Luz desde la verdadera naturaleza del hombre.
Bibliografía:
ALARCÓN, RAFAEL, A la sombra de los Templarios, Martínez Roca, Barcelona, 1998.
ALMAZÁN, ÁNGEL, Cosmogonía védica del numantino Vaso de los Toros, Revista de Soria nº 25.
ATIENZA, JUAN G., Los enclaves templarios, Martínez Roca, Barcelona, 1995.
FULCANELLI, El misterio de las catedrales, Plaza & Janés, Barcelona, 1998.
MEDRANO, MANUEL y Mª ANTONIA DÍAZ, Excavaciones Contrebia Belaisca´ 99.
ROVERE, BRUNO, A propósito del Lenguaje de los Pájaros. De la recopilación póstuma "Symboles de la Science Sacrée".
WALKER, MARTIN, El misterio de los Templarios, Edicomunicación, Barcelona, 1993.